PARTE 2: LA ÚLTIMA DIAPOSITIVA

A las 11:43 de esa noche, Ethan abrió el PowerPoint.

Lo supe porque el sistema registraba las visualizaciones.

Diapositiva 1.

“Análisis de una relación de seis meses.”

Diapositiva 7: Vanessa llamándolo a las dos de la madrugada porque “tenía miedo”.

Diapositiva 19: Ethan cancelando nuestra cena de aniversario para acompañarla a comprar muebles.

Diapositiva 31: una fotografía donde Vanessa llevaba la sudadera que yo le había regalado.

Diapositiva 46: Ethan diciéndome que estaba exagerando después de descubrir que ella tenía la contraseña de su apartamento.

Y luego llegó la 115.

Una tabla sencilla.

Tiempo que Ethan había dedicado a Vanessa durante nuestros últimos seis meses: 286 horas.

Tiempo de citas conmigo: 41 horas.

Debajo escribí:

“Vanessa no interfiere en nuestra relación. Yo interfiero en la de ustedes.”

Mi teléfono comenzó a sonar.

Ethan.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegaron los mensajes.

“Nina, estás sacando todo de contexto.”

“Podemos hablar.”

“¿Por qué guardaste todas estas cosas?”

La última pregunta casi me hizo reír.

Porque seguía sin comprenderlo.

Yo no había recopilado pruebas para castigarlo.

Las había recopilado porque llevaba meses intentando convencerme de que aquello que sentía era real.

Entonces abrió la diapositiva 116.

Las llamadas se detuvieron.

Allí no había gráficos.

Solo cuatro líneas:

“Renuncio al puesto.”

“Vanessa puede quedarse con todas mis responsabilidades.”

“Ethan puede quedarse con todas sus excusas.”

“Relación terminada: 23:59, día de mi cumpleaños.”

A medianoche bloqueé ambos números.

A la mañana siguiente, Vanessa me esperaba frente al edificio.

Esta vez no lloraba.

—¿Estás satisfecha? —preguntó—. Ethan y yo discutimos toda la noche.

La miré.

—Entonces mi presentación funcionó.

—¡Nos hiciste parecer amantes!

—No.

Abrí el PowerPoint en mi teléfono.

—Ustedes hicieron cuarenta y siete cosas. Yo solo les puse números.

Su rostro cambió.

—Ethan nunca te amó como creías.

Aquella frase habría destruido a la Nina de una semana antes.

Pero esa mañana solo sentí alivio.

—Entonces por fin estamos de acuerdo.

Pasé junto a ella.

Ethan apareció corriendo minutos después.

Me alcanzó frente a la biblioteca.

—Nina, espera.

Por primera vez parecía realmente asustado.

—Vanessa y yo nunca estuvimos juntos.

—Eso ya no importa.

—Puedo poner límites.

—Debiste hacerlo sin necesitar ciento dieciséis diapositivas.

Se quedó callado.

Entonces extendió la mano hacia mí.

—Dame otra oportunidad.

Miré aquella mano.

Durante meses había esperado que finalmente me eligiera.

Ahora que lo hacía, ya no quería ser elegida.

—No, Ethan.

—¿Por Vanessa?

Negué.

—Por mí.

Seguí caminando.

Mi teléfono vibró.

Era aquella conversación donde había registrado los cuarenta y siete incidentes.

Apareció un nuevo mensaje:

“Registro 048.”

“Situación: estableciste un límite y lo mantuviste.”

Después llegó otro:

“Corrección: esto no es otro incidente.”

“Es progreso.”

Sonreí.

Y por primera vez entendí que ser buena no significaba soportarlo todo.

A veces significaba ser suficientemente buena conmigo misma para marcharme.

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