La número veintitrés se llamaba Elena.
La cita iba perfectamente hasta que mi madre llamó.
—Daniel, tu padre necesita que le cambien la ropa. ¿Cuándo traes a esta chica para que vaya aprendiendo?
Elena escuchó.
Cuando colgué, preguntó:
—¿Tu madre espera que tu futura esposa cuide a tu padre?
—Somos una familia. Todos debemos ayudar.
—¿Y contratar a alguien?
—Mi madre dice que ningún extraño cuidará igual que la familia.
Elena dejó la taza.
—Entonces no buscas esposa. Buscas cuidadora.
Se marchó.
Aquella frase me persiguió hasta casa.
Al entrar encontré a mi madre furiosa porque la enfermera temporal que yo había contratado había renunciado.
—¡Estas mujeres de ahora no aguantan nada! Clara hacía todo sin quejarse.
Me quedé inmóvil.
—¿Todo?
Entonces mi padre habló desde la habitación.
—No.
Su voz era débil.
Entré.
—¿Qué dijiste?
Mi padre me miró largamente.
—Clara sí se quejaba. Tú nunca escuchabas.
Y empezó a contarme cosas que yo jamás había querido ver.
Clara se levantaba tres veces cada noche para atenderlo.
Había reducido sus horas de trabajo.
Había cancelado visitas a su propia madre.
Una vez tuvo fiebre y aun así mi madre la obligó a preparar la comida porque yo estaba “demasiado ocupado”.
—Te pedí que contrataras una enfermera —susurró papá—. Tu madre dijo que era desperdiciar dinero teniendo una nuera en casa.
Sentí vergüenza.
Entonces abrió el cajón de su mesa.
Dentro había un sobre.
Clara había dejado dinero antes del divorcio para ayudar a pagar una cuidadora durante los primeros meses.
La mujer que yo había llamado egoísta incluso había preparado nuestra vida después de marcharse.
Esa noche enfrenté a mi madre.
—Clara no abandonó a papá. Nosotros la agotamos.
—¡Después de todo lo que hice por ti, ahora me culpas!
Por primera vez no cedí.
Contraté atención profesional para mi padre.
También empecé terapia y dejé de buscar esposa.
Tres meses después encontré a Clara por casualidad frente a una cafetería.
Parecía diferente.
Había recuperado peso. Sonreía.
Me acerqué.
—Clara.
Su sonrisa desapareció.
No intenté recuperarla.
—Solo quería decirte que finalmente entendí.
Ella permaneció callada.
—Te pedí que sacrificaras a tu familia por la mía y lo llamé responsabilidad. Cuando ya no pudiste más, te llamé egoísta.
Tragué saliva.
—Lo siento.
Clara me observó durante unos segundos.
—Me alegra que lo hayas entendido, Daniel.
Esperé.
Pero ella simplemente añadió:
—Ojalá lo recuerdes con la próxima persona que ames.
Entonces se marchó.
No regresamos.

Ese fue el verdadero precio de aprender demasiado tarde.
Las veintitrés mujeres no me habían rechazado porque yo quisiera cuidar a mi padre.
Me rechazaron porque, cuando hablaba de una “buena esposa”, describía exactamente la vida de la que Clara había tenido que escapar.