Gabriel miró la carta de ruptura como si fuera una amenaza infantil.
—Elena, estás enfadada. Cuando te tranquilices, hablaremos.
—No habrá nada que hablar.
Pasé junto a él.
Victoria comenzó a llorar detrás de nosotros.
—Gabriel, no discutas con ella por mí…
Y, como siempre, Gabriel regresó inmediatamente a su lado.
Esta vez no me dolió.
Solo confirmó que estaba tomando la decisión correcta.
Dos días después llegaron los resultados del nuevo análisis.
Negativos.
Gabriel apareció en mi casa esa misma tarde.
—No tienes hepatitis.
—Ya lo sé.
Su rostro cambió.
—¿Falsificaste el informe?
—Conseguí tiempo.
—¡Pudiste destruir mi carrera!
Me reí.
—Qué interesante. Te preocupa mucho tu carrera cuando alguien toma decisiones sobre tu vida sin consultarte.
Entendió la indirecta.
Pero todavía no sabía cuánto recordaba yo.
Intentó amenazarme con denunciarme.
No hizo falta discutir.
La historia ya había despertado preguntas: por qué había publicado mi nombre sin autorización, por qué había solicitado una extracción tan elevada y por qué parecía haber decidido de antemano que mi sangre pertenecía a Victoria.
Mientras Gabriel trataba de apagar aquel incendio, yo fui directamente a la oficina de admisiones.
En mi primera vida esperé en casa.
Esta vez fui personalmente.
Y allí descubrí que mi expediente universitario ya había sido manipulado.
Mi dirección había sido modificada.
La persona autorizada para recoger correspondencia tampoco era mi madre.
Era Gabriel Reed.
Pedí copias certificadas.
Tres días después llegó mi carta de admisión.
La sostuve con ambas manos durante mucho tiempo.
Era real.
Siempre había sido real.
Gabriel nunca había tenido intención de dejar que yo la recibiera.
Cuando salí del edificio, él estaba esperándome.
—Elena.
Miró el sobre.
Por primera vez vi verdadero miedo en su rostro.
—Dámelo.
Lo guardé detrás de mi espalda.
—¿Por qué?
—Hay un error administrativo.
—Curioso.
Saqué las copias del expediente.
—Porque aquí aparece tu firma.
Gabriel palideció.
Entonces apareció Victoria.
Llevaba exactamente la misma camisa blanca que recordaba de mi vida anterior.
—Elena, Gabriel solo quería ayudarte. La universidad está lejos y tú siempre has sido delicada…
La miré.
—¿Y por eso tú ibas a ocupar mi lugar?
Su expresión se congeló.
Gabriel intervino:
—¡Basta!
Pero ya había demasiados testigos.
La funcionaria de admisiones salió detrás de mí acompañada por dos responsables del centro.
Habían encontrado algo más.
No solo habían alterado mi dirección.
También existía una solicitud para transferir determinados documentos académicos utilizando información que coincidía con la de Victoria.
Gabriel intentó explicar que había sido un malentendido.
Nadie le creyó.
La investigación comenzó esa misma semana.
Su hospital recibió además una solicitud formal para revisar cómo había gestionado mi supuesto procedimiento de donación.
La boda desapareció.
Su reputación impecable también.
Victoria perdió la posibilidad de utilizar mis documentos y tuvo que responder por su participación.
Yo no esperé a conocer cada consecuencia.
Hice mi maleta.
Mi madre lloró cuando me acompañó a la estación.
—¿Estás segura?
Miré la carta de admisión entre mis manos.
En mi primera vida había entregado nueve años, mi futuro y hasta mi salud esperando que Gabriel algún día me eligiera.
Esta vez me elegí yo.
Meses después recibí una carta suya.
No la abrí.
Años más tarde, convertida ya en médica, escuché su nombre durante una conferencia.
Alguien comentó que Gabriel Reed nunca había recuperado completamente la carrera brillante que todos pronosticaban.
No sentí satisfacción.
Tampoco pena.
Miré mis propias manos.
Ya no estaban pálidas.
No había marcas de agujas.

Y comprendí que aquella segunda vida nunca había sido para destruir a Gabriel.
Era para impedir que volviera a destruirme a mí.