PARTE 2: EL CONTRATO DE SEIS MIL MILLONES QUE VANESSA NO PODÍA TOCAR

Adrian tardó menos de una hora en comprender lo que había permitido.

Claire entró en su despacho con el rostro pálido.

—Señor Bennett… la señora Carter confirmó que tiene los documentos.

—Entonces dile que los entregue.

Claire no se movió.

—Dice que el proyecto no pertenece a Bennett Group.

Adrian levantó finalmente la cabeza.

—¿Qué significa eso?

La respuesta llegó de Martha, la directora financiera, que acababa de entrar sin llamar.

—Significa exactamente lo que dijo Elena.

Dejó un expediente sobre el escritorio.

El proyecto de seis mil millones no había nacido dentro de Bennett Group.

Dieciocho meses atrás, Elena había conocido personalmente al presidente de Hanley Infrastructure durante una conferencia internacional. Ella había construido la relación, reunido al consorcio inversor y conseguido la carta de intención.

Bennett Group solo aparecía como posible socio operativo.

Y había una condición.

La negociación estaba vinculada directamente a Elena Carter como representante principal.

Si Elena abandonaba la compañía antes de la firma definitiva, Hanley podía cancelar la negociación sin penalización.

Adrian se puso de pie.

—¿Por qué nadie me informó?

Martha lo miró con frialdad.

—Porque usted nunca preguntó.

Entonces abrió otra página.

—Y Vanessa tampoco.

Como si hubiera sido invocada, Vanessa apareció en la puerta.

—Adrian, no exageremos. Elena está intentando presionarnos. Podemos sustituirla.

Martha soltó una risa seca.

—Inténtalo.

Vanessa palideció.

En ese momento sonó el teléfono de Claire.

Contestó.

Treinta segundos después, su rostro perdió el color.

—Señor Bennett… Hanley Infrastructure acaba de suspender la reunión de firma del viernes.

Adrian apretó la mandíbula.

—Comunícame con Elena.

—Lo intenté.

—¿Y?

Claire tragó saliva.

—Nos bloqueó a todos.

Por primera vez aquella mañana, nadie habló.

Mientras tanto, yo estaba sentada frente a Robert Hanley en un restaurante privado.

El contrato descansaba entre nosotros.

—¿Bennett sabe que podemos retirarnos? —preguntó.

—Ya debe saberlo.

Robert sonrió.

—Entonces hablemos de tu futuro.

Empujó una carpeta hacia mí.

No era una oferta de empleo.

Era una propuesta para crear una nueva empresa operativa conmigo como socia.

La leí lentamente.

Por primera vez en cinco años, mi nombre no aparecía debajo del de Adrian Bennett.

Aparecía arriba.

Mi teléfono personal vibró.

Un número desconocido.

Contesté.

—Elena.

Era Adrian.

Había conseguido otro teléfono.

—Necesitamos hablar.

—Sobre el divorcio, mi abogado puede hacerlo.

Silencio.

—¿Divorcio?

Casi pude imaginar su expresión.

—¿Pensabas que solamente me habías despedido?

Su respiración cambió.

—Elena, no mezcles nuestro matrimonio con la empresa.

Miré el contrato frente a mí.

—Tú los mezclaste cuando permitiste que tu amante despidiera a tu esposa.

—Vanessa no es…

—No importa.

Lo interrumpí sin levantar la voz.

—Puedes acostarte con quien quieras cuando firmemos.

Adrian guardó silencio.

Finalmente preguntó:

—¿Qué quieres para devolver el proyecto?

Sonreí.

Ahí estaba.

Ni una disculpa.

Ni siquiera preguntó dónde estaba después de verme salir bajo la lluvia.

Solo quería los seis mil millones.

—Nada.

—Elena, sé razonable.

—Lo estoy siendo.

Miré a Robert y tomé la pluma.

—El proyecto nunca fue tuyo.

Firmé.

—Solo estaba dispuesto a entrar en Bennett Group porque yo estaba allí.

Del otro lado escuché una puerta abrirse violentamente.

Después, la voz de Claire:

—¡Señor Bennett!

Adrian se apartó del teléfono.

—¿Qué pasó?

Claire habló tan fuerte que pude escucharla.

—Hanley acaba de retirar oficialmente a Bennett Group de la negociación.

Silencio.

Luego añadió:

—Y hay algo peor.

—¿Qué?

—Acaban de anunciar a su nuevo socio operativo.

Miré mi firma secándose sobre el papel.

Claire pronunció mi nombre.

—Elena Carter.

Adrian volvió al teléfono.

—Elena, espera.

Colgué.

Y lo bloqueé otra vez.

Esa tarde, las acciones de Bennett Group comenzaron a caer.

Vanessa fue llamada a una reunión extraordinaria.

Y Adrian finalmente comprendió que el mayor error de su vida no había sido perder un contrato de seis mil millones.

Había sido creer que yo necesitaba su apellido para conseguirlo.

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