PARTE 2: CUANDO ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE LA MUJER A LA QUE DEBÍA ODIAR NUNCA HABÍA SIDO SU ENEMIGA

Sentí que me ardían las mejillas.

El director carraspeó.

—Creo que debería dejarlos solos.

—No —dije demasiado rápido.

Adrián cerró la puerta antes de que pudiera escapar.

—¿Tu madre quiere presentarte a alguien para casarte?

Lo miré sorprendida.

—¿Estabas escuchando?

—Escuché suficiente.

—Entonces también escuchaste que nuestra relación terminó con la misión.

Su expresión se endureció.

—Eso llevo tres meses intentando entender.

La culpa volvió a apretarme el pecho.

—Adrián, yo sabía quién eras. Tú no sabías quién era yo. No estábamos en igualdad de condiciones.

—No.

Se acercó.

—Tú sabías que yo era policía. Pero no sabías por qué acepté aquella misión.

Guardé silencio.

Adrián miró el expediente sobre la mesa.

—Entré para llegar hasta Vargas. Quería al hombre que mató a mi padre.

Su voz permanecía tranquila, pero sus manos estaban tensas.

—Y entonces apareciste tú.

Tragué saliva.

—Creías que era su hija.

—Sí.

—Debiste odiarme.

Adrián soltó una risa amarga.

—Lo intenté.

Aquellas dos palabras me desarmaron.

Me contó que al principio acercarse a mí había sido únicamente estrategia. Ganarse mi confianza significaba acercarse a Vargas.

Pero después comenzaron las pequeñas cosas.

Las veces que yo desviaba sospechas para protegerlo.

Las advertencias disfrazadas de celos.

La noche en que arriesgué mi cobertura para impedir que Vargas descubriera uno de sus transmisores.

—Empecé a pensar que Isabella Vargas no se parecía en nada a Ramón Vargas —dijo—. Y eso era un problema.

—¿Por qué?

Sus ojos encontraron los míos.

—Porque me estaba enamorando de la hija del hombre que asesinó a mi padre.

No pude hablar.

—Después de la operación —continuó— me dijeron que Isabella nunca había existido. Que eras Clara Hayes. Policía. Academia. Homicidios.

Respiró lentamente.

—Y entonces descubrí algo todavía peor.

—¿Qué?

—Que había pasado meses castigándome por amar a una mujer que nunca había sido mi enemiga.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

—¿Por eso fuiste a terapia?

—En parte.

Bajó la mirada.

—También porque después de vivir tanto tiempo mintiendo, ya no sabía distinguir qué recuerdos eran parte de la misión y cuáles eran míos.

Eso sí lo entendía.

—Yo tampoco.

Adrián se acercó hasta quedar frente a mí.

—Entonces contéstame una cosa sin nombres falsos, sin micrófonos y sin una operación detrás.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

—¿Qué cosa?

—Cuando decías que me querías… ¿era Clara o Isabella?

Lo miré durante varios segundos.

Ya no tenía sentido esconderme.

—Isabella nunca te quiso.

Su rostro quedó inmóvil.

Entonces añadí:

—Porque Isabella nunca existió.

Respiré hondo.

—Clara llevaba años enamorada de ti.

Por primera vez desde que lo conocía, Adrián Cole perdió completamente aquella expresión impenetrable.

—¿Años?

Asentí.

—Desde la academia.

Él se pasó una mano por el rostro y soltó una pequeña carcajada incrédula.

—Fantástico. Dos agentes especializados en descubrir mentiras y ninguno pudo reconocer la única verdad que tenía delante.

Yo también reí.

Después miré la puerta.

—Mi madre realmente organizó esa cita.

Adrián dejó de sonreír.

—Cancélala.

—¿Eso es una orden, capitán?

—No.

Me sostuvo la mirada.

—Es la primera petición que te hago fuera de una misión.

Y aquella vez, cuando tomé su mano, no había cámaras, identidades falsas ni un capo observándonos.

Por primera vez, Adrián estaba tocando a Clara.

Y por primera vez, ninguno de los dos necesitaba fingir.

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