PARTE 2: SIEMPRE SUPO QUE ERA YO

Me quedé mirando la fotografía durante casi un minuto.

Era imposible.

La foto había sido tomada nueve años atrás, durante aquel torneo. Gorra negra, sudadera enorme, cabello escondido y la identificación de Adrian colgando de mi cuello.

Le di la vuelta otra vez.

“Siempre supe que eras tú.”

Cuando Lucas regresó con un vaso de agua, levanté la fotografía.

—¿De dónde sacaste esto?

Se detuvo.

—La guardé.

—¿Durante nueve años?

—Sí.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.

—Entonces… ¿sabías que no era Adrian?

Lucas dejó el vaso sobre la mesa.

—Desde el segundo partido.

—¿Cómo?

—Tu hermano jugaba agresivamente. Tú esperabas, observabas y atacabas cuando el rival cometía un error.

Lo miré incrédula.

—¿Y aun así me rechazaste cuando te pedí tu número?

Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa.

—Creí que tenías dieciocho años.

—Tenía dieciocho.

—Yo veintidós.

Eso explicaba muchas cosas.

Pero no explicaba lo importante.

—Lucas… ¿por qué conservaste la foto?

Su expresión volvió a endurecerse.

—Porque cuatro años después terminaste convirtiéndote en mi novia.

Silencio.

—Y después desapareciste.

Ahí estaba.

La herida que ninguno había querido tocar.

Cinco años atrás yo había recibido la beca que podía cambiar mi vida.

Boston.

Investigación.

Universidad.

Todo aquello que había soñado desde adolescente.

Y la misma semana Lucas recibió una oferta para dirigir la empresa familiar.

Él quería que me quedara.

Yo quería que me pidiera que me quedara por amor, no porque mi carrera pudiera esperar.

Entonces escuché una conversación que nunca debí escuchar.

Su madre le dijo:

—Clara terminará siendo una carga.

Y Lucas respondió:

—Lo resolveré antes de que se convierta en un problema.

Me marché tres días después.

Sin explicaciones.

Lucas escuchó todo en silencio.

Cuando terminé, cerró los ojos.

—Estábamos hablando de mi madre.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Ella quería ofrecerte dinero para que rechazaras Boston. Le dije que yo lo resolvería antes de que ella convirtiera nuestra relación en un problema.

Sentí que el estómago se me hundía.

Cinco años.

Habíamos perdido cinco años por una conversación escuchada a medias.

—¿Por qué nunca me lo explicaste?

Lucas soltó una risa amarga.

—Porque desapareciste. Cambiaste de número. Bloqueaste mis correos.

No pude discutirlo.

Era verdad.

Entonces señaló la fotografía.

—Durante años pensé que la chica capaz de disfrazarse, subir a un escenario y enfrentarse al mejor equipo del torneo también tendría valor para enfrentarme a mí.

Bajé los ojos.

—No lo tuve.

Lucas se levantó.

—Descansa.

—¿Y mañana?

Se detuvo junto a la puerta.

—Mañana vuelvo a ser tu jefe.

Sentí una punzada absurda de decepción.

Pero antes de salir añadió:

—Cuando estés recuperada, tenemos pendiente ese pollo frito.

Dos semanas después regresé a la oficina.

Sobre mi escritorio había una bolsa de comida.

Y una nota:

“Promesa cumplida.”

Sonreí.

Entonces apareció Recursos Humanos.

—Señorita Bennett, el señor Reed solicita verla.

Entré en su despacho preparada para cualquier cosa.

Lucas deslizó un documento hacia mí.

Era una solicitud oficial para transferirme a otra división.

—¿Me estás despidiendo?

—No.

Me sostuvo la mirada.

—Estoy eliminando el conflicto de intereses.

—¿Qué conflicto?

Lucas sacó aquella vieja fotografía y la dejó entre nosotros.

—El que voy a crear cuando te invite a cenar.

Esta vez no huí.

Tomé el bolígrafo.

Firmé la transferencia.

Y sonreí.

—Primero el pollo frito.

Lucas finalmente sonrió también.

—Esta vez, Clara, no pienso dejar que desaparezcas.

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