Adrián leyó mi mensaje dos veces.
“Pregúntale a tu nueva vicepresidenta.”
Según Laura me contó mucho después, fue la primera vez en años que vio al presidente del Grupo Costa perder completamente la compostura.
—¿Dónde está Sofía?
—Fue despedida esta mañana, señor.
—¡Ya sé que fue despedida! ¿Dónde está el expediente del proyecto?
Laura tragó saliva.
—La señora Ledesma afirma que el proyecto todavía no pertenece a la empresa.
Adrián se quedó inmóvil.
Entonces miró a Claudia.
—Dijiste que habías revisado todo antes de despedirla.
Claudia cruzó los brazos.
—Y lo hice. La región sur cayó un catorce por ciento.
—Te estoy preguntando por el proyecto de seis mil millones.
La seguridad de Claudia empezó a desmoronarse.
Porque aquel proyecto no era una carpeta que pudiera encontrar en mi antigua oficina.
Durante dieciocho meses yo había negociado personalmente con un consorcio extranjero para construir un corredor logístico que habría convertido al Grupo Costa en uno de los mayores operadores de la región.
Pero existía una condición.
El inversionista no negociaba con Grupo Costa.
Negociaba conmigo.
Yo había conseguido el contacto años antes de casarme con Adrián, y el acuerdo preliminar especificaba claramente que ninguna exclusividad existiría hasta la firma definitiva.
La firma estaba prevista para el viernes.
Y Claudia me había despedido el lunes.
A las cuatro de la tarde, tres inversionistas cancelaron sus reuniones.
El martes, otros dos hicieron lo mismo.
El miércoles, el consorcio solicitó oficialmente retirar el nombre del Grupo Costa de la negociación.
Las acciones de la compañía comenzaron a caer.
Entonces aparecieron las llamadas.
Adrián.
Laura.
Victoria.
Ramírez.
Marina.
Incluso Claudia.
Bloqueé todos los números.
El jueves por la noche Adrián apareció frente a nuestro apartamento.
Yo estaba guardando mis últimas cosas.
—¿Qué estás haciendo?
—Mudándome.
Su rostro cambió.
—Sofía, una cosa es la empresa y otra nuestro matrimonio.
Me giré lentamente.
—¿De verdad?
El silencio fue casi ridículo.
—Claudia tomó una decisión profesional.
—Claudia no podía despedir a una vicepresidenta sin tu autorización.
Adrián apretó la mandíbula.
—Firmé demasiados documentos esa mañana.
Me reí.
No pude evitarlo.
—¿Esa es tu explicación?
—No sabía que tu despido estaba entre ellos.
—Entonces eres un pésimo presidente.
Di un paso hacia él.
—Y si lo sabías, eres un pésimo marido. Elige cuál de las dos cosas quieres admitir.
Adrián no respondió.
Dejé sobre la mesa un sobre.
—¿Qué es esto?
—La solicitud de divorcio.
Esta vez sí me miró como si acabara de golpearlo.
—Sofía…
—Cinco años, Adrián. Cinco años permití que todos dijeran que estaba aquí gracias a ti. Ahora veremos quién necesitaba realmente a quién.
Me marché.
El viernes, el consejo extraordinario del Grupo Costa comenzó a las nueve.
A las nueve y veinte, Claudia presentó su propuesta para salvar el proyecto.
A las nueve y veintidós, los inversionistas la rechazaron.
A las nueve y treinta, Victoria puso otro documento sobre la mesa.
Era el informe financiero completo de la región sur.
El famoso descenso del catorce por ciento no era consecuencia de mi gestión.
Durante meses yo había trasladado recursos a nuevas instalaciones, tecnología y expansión territorial para preparar precisamente el contrato de seis mil millones.
Claudia había mostrado los gastos.
Pero había eliminado deliberadamente las proyecciones de retorno.
El viejo Ramírez finalmente habló.
—Sofía nos explicó esto hace tres meses. Todos lo sabíamos.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Todos?
Nadie contestó.
Entonces comprendió algo todavía peor.
Treinta personas habían permitido que me humillaran sabiendo que los números estaban manipulados.
—Fuera —ordenó Adrián mirando a Claudia.
—Adrián, déjame explicarte.
—Fuera de esta sala.
—Hice esto por nosotros.
Aquella frase acabó con cualquier duda.
Los miembros del consejo se miraron.
Claudia acababa de confirmar delante de todos que su relación con Adrián no era únicamente profesional.
Adrián palideció.
—Seguridad.
Claudia salió gritando que él le había prometido que yo desaparecería de sus vidas.
Pero ya no importaba.
Dos semanas después recibí una propuesta del consorcio.
Querían que encabezara directamente el proyecto desde una nueva compañía asociada.
Acepté.
Seis meses más tarde, el corredor logístico comenzó a construirse.
Sin Grupo Costa.
Claudia perdió su cargo después de que una auditoría descubriera más alteraciones en informes internos.
Varios directivos que habían guardado silencio aquella mañana también fueron reemplazados.
Y Adrián conservó la presidencia, pero perdió el contrato más importante de la historia de su empresa.
También perdió nuestro matrimonio.
La última vez que nos vimos fue al finalizar el divorcio.
Salimos del despacho del abogado y él caminó detrás de mí hasta el ascensor.

—¿Alguna vez pensaste en perdonarme?
Lo miré.
—Sí.
Sus ojos se iluminaron durante un segundo.
—¿Y?
—Después recordé aquella reunión.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—No me dolió que Claudia quisiera quitarme mi puesto, Adrián. Me dolió mirar al hombre con quien compartí cinco años y descubrir que ni siquiera era capaz de levantar la cabeza.
Entré.
Él permaneció afuera.
Antes de que las puertas se cerraran, añadió:
—Perdí seis mil millones por dejarte marchar.
Negué suavemente.
—Todavía no lo entiendes.
Lo miré por última vez.
—Los seis mil millones fueron lo más barato que perdiste.
Las puertas se cerraron.
Y por primera vez en cinco años, no salí de aquel edificio como la esposa de Adrián Costa.
Salí simplemente como Sofía Ledesma.
Y resultó que mi propio nombre siempre había sido suficiente.