PARTE 2: LA HEREDERA QUE NADIE VIO VENIR

Contesté la llamada de Daniel mientras Adrian Gu seguía frente a mí.

—Emma, ¿dónde estás?

Su voz ya no tenía aquella seguridad arrogante de la noche anterior.

—En casa.

—Acabo de escuchar una estupidez sobre ti y la familia Jiang.

Miré la carpeta abierta sobre la mesa.

Mi nombre aparecía junto a una cifra que todavía parecía irreal.

—Entonces no era una estupidez.

Daniel guardó silencio.

—¿Es verdad?

—Sí.

Su respiración cambió.

—Emma, no hagas nada todavía. Voy para allá.

—No vengas.

—Tenemos que hablar.

—Ayer me preguntaste cómo sobreviviría sin ti. Hoy ya tienes la respuesta.

Colgué.

Adrian me observó en silencio.

—¿Era Daniel Han?

—Sí.

—Llegará en menos de veinte minutos.

Lo miré sorprendida.

Adrian señaló mis maletas.

—Los hombres que creen haber perdido algo valioso siempre regresan rápido.

Tenía razón.

Diecisiete minutos después, Daniel apareció.

Cuando vio a Adrian dentro del apartamento, se detuvo en seco.

—Señor Gu…

Por primera vez desde que lo conocía, Daniel parecía intimidado.

Después me miró.

—Emma, necesitamos hablar solos.

—No tenemos nada que hablar.

—Tres años no pueden terminar por un malentendido.

Casi sonreí.

—Ayer eran tres años que yo debía agradecerte. Hoy de repente son importantes.

Daniel apretó la mandíbula.

—Vanessa nunca significó nada.

Entonces Adrian habló.

—Curiosa forma de demostrarlo comprándole un anillo.

Daniel palideció.

—Esto es entre Emma y yo.

—Ya no —respondí.

Saqué mi teléfono.

Abrí la aplicación bancaria.

Durante tres años Daniel me había transferido 100.000 yuanes mensuales.

Yo había gastado una parte mínima.

El resto seguía allí.

Realicé una transferencia.

Daniel miró su teléfono cuando recibió la notificación.

3.600.000 yuanes.

—¿Qué hiciste?

—Te devolví cada mensualidad.

Su rostro perdió el color.

—Emma…

Dejé las llaves del apartamento sobre la mesa.

—También puedes recuperar esto.

Entonces comprendió que no estaba negociando.

Me estaba yendo.


La noticia sobre la heredera Jiang explotó aquella misma semana.

Pero la sorpresa mayor llegó durante la subasta a la que Daniel había insistido tanto en llevarme.

Entré acompañada por representantes legales de Jiang Jewelry.

Vanessa estaba allí.

Llevaba el collar de 800.000 yuanes.

Cuando me vio, sonrió.

—Emma. Escuché ciertos rumores.

Miré el collar.

Lo reconocí inmediatamente.

No por Daniel.

Por el diseño.

Era una pieza basada en uno de los últimos bocetos registrados por mi abuela.

Thomas Chen se acercó.

—Señorita Jiang, precisamente queríamos hablarle sobre esa colección.

Vanessa dejó de sonreír.

Una revisión había descubierto que varias piezas comercializadas recientemente utilizaban diseños pertenecientes al patrimonio intelectual Jiang.

Entre las empresas implicadas estaba una filial vinculada a los Han.

Daniel apareció segundos después.

—Emma, podemos resolver esto privadamente.

—Ahora sí quieres hablar de negocios conmigo.

—Nunca supe quién eras.

Aquella frase terminó de liberarme.

—Exactamente, Daniel.

Lo miré directamente.

—Necesitaste descubrir cuánto valía mi apellido para preguntarte cuánto valía yo.

No tuvo respuesta.

Vanessa intentó marcharse discretamente.

Entonces Adrian apareció junto a nosotros.

No me tomó de la mano.

No habló por mí.

Simplemente dijo:

—La señorita Jiang decidirá personalmente cómo proceder.

Eso fue lo que más me sorprendió de él.

Todos habían hablado del compromiso matrimonial como si mi futuro ya estuviera escrito.

Adrian no.

Esa noche se lo pregunté directamente.

—¿Esperas que cumpla aquel acuerdo?

—No.

—¿Entonces por qué viniste personalmente?

Adrian guardó silencio unos segundos.

—Porque tu familia perdió muchas cosas antes de que tú pudieras elegir nada.

Después me entregó una pequeña caja.

Dentro estaba el primer diseño firmado por mi abuela.

—No pienso convertirme en otra persona que decida tu vida por ti.

Lo miré.

—¿Y el compromiso?

Por primera vez sonrió.

—Si algún día quieres conocerme, empezaremos desde cero.

—¿Sin contratos?

—Sin contratos.

Meses después, recuperé legalmente el patrimonio Jiang y asumí la reconstrucción de la firma familiar.

Los Han tuvieron que responder por los problemas encontrados durante la revisión de sus acuerdos comerciales. Daniel intentó contactarme varias veces.

Nunca respondí.

No porque lo odiara.

Simplemente ya no necesitaba que se arrepintiera.

El día que terminé con Daniel pensé que estaba abandonando la única vida segura que tenía.

Me equivocaba.

Los 5.000 millones fueron una sorpresa.

Mi apellido fue otra.

Pero mi verdadera fortuna apareció unas horas antes de conocer cualquiera de las dos cosas.

Fue aquel instante en que, creyendo que no tenía dinero, familia ni nadie poderoso detrás de mí, miré al hombre que me mantenía y aun así tuve el valor de decir:

—Terminamos.

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