Me quedé mirando aquella frase.
“Este hombre sirve.”
Sentí que la cara me ardía.
—¿Así que todo esto era una prueba?
Emily no apartó la mirada.
—Sí.
—¿Durante dos años?
—Sí.
Solté los documentos sobre la mesa.
—¿Y ahora esperas que te dé las gracias porque me regalaste un apartamento después de tratarme como a un sirviente?
Por primera vez, Emily pareció incómoda.
—Lucas, sigue leyendo.
No quería hacerlo.
Pero abrí nuevamente el informe.
Había anotaciones fechadas.
Mes 3: encontró 2.000 dólares que dejé deliberadamente en la lavandería. Los puso sobre mi escritorio.
Mes 7: el alquiler se cobró dos veces por error. Avisó inmediatamente.
Mes 11: creyó que yo estaba enferma. Compró medicamentos y no pidió que se los pagara.
Mes 16: recibió un aumento. No intentó renegociar el alquiler aprovechándose del contrato informal.
Entonces encontré algo extraño.
Platos: no cuentan.
Levanté la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Emily suspiró.
—Mi padre quería probar tu carácter. Los platos fueron idea mía.
—¿Por qué?
Su respuesta me dejó todavía más confundido.
—Porque quería que te fueras.
Parpadeé.
Emily explicó que su padre llevaba años buscando a alguien confiable para administrar varios apartamentos familiares.
Cuando investigó mi solicitud de alquiler, vio mis referencias laborales y decidió observarme.
Pero Emily odiaba aquel sistema.
—Pensé que si hacía insoportable vivir conmigo, te mudarías y mi padre dejaría de meterse en mi vida.
—Entonces aumentaste los platos.
—Sí.
—¿Y cocinabas más después de que vino tu padre?
Bajó la mirada.
—Él dijo que ya estabas prácticamente aprobado.
No pude evitar reír.
—Así que intentaste quebrarme con ollas.
Emily también sonrió ligeramente.
—Funcionó fatal.
Entonces señaló el documento.
—Pero el apartamento no es el premio por lavar platos.
La transferencia había sido firmada por su padre.
Junto al título había una oferta laboral.
Administrador regional del edificio.
Salario: casi tres veces lo que ganaba actualmente.
—¿Por qué yo?
Emily tomó el informe.
—Porque durante dos años nadie estaba mirando y aun así hiciste lo correcto.
Me quedé callado.
Después miré hacia la cocina.
El fregadero seguía desbordado.
—Hay una condición.
Emily palideció.
—¿Cuál?
Le puse unos guantes amarillos sobre la mesa.
—El apartamento puede quedarse a mi nombre.
Señalé la montaña de platos.
—Pero esos los lavas tú.
Emily observó los guantes como si fueran una sentencia judicial.
Diez minutos después escuché correr el agua.
Me acerqué a la cocina.
Emily sostenía una sartén bajo el grifo con expresión horrorizada.
—Lucas.
—¿Qué?
—¿Cuánto detergente se usa?

Después de setecientos treinta y dos días, finalmente me senté en el sofá.
—Descúbrelo.
Y aquella fue la primera noche en dos años en que cené tranquilamente mientras Emily Carter lavaba mis platos.