Daniel abrió el sobre.
Al principio leyó sin comprender.
Luego volvió a la primera página.
Sus ojos recorrieron las mismas líneas una segunda vez.
—No…
La palabra apenas salió de su boca.
—¿Cuándo te dieron esto?
—Hoy.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
Lo miré durante varios segundos.
—Porque llegué a casa para hacerlo. Pero tú tenías noticias primero.
Daniel se levantó tan rápido que golpeó la mesa.
—Esto puede estar equivocado. Necesito hablar con el médico. Buscaremos otro hospital, especialistas…
—Ya consulté a dos.
Se quedó inmóvil.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo saben exactamente.
Su rostro perdió todo el color.
Por primera vez en años, Daniel no parecía el empresario que podía solucionar cualquier problema con dinero.
Parecía simplemente un hombre asustado.
Entonces tomó mi mano.
—Laura…
La retiré.
—No.
—Por favor.
—Hace diez minutos querías divorciarte.
—Eso era antes de saber esto.
Y allí estuvo la frase que terminó de destruir lo poco que quedaba entre nosotros.
Sonreí.
—Exactamente.
Daniel comprendió demasiado tarde.
Si aquella prueba hubiera mostrado que estaba sano, esa misma noche habría seguido adelante con el divorcio.
Emma habría recibido su apellido.
Su bebé habría recibido una familia.
Y yo habría sido simplemente la esposa que debía apartarse.
—Firmaré —dije—. Mañana.
—Laura, olvida el divorcio.
—Yo no puedo olvidarlo solo porque ahora tienes miedo.
Su teléfono comenzó a sonar.
Emma.
Daniel miró la pantalla, pero no contestó.
Volvió a sonar.
Esta vez apareció un mensaje:
“¿Ya se lo dijiste? Nuestro bebé necesita que termines esto hoy.”
Lo leí.
Daniel apagó rápidamente la pantalla.
—Puedo arreglarlo.
—No. Puedes tratar tu cáncer. Lo demás ya lo rompiste.
A la mañana siguiente firmamos.
Daniel intentó modificar el acuerdo, pero me negué.
Acepté exactamente aquello que él había ofrecido antes de conocer su diagnóstico.
Ni más.
Ni menos.
Tres días después, Emma se mudó con él.
Dos semanas después, comenzaron las consultas oncológicas.
Y entonces llegó la primera sorpresa.
Emma no quería acompañarlo.
Tenía náuseas.
Estaba cansada.
El hospital la deprimía.
Daniel empezó a llamarme.
Primero para preguntarme dónde guardábamos sus documentos médicos.
Después porque no recordaba sus alergias.
Luego porque necesitaba que alguien entendiera las explicaciones de los especialistas.
No contesté.
Durante siete años yo había sido esa persona.
Él había decidido reemplazarme.
Ahora debía descubrir si Emma también quería el trabajo cuando dejaba de incluir cenas elegantes y viajes de negocios.
Un mes después, Daniel apareció frente a mi casa.
Había adelgazado.
—Emma se fue.
No pregunté por qué.
Él mismo respondió.
—Dice que necesita pensar en el bebé.
Después bajó la cabeza.
—También descubrí que estuvo transfiriendo dinero de la empresa durante casi dos años.
Aquello sí me sorprendió.
Daniel soltó una risa amarga.
—La mujer que aseguré que había construido todo conmigo estaba preparándose para abandonarme.
Me miró con los ojos húmedos.
—Y la mujer que realmente estuvo desde el principio eras tú.
Guardé silencio.
—Laura… si pudiera volver atrás…
—Pero no puedes.
Su rostro se quebró.
—Tengo miedo.
Por primera vez, no sentí rabia.
Tampoco satisfacción.
Solo tristeza por el hombre al que alguna vez había amado.
—Entonces lucha —le dije—. Busca tratamiento. Vive todo lo que puedas.
Daniel dio un paso hacia mí.
—¿Y tú?
Negué lentamente.
—Yo ya cumplí tu último deseo.
—¿Cuál?
Lo miré directamente.

—Dejarte libre para elegirla.
Cerré la puerta.
Y aquella fue la última vez que permití que el miedo de Daniel decidiera también mi vida.