—Sí —respondí—. Eran para Lily.
Julian me observó unos segundos.
—Entiendo.
Por alguna razón, parecía más molesto por eso que por haber recibido accidentalmente aquellas fotos.
Retrocedió y tomó su teléfono.
—Puede irse.
Salí casi corriendo.
A las cuatro de la tarde llegó un paquete a recepción.
Mi nombre estaba escrito encima.
Dentro había una caja elegante y una nota:
“75D. Espero haber entendido correctamente.”
Casi me dio algo.
Fui directamente al despacho de Julian.
—No puedo aceptar esto.
Él siguió revisando documentos.
—Usted propuso el intercambio.
—¡Porque creía que hablaba con Lily!
—Eso ya quedó claro.
Dejé la caja sobre su escritorio.
—Además, borre las fotografías.
Julian levantó finalmente la mirada.
—Ya las borré.
Respiré aliviada.
Entonces añadió:
—Del chat.
Me quedé helada.
—¿Qué significa “del chat”?
Por primera vez vi una pequeña sonrisa en su rostro.
—Es una broma, señorita Carter.
Quise estrangularlo.
Durante la semana siguiente intenté mantenerme profesional.
Julian hizo exactamente lo contrario.
Cada vez que Brooks aparecía, preguntaba:
—¿Dónde dejó a Kiwi?
Cuando Lily vino a recogerme para almorzar, Julian salió casualmente de su despacho.
La miró.
—¿Usted es Lily?
—Sí.
Sus ojos bajaron hacia ella como si estuviera interrogando a una sospechosa.
—¿Tiene un loro?
Lily sonrió.
—Sí. ¿Por qué?
Le pisé el pie antes de que pudiera seguir hablando.
Aquella noche finalmente le conté todo.
Lily tardó diez segundos en entenderlo.
Después se rio tanto que casi se cayó de la silla.
—¡Le dijiste al director general que querías comerte su pájaro!
—¡Yo hablaba de tu loro!
—Él claramente no.
Me tapé la cara.
Pero entonces Lily dejó de reír.
—Espera. ¿Julian Reed te compró ropa interior?
—Sí.
—¿Y prohibió que vieras el loro de Brooks?
Asentí.
Lily sonrió lentamente.
—Amiga… tu problema ya no es el mensaje equivocado.
Al día siguiente comprendí a qué se refería.
Recursos Humanos anunció una reorganización.
Mi puesto sería transferido directamente a la oficina privada del director general.
Entré furiosa al despacho de Julian.
—¿Por qué ahora trabajaré exclusivamente para usted?
—Necesito una secretaria en quien pueda confiar.
—Tiene otras siete.
Julian cerró la carpeta.
—Ninguna me amenaza con mirar pájaros ajenos cuando está enfadada.
Me quedé muda.
Él señaló tranquilamente la silla frente a su escritorio.
—Siéntese, señorita Carter.
—¿Para qué?
—Tenemos que establecer límites profesionales.
Lo miré incrédula.
—¿Usted quiere hablarme de límites?
Julian asintió con absoluta seriedad.
—Primera regla: no vuelva a enviarme fotografías personales por accidente.
—Perfecto.
—Segunda: no vuelva a ofrecerme intercambios extraños.
—Perfecto.
Hizo una pausa.
—Tercera…
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Cuando quiera ver un loro, pregunte primero quién está al otro lado del chat.
Agarré un cojín del sofá.

Julian levantó ambas manos.
—Señorita Carter, recuerde los límites profesionales.
Y por primera vez desde que trabajaba para aquel hombre imposible, lo vi reír de verdad.