Los catorce días siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Ethan seguía viviendo como si nada hubiera cambiado.
Me enviaba mensajes para recordarme comprar su café, recoger paquetes o reservar restaurantes. Yo contestaba cada vez menos.
Mientras tanto, vacié mi parte del armario.
Envié dos cajas al extranjero.
Cancelé los servicios que estaban a mi nombre.
Y retiré mis cosas del apartamento poco a poco.
Ethan no se dio cuenta.
El día 14 llegó a casa especialmente tarde.
—Mañana salimos a las nueve —dijo mientras se quitaba el abrigo—. No llegues tarde al registro civil.
Lo miré.
Por primera vez en semanas sentí ganas de preguntarle algo.
—Ethan, ¿realmente quieres casarte conmigo mañana?
Él revisó su teléfono.
—Ya hemos hablado de esto.
—Quiero escucharlo una última vez.
Suspiró, irritado.
—Como quieras.
Sonreí.
Perfecto.
A la mañana siguiente me levanté a las cinco.
Dejé las llaves sobre la mesa.
No dejé carta.
No había nada que explicar que no hubiera intentado explicar durante cuatro años.
A las ocho estaba en el aeropuerto.
A las nueve, cuando Ethan finalmente llegó al registro civil, yo estaba pasando seguridad.
Me llamó.
Una vez.
Tres.
Diez.
No respondí.
Entonces llegó un mensaje.
“¿Dónde estás?”
Después:
“Tenemos cita a las nueve.”
Y finalmente:
“Deja de hacer tonterías y contesta.”
Mientras esperaba para abordar, recibí otro mensaje.
Pero esta vez era de Chloe.
“¿Te vas de verdad?”
Fruncí el ceño.
¿Cómo lo sabía?
Antes de poder responder, apareció una fotografía.
Ethan estaba frente al registro civil.
Y Chloe estaba con él.
Debajo escribió:
“Vine porque me llamó desesperado. Creo que deberías hablar con él.”
Me reí.
Hasta el día en que debía casarse conmigo, cuando algo salía mal, Ethan recurría a ella.
Bloqueé ambos números.
El avión despegó a las 10:47.
Creí que ahí terminaba nuestra historia.
Me equivoqué.
Tres meses después, mi nueva oficina me envió a una conferencia internacional en Singapur.
Entré en el salón principal con mi acreditación colgada al cuello y escuché mi nombre detrás de mí.
—¿Emma?
Me giré.
Ethan.
Parecía más delgado.
Más cansado.
Y, por primera vez desde que lo conocía, completamente inseguro.
—Te he buscado durante tres meses.
—¿Para qué?
—Para preguntarte por qué.
Casi me hizo gracia.
—Te lo pregunté durante cuatro años.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si me querías. Si querías celebrar conmigo. Si te molestaría perderme. Si querías casarte conmigo.
Di un paso atrás.
—Y siempre contestabas lo mismo.
Ethan finalmente entendió.
—“Como quieras”…
—Exactamente.
Bajó la mirada.
—No significaba que no me importaras.
—Entonces ¿qué significaba?
No respondió.
Porque ya no había una explicación capaz de borrar cuatro años.
Finalmente preguntó:
—¿Hay alguien más?
Negué.
—Eso es lo que todavía no entiendes. No necesitaba encontrar a otro hombre para dejarte.
Su rostro cambió.
—Solo necesitaba encontrarme otra vez a mí.
Pasé junto a él.
Entonces Ethan dijo:
—Si te pidiera que volvieras…
Me detuve.
Durante años había esperado escuchar aquella pregunta.
Ahora no sentí nada.
Me giré y le regalé las mismas dos palabras que él me había dado tantas veces.

—Como quieras.
Y seguí caminando.
Esta vez, quien no volvió fui yo.