PARTE 2: CUANDO DANIEL DESCUBRIÓ LO QUE HABÍA PERDIDO

Elena no preparó la sopa.

Esperó a que Daniel saliera para el entrenamiento matutino, abrió el armario y sacó una vieja maleta militar.

No necesitaba llevar mucho.

Tres uniformes.

Sus libros de medicina.

El estetoscopio que su padre le había regalado.

Y los documentos de traslado al destacamento médico de la frontera sur.

Sobre la mesa dejó otro sobre.

La solicitud de divorcio.

Dos días después, Daniel regresó temprano.

—¿Dónde está la sopa de Mateo?

Entonces vio la maleta.

Su expresión cambió.

—¿Adónde vas?

—A la frontera sur.

Daniel soltó una risa incrédula.

—No seas infantil. ¿Todo esto porque cedí una capacitación y una vivienda?

Elena terminó de cerrar la maleta.

—No.

Lo miró.

—Es porque durante seis años me pediste que cediera un poco más cada vez, hasta que un día descubrí que ya no quedaba nada mío dentro de este matrimonio.

Daniel vio los papeles.

—¿Divorcio?

Por primera vez perdió la calma.

—Elena, Marta acaba de perder a su esposo. Solo estoy ayudándola.

—Entonces sigue ayudándola.

Ella tomó la maleta.

—Ahora eres libre para darle todo.

Daniel bloqueó la puerta.

—No vas a irte así.

Elena levantó la mirada.

—Apártate, subcomandante Cruz.

La forma oficial de llamarlo pareció golpearlo.

Antes de que pudiera responder, apareció el capitán Ramírez.

—Doctora Vargas, el vehículo sale en diez minutos.

Daniel frunció el ceño.

—Capitán, esto es un asunto familiar.

Ramírez lo miró durante varios segundos.

—Entonces debería haber cuidado mejor de su familia.

Daniel quedó rígido.

—¿Qué significa eso?

El capitán miró a Elena.

Ella negó suavemente.

No quería decírselo.

Todavía no.

Se marchó esa misma tarde.

Daniel creyó que regresaría cuando se calmara.

Pasó una semana.

Después dos.

Elena no volvió.

Entonces llegó al regimiento el informe oficial sobre la sustitución de la plaza de capacitación.

La supuesta renuncia de Elena llevaba una autorización que ella jamás había firmado.

Se abrió una investigación.

Daniel fue llamado ante sus superiores.

Marta también.

Y allí apareció una segunda verdad.

Marta había exagerado deliberadamente su situación para conseguir vivienda y la plaza médica. Además, varios compañeros declararon que Daniel había utilizado su cargo para favorecerla.

Aquella tarde, Daniel buscó al capitán Ramírez.

—¿Dónde está Elena?

—Trabajando.

—Necesito hablar con ella.

Ramírez continuó escribiendo.

—Debió hacerlo aquella noche.

Daniel se quedó quieto.

—¿Qué noche?

El capitán levantó finalmente los ojos.

—La noche en que ella llegó aquí sangrando mientras usted estaba cuidando un rasguño en la rodilla de Mateo.

Daniel palideció.

—¿Sangrando?

Ramírez guardó silencio.

Daniel comprendió que faltaba algo.

—Capitán… ¿qué le pasó a mi esposa?

Ramírez cerró lentamente la carpeta.

—Estaba embarazada.

Daniel dejó de respirar.

—Cinco semanas.

Sus labios temblaron.

—¿El bebé?

La expresión del capitán respondió antes que sus palabras.

—Lo perdió.

Daniel tuvo que apoyarse contra el escritorio.

Durante seis años había imaginado aquel momento.

Elena corriendo hacia él con una prueba positiva.

Él levantándola en brazos.

Una pequeña cuna junto a su cama.

Pero mientras su propio hijo desaparecía, él había sostenido a Mateo y le había prometido que nunca lo abandonaría.

—¿Ella preguntó por mí?

Ramírez lo miró con una dureza silenciosa.

—Pidió específicamente que no le dijéramos nada.

Aquello fue peor.

Daniel salió tambaleándose.

Esa noche encontró el dormitorio vacío.

Sobre la mesa seguía el último documento que Elena había dejado.

Debajo de la solicitud de divorcio había una pequeña hoja clínica que él no había visto.

Diagnóstico: embarazo de cinco semanas. Pérdida gestacional.

Daniel permaneció sentado hasta el amanecer sosteniendo aquel papel.

Entonces comprendió algo demasiado tarde.

Elena no se había marchado para castigarlo.

Se había marchado porque finalmente había dejado de esperarlo.

A cientos de kilómetros, Elena bajó de un vehículo militar frente al pequeño hospital fronterizo.

El viento golpeó su rostro.

Apretó su maleta y contempló las montañas.

Por primera vez en seis años, ninguna decisión que tomara tendría que pasar primero por Daniel.

Y cuando el vehículo que la había llevado desapareció por el camino, Elena no miró atrás.

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