—Lo utilicé para ayudar a Chloe.
Adrian respondió con una tranquilidad que todavía podía recordar siete años después.
—Su familia exigió una compensación para dejarla en paz.
Miré el saldo.
—¿Ciento diecisiete mil dólares?
—También pagué algunas deudas familiares.
—Era nuestra cuenta conjunta.
—Elena, después lo recuperaré.
Lo miré.
Y de repente comprendí algo terriblemente sencillo.
Adrian no había rechazado noventa y nueve veces el matrimonio.
Me había rechazado a mí.
Porque cuando Chloe necesitó un esposo, tardó días en convertirse en uno.
Cuando necesitó dinero, utilizó nuestros ahorros.
Cuando necesitó un hogar, le entregó el nuestro.
Y cuando yo necesitaba una explicación, me pedía que fuera razonable.
—Entiendo.
Adrian pareció relajarse.
—Sabía que lo harías.
Entré al dormitorio.
Saqué una maleta.
Entonces su expresión cambió.
—¿Qué haces?
—Me voy.
—Elena.
—Ocho años, Adrian.
Cerré la maleta.
—No voy a regalarte nueve.
Solicité mi traslado aquella misma semana.
También reclamé formalmente mi parte del dinero.
Tres meses después estaba destinada al otro extremo del país.
Nunca volví a pedirle matrimonio.
Nunca volví a llamarlo.
Y ahora, siete años después, estaba sentado junto a mí.
La reunión terminó a las seis.
Cuando salí, Adrian me siguió.
—Elena.
Me detuve.
—¿Sí, general?
Su mandíbula se tensó ante el tratamiento formal.
—Devuélveme cinco minutos.
—Tienes cuatro.
Respiró profundamente.
—Me divorcié de Chloe dos meses después de que te marcharas.
—Lo sé.
Pareció sorprendido.
—Entonces sabes que nunca la amé.
—Eso nunca fue el problema.
—Te devolví el dinero.
—Siete meses después.
—Con intereses.
Casi sonreí.
Seguía hablando como si una transferencia pudiera arreglar ocho años.
—¿Por qué no regresaste? —preguntó.
Lo miré incrédula.
—¿Realmente esperabas que lo hiciera?
Adrian bajó la voz.
—Esperé siete años.
—Yo esperé ocho.
Aquella frase lo dejó completamente quieto.
—Y te lo pedí noventa y nueve veces.
Sus ojos se enrojecieron.
—Lo sé.
—Entonces no me hables de esperar.
Me marché.
Dos días después comenzó el simulacro conjunto.
Adrian fue impecablemente profesional.
Yo también.
Hasta la cena de clausura.
Cuando terminé de hablar con varios oficiales, alguien golpeó suavemente una copa.
Me giré.
Adrian estaba de pie.
Y antes de comprender lo que pretendía hacer, se arrodilló.
Todo el salón quedó en silencio.
Sentí algo extraño.
No emoción.
No esperanza.
Tristeza.
Porque aquella era exactamente la escena que había imaginado durante años.
Solo que había llegado demasiado tarde.
Adrian abrió una pequeña caja.
—Elena, sé que no tengo derecho a pedirte que olvides nada.
Su voz tembló ligeramente.
—Pero si todavía existe alguna posibilidad…
—Levántate.
Parpadeó.
—Déjame terminar.
—No.
Me acerqué.
—No conviertas esto en un espectáculo.
Adrian cerró lentamente la caja.
—Esta sería la propuesta número cien.
Negué.
—No.
Sus ojos buscaron los míos.
—Las primeras noventa y nueve fueron mías.
Hice una pausa.
—Esta es la primera tuya.
Y también recibió su primera respuesta.
—No.
Más tarde me encontró sola en la terraza.
—¿Hay alguien más?
La pregunta casi me hizo reír.
—¿Eso cambiaría algo?
—Necesito saberlo.
—No necesitas nada de mí.
Adrian bajó la mirada.
—Pensé que estaba haciendo lo correcto con Chloe.
—Lo sé.
—Su familia realmente era peligrosa para su carrera.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué nunca pudiste perdonarme?
Me volví hacia él.
—Porque ayudarla nunca exigió destruirme.
Adrian quedó inmóvil.
—Podías buscar asesoría legal. Podías acudir a tus superiores. Podías ayudarla económicamente con tu dinero.
—Pero elegiste casarte con ella, gastar nuestros ahorros y llevarla a nuestra casa.
Respiré profundamente.
—Y esperabas que yo cocinara para tu esposa mientras continuaba esperando mi turno.
No respondió.
—Ese fue el verdadero final, Adrian. No que eligieras ayudarla.
—Fue que estabas tan seguro de que yo jamás me marcharía que ni siquiera pensaste que tenías que elegirme.
A la mañana siguiente terminó el ejercicio.
Mi coche esperaba frente al edificio.
Adrian estaba allí.
No llevaba flores.
Ni anillo.
Ni discursos.
—No volveré a pedírtelo —dijo.

Asentí.
—Gracias.
—Pero hay algo que quiero decir.
Esperé.
—Lo siento.
Solo eso.
Sin excusas.
Sin Chloe.
Sin mencionar los siete años que había esperado.
Por primera vez, su disculpa no llevaba una petición escondida.
Y quizá precisamente por eso pude aceptarla.
—Te perdono, Adrian.
Sus ojos se iluminaron.
Entonces añadí:
—Pero no voy a volver.
La luz desapareció.
Aun así, asintió.
—Lo entiendo.
Subí al coche.
Cuando arrancamos, lo vi hacerse pequeño en el retrovisor.
Durante ocho años creí que mi final feliz comenzaría cuando Adrian Cole finalmente dijera que sí.
Después necesité siete años para comprender algo mucho más importante.
Mi vida no había quedado suspendida esperando su respuesta.
Había seguido adelante.
Adrian recibió finalmente la propuesta número cien que tanto había tardado en comprender.
Solo que no fue una petición de matrimonio.
Fue la oportunidad de aceptar que me había perdido.
Y esta vez…
quien dijo que no fui yo.