—¿Quién eres realmente?
La pregunta salió tan baja que me asustó más que cualquiera de sus gritos.
Aparté la muñeca.
—Ya se lo dije. Nora Su.
Adrian no insistió.
Y eso fue peor.
Durante los siguientes días dejó de atormentarme con el agua, la comida y sus órdenes absurdas.
En cambio, empezó a observarme.
Cómo doblaba sus camisas.
Cómo apartaba el cilantro de su sopa porque sabía que lo odiaba.
Cómo colocaba sus medicamentos siempre de izquierda a derecha.
Pequeñas costumbres que yo conocía desde antes del incendio.
Hasta que una noche cometí el error definitivo.
Adrian tuvo una pesadilla.
Entré corriendo y lo encontré empapado en sudor, respirando con dificultad.
Sin pensar, le tomé la mano.
—Estoy aquí, A-Yan.
Sus ojos se abrieron.
Yo palidecí.
Ese apodo.
Solo una persona lo había llamado así.
Yo.
Adrian apretó mis dedos.
—Por fin.
Intenté levantarme, pero no me soltó.
—¿Cuánto tiempo pensabas seguir fingiendo?
—Está equivocado.
—Entonces mírame y dime que no eres Elena.
No pude.
Tres años de operaciones.
Tres años escondiéndome.
Tres años creyendo que había sacrificado mi felicidad para salvar la suya.
Todo se derrumbó en segundos.
—Lo siento.
Adrian soltó una risa amarga.
—¿Lo sientes?
Señaló sus piernas.
—Te busqué durante siete meses.
Sentí que las lágrimas me quemaban.
—Pensé que estarías mejor sin mí.
—¿Y decidiste eso por mí?
No tuve respuesta.
Entonces Adrian hizo algo que jamás esperaba.
Extendió la mano y tocó suavemente una de las cicatrices de mi mejilla.
Instintivamente retrocedí.
Él se quedó inmóvil.
—¿Por eso huiste?
Bajé la cabeza.
—No quería que me vieras así.
Su mandíbula se tensó.
—Yo desperté después del accidente preguntando si te habían encontrado. ¿Sabes qué me dijeron? Que probablemente habías huido porque ya no querías casarte conmigo.
Lo miré.
—Nunca dejé de quererte.
—Entonces debiste dejarme decidir si tus cicatrices cambiaban algo.
Aquella noche lloré por primera vez delante de él.
Pero la verdad todavía guardaba una última crueldad.
A la mañana siguiente apareció el médico de Adrian con los resultados de sus nuevos estudios.
—Señor Shen, existe posibilidad de recuperación parcial. Pero necesitará una rehabilitación muy exigente.
Adrian miró sus piernas.
Después me miró a mí.
—Hazla.
El médico parpadeó.
—¿La rehabilitación?
—Toda.
Los meses siguientes fueron brutales.
Hubo frustración, dolor y días en que Adrian quería abandonar.
Yo permanecí.
No porque le debiera mis cicatrices.
Ni porque él me debiera sus piernas.
Sino porque finalmente dejamos de castigarnos por decisiones tomadas desde el miedo.
Ocho meses después, durante una sesión, Adrian consiguió ponerse de pie con apoyo.
Solo fueron unos segundos.
Pero cuando volvió a sentarse, estaba sonriendo.
Era aquella sonrisa.
La que yo creía perdida.
Tiempo después, frente al mismo salón donde nuestra boda nunca ocurrió, Adrian me entregó una pequeña caja.
Dentro estaba mi antiguo anillo.
—Lo guardé tres años.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Adrian, mi rostro nunca volverá a ser como antes.
Él acarició suavemente mi mejilla.
—Lo sé.
Luego miró la pequeña cicatriz detrás de mi oreja.
—Pero te dije que si algún día te perdías, sabría reconocerte.
Esta vez no huí.

Porque finalmente entendí que había pasado tres años intentando recuperar el rostro que él había amado.
Cuando lo único que necesitaba recuperar…
era el valor de dejar que me amara como era.