A las siete de la mañana, Sebastián apareció en Torres Group.
Todavía llevaba el traje con el que había celebrado su matrimonio.
—Necesito que reviertas la retirada.
No lo invité a sentarse.
—No.
—Los bancos congelaron dos líneas de crédito. Northline tiene pagos esta semana.
—Entonces Grant Holdings deberá cumplirlos.
Golpeó mi escritorio.
—¡Sabías perfectamente lo que ocurriría!
—Claro. Por eso invertí cuando nuestras empresas compartían una alianza a largo plazo.
Lo miré.
—Tú terminaste esa alianza ayer.
Su expresión cambió.
Hasta entonces había pensado que nuestro compromiso era sentimental para mí y financiero únicamente para él.
—Dame treinta días.
—No.
—Quince.
—Tampoco.
La puerta se abrió.
Camila entró acompañada por el padre de Sebastián.
Seguía vestida de blanco.
—Valeria —dijo ella suavemente—, entiendo que estés dolida, pero no deberías destruir cientos de empleos porque Sebastián me eligió.
Sonreí.
—¿Cuánto invertiste tú en Grant Holdings?
Parpadeó.
—¿Qué?
—Ya que ahora eres su esposa, puedes sustituir el capital que retiré.
Camila miró a Sebastián.
Ninguno respondió.
El padre de él finalmente habló.
—Valeria, las familias Torres y Grant llevan años cooperando.
—Precisamente.
Deslicé una carpeta hacia ellos.
Los proyectos revelaban algo que Sebastián nunca se había molestado en estudiar.
Torres Group no solo aportaba dinero.
También garantizaba compras, proveedores y parte de la financiación.
Sin nuestra alianza, Grant debía demostrar por sí sola que podía sostener su expansión.
Y no podía.
—¿Quieres hundirnos? —preguntó Sebastián.
—No.
Cerré la carpeta.
—Quiero dejar de sostenerlos.
Aquella diferencia terminó siendo devastadora.
Durante las semanas siguientes, Grant vendió activos para cubrir vencimientos. Dos proyectos fueron suspendidos y varios socios buscaron condiciones nuevas.
Entonces apareció un problema todavía peor.
Una auditoría solicitada por los bancos reveló que Sebastián había presentado futuras aportaciones de Torres Group como respaldo en proyecciones internas, aunque nunca existió obligación contractual de mantenerlas después de cancelar nuestra alianza.
Su propio consejo se volvió contra él.
Camila tampoco soportó bien la nueva realidad.
La mujer que había publicado que algunas almas estaban destinadas a encontrarse descubrió que el destino era mucho menos romántico cuando incluía reuniones con acreedores.
Tres meses después, Sebastián perdió su puesto ejecutivo.
Seis meses después volvió a mi oficina.
Solo.
—Camila y yo nos separamos.
No reaccioné.
—Cometí un error, Valeria.
—Varios.
Me miró durante unos segundos.
—¿Nunca me amaste?
Aquella pregunta sí me hizo guardar silencio.
—Te amé durante años.
—Entonces, ¿cómo pudiste destruirme tan rápido?
Negué lentamente.
—Ahí sigues sin entenderlo.
Me levanté.
—Yo no destruí Grant Holdings. Simplemente retiré lo que era mío.
Caminé hasta la puerta y la abrí.
—Si tu imperio se derrumbó cuando una mujer dejó de sostenerlo, quizá nunca fue tu imperio.
Sebastián salió sin responder.
Esa noche regresé a la misma sala donde meses atrás había ordenado retirar nuestra inversión.
Sobre la mesa esperaba un nuevo contrato.
La adquisición de uno de los proyectos que Grant había tenido que vender.
Lo firmé.

Sebastián canceló nuestra boda porque creyó haber encontrado una mujer mejor para convertirse en su esposa.
Lo que nunca comprendió fue que también estaba cancelando la única alianza que mantenía en pie su futuro.