PARTE 2: FINGÍ ESTAR ROTA HASTA QUE ÉL MISMO ME ENTREGÓ LAS PRUEBAS QUE PODÍAN DESTRUIRLO

Adrián me llevó a la finca Shen diez días después.

Para entonces, los médicos ya habían confirmado delante de mí lo que él quería que creyera.

Que quizá nunca volvería a caminar.

Que el daño interno había sido demasiado grave.

Que probablemente tampoco podría tener hijos.

Yo escuché todo con los ojos bajos.

Incluso lloré cuando era necesario.

Adrián me abrazó.

—No importa —susurró—. Yo seguiré contigo.

Quise arrancarle la piel con las uñas.

En cambio, apoyé la cabeza en su pecho.

—Gracias por no abandonarme.

Sentí cómo su cuerpo se relajaba.

Cada vez confiaba más en mi ignorancia.

La finca Shen estaba preparada para recibirme como una prisión disfrazada de lujo.

Rampas nuevas.

Una habitación en la planta baja.

Dos enfermeras privadas.

Cámaras en los pasillos.

Y, el segundo día, apareció Luna.

Tenía tres años.

Entró agarrada de la mano de Elena Jiang.

Elena era hermosa, elegante y demasiado cómoda dentro de la casa de mi prometido.

Se inclinó hacia mí con una sonrisa compasiva.

—Victoria, siento muchísimo lo ocurrido.

Después empujó suavemente a Luna hacia mi silla de ruedas.

—Cariño, saluda.

La niña me observó con unos enormes ojos negros.

Entonces miró a Adrián.

—Papá, ¿ella es la nueva mamá?

El silencio fue absoluto.

Adrián palideció.

Elena agarró rápidamente el brazo de la niña.

—Luna, te dije que aquí no…

Yo levanté la vista.

—¿Papá?

Adrián reaccionó inmediatamente.

Se rio.

—Últimamente llama papá a todos los hombres cercanos.

—¿Verdad, Elena?

Ella sonrió demasiado rápido.

—Sí.

Yo fingí creerles.

Incluso extendí los brazos hacia Luna.

—Ven aquí.

La niña se acercó.

No tenía culpa de nada.

Y precisamente por eso, cuando la abracé, sentí todavía más odio hacia los adultos que la utilizaban.

Aquella noche escuché a Adrián y Elena discutir en el despacho.

Yo había aprendido algo durante mi rehabilitación.

Mis piernas no estaban completamente muertas.

Los dedos del pie derecho ya respondían.

Y el médico que Adrián había comprado no lo sabía.

Una fisioterapeuta joven llamada Clara había descubierto pequeñas respuestas musculares y, en secreto, me había dicho:

—Si recibe tratamiento adecuado, existe posibilidad de recuperación.

Le hice prometer que no escribiría nada en mi expediente.

Así que mientras todos creían que yo no podía levantarme de la silla, empecé a entrenar a escondidas.

Primero diez segundos de pie.

Después veinte.

Después algunos pasos agarrada a una barandilla.

Y mientras mi cuerpo se recuperaba…

también reunía pruebas.

Adrián cometía errores porque me consideraba indefensa.

Dejaba su teléfono sobre la mesa.

Hablaba frente a mí pensando que los analgésicos me mantenían adormecida.

Permitía que sus asistentes entraran con documentos.

Una tarde encontré algo mejor.

Una carpeta dentro del cajón de su escritorio.

TRANSFERENCIA: 2.000.000.

Beneficiario: familia de Mateo Ruiz.

Fecha: dos días antes de mi atropello.

Debajo había una copia del contrato de confidencialidad firmado por el conductor.

Fotografié cada página.

Después encontré mensajes impresos entre Adrián y el médico.

“Retrasar cirugía 72 horas.”

“Pronóstico permanente preferible.”

“Procedimiento adicional debe figurar como complicación traumática.”

Mis manos comenzaron a temblar.

Ya no era una sospecha.

Era una conspiración.

Pero todavía faltaba Elena.

La prueba llegó durante una cena familiar.

Luna estaba jugando con una pulsera cuando se cortó ligeramente un dedo.

Elena corrió hacia ella.

—Adrián, trae su medicamento. Tiene la misma alergia sanguínea que tú.

Adrián se quedó congelado.

Yo levanté lentamente la mirada.

Elena comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

Sonreí.

—Qué coincidencia.

Aquella misma noche, mientras todos dormían, recogí del cepillo de Luna varios cabellos y guardé una muestra que Adrián había dejado en su maquinilla de afeitar.

Dos días después, Clara hizo llegar las muestras a un laboratorio independiente.

El resultado apareció en mi correo cifrado.

Probabilidad de paternidad:

99,99 %.

Me quedé mirando la pantalla durante mucho tiempo.

Después imprimí tres copias.

Una para mi abogado.

Una para la policía.

Y una para la familia Shen.

Pero antes de poder moverme, Adrián decidió adelantar sus propios planes.

Entró en mi habitación con una carpeta y aquella sonrisa dulce que ya me revolvía el estómago.

—Victoria, necesito que firmes algo.

—¿Qué es?

—Solo documentos para protegerte.

Los puso frente a mí.

Era una cesión de poderes.

Si firmaba, Adrián controlaría mis cuentas, mis propiedades y las acciones heredadas de mi padre.

Levanté los ojos.

—¿Todo esto es necesario?

Se arrodilló frente a mí.

—Ahora dependes de mí.

Acarició mi rodilla, seguro de que yo no podía sentirlo.

—Déjame cuidarte.

Entonces comprendí el último paso de su plan.

No solo quería dejarme inválida.

También quería quedarse con todo lo que poseía.

Cogí el bolígrafo.

Adrián sonrió.

Pero en lugar de firmar, lo dejé sobre la mesa.

—Antes quiero darte una sorpresa.

Frunció el ceño.

Apoyé ambas manos en los brazos de la silla.

Y me levanté.

Muy despacio.

Las piernas temblaron.

El dolor me atravesó la espalda.

Pero permanecí de pie.

El rostro de Adrián se vació por completo.

—Victoria…

Di un paso.

Después otro.

—¿Qué pasa?

Lo miré directamente a los ojos.

—Pareces sorprendido.

Retrocedió.

—Los médicos dijeron que…

—¿Que nunca caminaría?

Sonreí.

—Tus médicos dicen muchas cosas cuando les pagas.

Entonces abrí el cajón de mi mesita y dejé caer sobre la cama las copias de las transferencias, los mensajes médicos y el resultado de ADN.

Adrián miró los papeles.

Su rostro pasó del miedo al horror.

—¿De dónde sacaste esto?

—De la misma casa donde me encerraste porque creías que una mujer en silla de ruedas no podía descubrir nada.

La puerta detrás de él se abrió.

Entraron dos abogados.

Después, dos agentes.

Y detrás de ellos apareció Elena.

Por primera vez, ella tampoco sonreía.

Porque sostenía una citación judicial.

Adrián me miró como si estuviera viendo a una desconocida.

Quizá lo estaba.

La Victoria que lo había amado durante cinco años había muerto en aquella cama de hospital.

La mujer que estaba delante de él ya no quería una boda.

Quería respuestas.

Y cuando uno de los agentes sacó unas esposas, me acerqué lo suficiente para que Adrián pudiera escucharme claramente.

—Dijiste que me cuidarías toda la vida.

Incliné la cabeza.

—Ahora veremos cuánto dura la tuya cuando un tribunal descubra cuánto pagaste para destruir la mía.

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