Gabriel permaneció inmóvil.
La lluvia golpeaba el parabrisas mientras sus manos seguían aferradas al volante.
—Laura… si hubiera sabido que estabas embarazada…
Lo miré.
—Lo sabías.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
—Te envié la fotografía de la prueba dos semanas antes del viaje.
Gabriel abrió la boca, pero no respondió.
Entonces pareció recordar.
—Pensé que era otra de tus formas de hacer que me quedara.
Aquella confesión dolió más que cualquier disculpa tardía.
—Exactamente.
Me quité el cinturón.
—Ese era nuestro matrimonio, Gabriel. Yo decía que estaba sufriendo y tú decidías que estaba manipulándote.
—Laura, por favor.
—Cuando el hospital llamó, rechazaste las llamadas.
Bajó la cabeza.
—Victoria estaba teniendo una crisis. Yo pensé que tú…
Se detuvo.
Por primera vez comprendió que cualquier explicación solo empeoraría las cosas.
Llegamos a casa sin volver a hablar.
A la mañana siguiente dejé una carpeta sobre la mesa.
Gabriel la abrió.
Solicitud de divorcio.
Se quedó mirándola durante mucho tiempo.
—¿Ya lo habías decidido?
—Antes de que regresaras de Europa.
Sus ojos se llenaron de desesperación.
—Dame seis meses.
Negué.
—Te di años.
Entonces ocurrió algo que jamás habría esperado.
Gabriel llamó a Victoria delante de mí.
—No vuelvas a buscarme.
Ella comenzó a llorar.
Él cerró los ojos.
Durante años, aquellas lágrimas habían bastado para hacerlo correr.
Esta vez colgó.
Después eliminó su número.
Pero no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—¿Ves? —dijo—. Puedo cambiar.
—Lo sé.
Pareció recuperar esperanza.
Hasta que terminé:
—Pero no necesito quedarme para comprobarlo.
El divorcio tardó cuatro meses.
Gabriel no lo convirtió en una guerra. Firmó, me dejó la casa que legalmente me correspondía y dejó de utilizar a nuestras familias para convencerme.
La última vez que nos vimos fue después de firmar.
Me acompañó hasta la salida.
—Todavía te amo.
Lo miré durante unos segundos.
—Ojalá hubieras entendido cómo amarme cuando todavía podía sentirlo.
No hubo reconciliación.
Tampoco una gran venganza.
Victoria desapareció de nuestras vidas cuando comprendió que Gabriel ya no acudiría cada vez que lo llamara.
Y él tuvo que aprender la consecuencia más difícil:
cambiar no siempre significa recuperar aquello que destruiste.
Meses después regresé sola al restaurante de aquella Nochevieja.
Pedí una mesa junto a la ventana.
Afuera nevaba.
Esta vez no esperaba a nadie.
Y mientras observaba caer la nieve, comprendí que finalmente había dejado de preguntarme por qué Gabriel nunca me había elegido primero.

Porque ahora lo hacía yo.
Me había elegido a mí.