La madre de Sebastián fue la primera en levantarse.
—Valeria, esto es una humillación pública.
—No —respondí—. La humillación pública fue poner mi anillo en la mano de su amante. Esto son las consecuencias.
Sebastián cerró la carpeta de golpe.
—Torres Group no puede retirarse del proyecto. Ya comprometimos más de ochocientos millones.
Mi padre habló por primera vez.
—Ustedes comprometieron ese dinero porque contaban con nuestra garantía.
El rostro de Sebastián cambió.
Arturo dejó su copa.
—Sin el matrimonio, desaparece la garantía de Torres Group.
Ahora nadie miraba a Isabella.
Todos miraban a Sebastián.
Porque acababan de comprender qué significaba realmente aquella ruptura.
Davenport Holdings había obtenido financiación para tres proyectos inmobiliarios utilizando la futura alianza con nuestra familia como respaldo estratégico.
Sin nosotros, los bancos podían revisar las condiciones.
Sebastián intentó recuperar el control.
—Podemos hablar mañana cuando Valeria esté más tranquila.
—Estoy perfectamente tranquila.
Saqué otro documento.
—Clara, envíalo.
Mi asistente pulsó la pantalla de su tableta.
Sebastián recibió inmediatamente una notificación.
Después otra.
Y otra.
Su padre también.
Suspensión de cooperación.
Retirada de garantías pendientes.
Convocatoria extraordinaria de revisión contractual.
La madre de Sebastián palideció.
—Arturo, diga algo.
Mi padre sonrió.
—Mi hija ya habló.
Isabella empezó discretamente a quitarse el anillo.
La detuve.
—No.
Todos me miraron.
—Dije que puedes conservarlo.
—Valeria, yo no sabía…
Casi me hizo reír.
—Hace diez minutos estabas preguntándome si te quedaba bonito.
Isabella cerró la boca.
Sebastián agarró su muñeca.
—Devuélvelo.
Ella lo miró sorprendida.
—Pero tú dijiste…
—¡Quítatelo!
Por fin entendió.
Mientras aquel anillo simbolizaba mi humillación, Sebastián se lo había regalado encantado.
Ahora que costaba cientos de millones, quería recuperarlo.
Isabella se lo quitó y lo dejó sobre la mesa.
Yo ni siquiera lo toqué.
—Qué rápido terminó vuestro romance.
—¡Esto no tiene nada que ver con Isabella! —espetó Sebastián.
—Exactamente.
Me levanté.
—El problema nunca fue ella.
Lo miré directamente.
—El problema fue que pensaste que necesitaba este matrimonio más que tú.
La familia Davenport permaneció casi una hora intentando negociar.
Yo no cambié ninguna decisión.
A medianoche abandonaron mi casa.
Sebastián fue el último.
Antes de cruzar la puerta se volvió.
—Vas a arrepentirte cuando tus accionistas descubran que destruiste un acuerdo multimillonario por celos.
—Mañana lo descubrirán.
Sonrió.
—Entonces mañana te destruirán ellos.
Pero a las nueve de la mañana ocurrió exactamente lo contrario.
Las acciones de Torres Group subieron después de que anunciáramos que nuestra inversión sería redirigida hacia dos proyectos propios con mejores márgenes.
Davenport Holdings no tuvo la misma suerte.
Los financiadores solicitaron explicaciones.
Los socios exigieron nuevas garantías.
Y entonces apareció un problema que ni siquiera yo conocía.
Sebastián había adelantado contratos contando con capital que todavía no estaba asegurado.
Mi compromiso no solo era una boda para él.
Era la pieza que mantenía en pie su expansión.
Tres días después apareció en mi oficina.
Sin Isabella.
Sin arrogancia.
Colocó el anillo sobre mi escritorio.
—Cometí un error.
—Sí.
—Terminé con Isabella.
—Eso no me interesa.
—Podemos celebrar la boda como estaba previsto.
Lo miré incrédula.
Todavía pensaba que estaba negociando.
—Sebastián, no cancelé nuestra boda para conseguir que dejaras a tu amante.
Su mandíbula se tensó.
—Entonces ¿qué quieres?
—Nada de ti.
Aquella respuesta pareció herirlo más que cualquier amenaza.
—Valeria, nuestras familias llevan dos años preparando esto.
—Y tú necesitaste una noche para destruirlo.
Empujó el anillo hacia mí.
—Era tuyo.
Negué.
—Ya no.
—Entonces ¿qué hago con él?
Miré aquella pieza que semanas antes representaba una alianza entre dos imperios empresariales.
Ahora solo parecía metal.
—Dáselo a Isabella.
—¿Estás burlándote de mí?
—No.
Cerré la carpeta que tenía delante.
—Ella dijo que le quedaba bonito.
Seis meses después, Torres Group inauguró por su cuenta el proyecto que originalmente habría compartido con Davenport.
Mi padre estuvo conmigo durante la ceremonia.
Cuando terminaron los discursos, me preguntó:
—¿Alguna vez te arrepentiste?
Pensé en aquella cena.
En Isabella ocupando mi silla.
En Sebastián sonriendo mientras otra mujer llevaba mi anillo.
—Sí.
Mi padre arqueó una ceja.
—¿De cancelar la boda?
Sonreí.
—De no haberlo hecho antes.
Nunca supe qué terminó haciendo Sebastián con aquel anillo.
Tampoco pregunté.

Porque aquella noche comprendí que lo más valioso que había sobre esa mesa nunca fue el platino, el apellido Davenport ni la alianza entre nuestras familias.
Era mi capacidad de levantarme y marcharme.
Sebastián le puso mi anillo a otra mujer creyendo que me estaba demostrando quién tenía el poder.
Lo único que consiguió fue recordarme que siempre lo había tenido yo.