A la mañana siguiente, Gabriel salió del cuarto de invitados.
Camila llevaba puesta una de sus sudaderas.
—¿No iremos al registro? —preguntó él al verme guardar ropa en una maleta.
—No.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Sigues molesta por lo del contacto?
—Cancelé la cita.
Por primera vez, su expresión cambió.
—¿Qué?
—Ya no vamos a casarnos.
Camila apareció detrás de él.
—Sofía, no hagas esto por mí. Si quieres, puedo irme ahora mismo.
Gabriel inmediatamente se volvió hacia ella.
—Tú no hiciste nada.
Luego me miró.
—Deja de usar el matrimonio para amenazarme.
Sonreí.
Incluso entonces seguía creyendo que yo quería asustarlo.
—No es una amenaza.
Cerré la maleta.
—Es una decisión.
Los siguientes dos días, Gabriel apenas volvió a casa.
Yo cancelé el restaurante que habíamos reservado para celebrar, empaqué mis documentos y envié las pertenencias que realmente me importaban a mi nueva dirección.
La tercera mañana llegó mi taxi.
Gabriel apareció justo cuando bajaba la última maleta.
—¿Adónde vas?
—A trabajar.
—¿Con una maleta?
—Acepté el proyecto de restauración que rechacé por ti.
Su rostro se endureció.
—¿Te vas de la ciudad?
—Sí.
—¿Cuándo vuelves?
Lo miré.
—No vuelvo.
Entonces apareció algo que nunca había visto en él.
Pánico.
Me sujetó del brazo.
—Sofía, espera. Cambiaré el nombre de tu contacto.
Casi me hizo reír.
—¿Todavía crees que se trata del nombre?
Saqué mi brazo de su mano.
—“Molestia” no fue el problema, Gabriel. Fue la explicación.
Él quedó inmóvil.
—Durante cinco años me enseñaste quién era importante para ti. Yo simplemente tardé demasiado en entenderlo.
Su teléfono sonó.
Mi pequeña reina.
Camila.
Gabriel rechazó la llamada inmediatamente.
—Puedo poner límites.
—Hazlo si quieres. Pero ya no por mí.
Subí al taxi.
Tres meses después, mi equipo terminó la primera fase de restauración de un teatro histórico. Mi trabajo apareció en varias publicaciones especializadas y me ofrecieron dirigir la siguiente etapa.
Gabriel comenzó a llamar casi todos los días.
Nunca respondí.
Hasta que una tarde apareció frente al teatro.
Parecía agotado.
—Terminé mi relación con Camila.
—Nunca dijiste que tuvieran una relación.
Bajó los ojos.
—Me equivoqué contigo.
—Sí.
—Podemos empezar otra vez.
Negué.
—Tú quieres recuperar a la Sofía que esperaba en casa.
Di un paso atrás.
—Esa mujer ya no existe.
Gabriel permaneció bajo las luces del teatro mientras yo entraba.
Mi teléfono vibró poco después.
Era un mensaje suyo:
“Perdóname, Sofía.”
Lo miré unos segundos.
Después eliminé el contacto.
No lo guardé como “molestia”.

No necesitaba vengarme de esa manera.
Simplemente dejé de guardarlo.
Porque algunas personas no merecen un nombre desagradable en tu vida.
Merecen no ocupar ningún espacio en ella.