PARTE 2: LOS 10.000 MILLONES

No respondí a Sebastián.

Apagué el teléfono y llevé a los niños a la playa.

Durante los meses siguientes hice algo que nunca había podido hacer en aquella mansión:

vivir como quería.

Compré una casa frente al mar, invertí una parte del dinero y matriculé a mi hijo en un colegio pequeño.

Sebastián cumplió exactamente lo acordado.

Una visita mensual.

Ni una llamada más.

Ni una palabra sobre nosotros.

Hasta seis meses después.

Aquella mañana recibí una llamada del abogado que había llevado el acuerdo.

—Señorita Jiang, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

Hubo un silencio incómodo.

—El señor Zhou acaba de descubrir que usted nunca recibió la segunda carpeta.

Fruncí el ceño.

—¿Qué segunda carpeta?

Dos horas después, el abogado estaba sentado frente a mí.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

—Los 10.000 millones no eran una indemnización de ruptura.

Lo miré.

—Entonces ¿qué eran?

Empujó el primer documento hacia mí.

Transferencia patrimonial conyugal.

Sentí que algo se detenía dentro de mí.

—¿Conyugal?

—El señor Zhou pretendía registrar legalmente su matrimonio.

Solté una risa incrédula.

—¿Después de echarme de su casa?

—Nunca ordenó que la echáramos.

El abogado palideció.

—Su instrucción exacta fue transferirle los activos, explicarle las condiciones y preguntarle dónde quería establecer su residencia después de la boda.

Me quedé inmóvil.

Recordé aquella conversación.

«Dentro de tres días, deberá abandonar esta residencia…»

—Usted me dijo que tenía que marcharme.

—Porque la mansión iba a entrar en remodelación.

Cerré los ojos.

Era absurdo.

—¿Y Sebastián permitió que me fuera durante seis meses sin explicarlo?

El abogado guardó silencio.

Eso era respuesta suficiente.

—Entiendo.

Cerré la carpeta.

—Entonces no cambia nada.

—Wan.

Aquella voz llegó desde la puerta.

Sebastián estaba allí.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía haber corrido para llegar a algún sitio.

Entró y miró al abogado.

—Fuera.

Cuando estuvimos solos, dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Cásate conmigo.

Lo miré durante varios segundos.

—No.

Su expresión se endureció.

—Ni siquiera has leído las condiciones.

—Viví contigo tres años sin condiciones.

—Te transferí 10.000 millones.

—Exactamente.

Me levanté.

—Eso es lo único que siempre supiste darme.

Sebastián apretó la mandíbula.

—¿Qué querías entonces?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

—Que estuvieras allí cuando nació tu hija.

No respondió.

—Que alguna vez comieras con nosotros sin que tu abuela te obligara.

Otro silencio.

—Que nuestro hijo no tuviera que preguntarme si su padre lo quería.

Sus ojos cambiaron.

—Wan…

—Pero ya no quiero nada de eso.

Aquella frase pareció golpearlo más fuerte que cualquier reproche.


Esa tarde debía ver a los niños.

Mi hijo corrió hacia él.

—¡Papá!

Sebastián lo levantó automáticamente.

Después mi hija extendió los brazos.

Él dudó.

No porque no quisiera cargarla.

Porque apenas sabía cómo hacerlo.

—Sujétale la cabeza —dije.

Lo hizo con una torpeza que jamás habría imaginado en el hombre capaz de dirigir un imperio empresarial.

La pequeña le agarró la corbata.

Sebastián quedó completamente quieto.

—¿Siempre hace eso?

—Siempre.

—No lo sabía.

—Hay muchas cosas que no sabes.

Esta vez no discutió.


Después de aquello, algo cambió.

Sebastián dejó de mandar regalos.

Empezó a aparecer él.

Si prometía visitar a los niños el sábado, llegaba el sábado.

Aprendió qué dibujos veía nuestro hijo.

Qué fruta rechazaba nuestra hija.

Incluso aprendió a preparar un biberón.

Una noche, nueve meses después de mi partida, mi hijo se quedó dormido sobre su pecho.

Sebastián permaneció inmóvil durante casi una hora para no despertarlo.

Cuando finalmente acostamos al niño, me siguió hasta la terraza.

—Wan.

—¿Qué?

Sacó un documento.

Pensé que sería otra propuesta matrimonial.

No.

Era una renuncia.

A cualquier condición que pudiera utilizar para obligarme a volver.

—¿Qué significa esto?

—Que los 10.000 millones son tuyos.

—Ya lo sabía.

—No.

Me miró fijamente.

—Quiero decir que aunque nunca regreses conmigo, siguen siendo tuyos.

Guardé silencio.

Entonces añadió:

—Y los niños tampoco son una condición.

Aquello sí me sorprendió.

—No sé cómo hacer esto —admitió.

Era la primera vez que escuchaba a Sebastián Zhou reconocer que no sabía hacer algo.

—Toda mi vida pensé que proporcionar dinero era suficiente.

Bajó la mirada.

—Hasta que os fuisteis y descubrí que aquella casa podía tener veinte empleados y seguir completamente vacía.

—Eso no significa que debamos volver.

—Lo sé.

Tres palabras.

Nada más.

Pero eran las primeras palabras verdaderamente respetuosas que me había ofrecido en tres años.


Pasó otro año.

No regresé a la mansión.

Sebastián tampoco volvió a pedírmelo.

Compró una casa a quince minutos de la nuestra para poder estar cerca de los niños.

Seguíamos sin ser pareja.

Y por primera vez, eso no parecía una guerra.

Una tarde, mientras nuestros hijos construían un castillo de arena, Sebastián se sentó a mi lado.

—El abogado todavía conserva aquella segunda carpeta.

Sonreí.

—Que la conserve.

—De acuerdo.

No insistió.

Después de unos segundos preguntó:

—¿Crees que algún día podrías volver a quererme?

Miré el mar.

—No lo sé.

Asintió.

—Es justo.

Entonces nuestra hija cayó sobre la arena y empezó a llorar.

Sebastián se levantó antes que yo.

La tomó en brazos, limpió la arena de sus manos y consiguió hacerla reír.

Lo observé desde lejos.

No sabía si algún día volveríamos a estar juntos.

Y esa era precisamente la diferencia.

Esta vez mi futuro no dependía de lo que Sebastián quisiera.

Los 10.000 millones me habían permitido abandonar aquella mansión.

Pero el verdadero regalo había sido otro.

Salir me había enseñado que nunca necesité convertirme en la señora Zhou para tener una vida propia.

Y si algún día Sebastián quería entrar nuevamente en ella, ya no podría comprar su lugar.

Tendría que merecerlo.

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