—¿Qué análisis?
La voz de Adrian sonó detrás de mí.
Bloqueé el teléfono.
—Nada importante.
—Tu médica no escribe “muy graves” por nada.
Por primera vez desde que nos encontramos, ya no había frialdad en su rostro.
Había sospecha.
—No es asunto tuyo.
Intenté pasar junto a él.
Adrian me sujetó suavemente del brazo.
Me estremecí por el dolor.
Él soltó inmediatamente.
Y entonces lo vio.
Mi manga se había levantado lo suficiente para mostrar las marcas recientes de las vías intravenosas.
—Luna…
Emily apareció detrás.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Di otro paso.
El suelo pareció inclinarse.
Esta vez Adrian me sostuvo antes de que cayera.
—¡Luna!
Cuando recuperé completamente la conciencia estaba tumbada en un sofá de la cabaña.
El guía hablaba por teléfono buscando asistencia médica.
Emily permanecía arrodillada junto a mí.
Adrian estaba frente a la ventana.
Inmóvil.
Mi teléfono estaba sobre la mesa.
—¿Lo abriste?
—No necesitaba hacerlo.
Su voz salió extrañamente baja.
—Tu médica llamó.
Sentí que se me cerraba el pecho.
—¿Qué le dijiste?
Adrian se volvió.
Tenía los ojos rojos.
—Que estábamos en Islandia.
Silencio.
—Después me preguntó si yo era familiar tuyo.
Apreté la manta.
—¿Y?
—Le dije que fui tu pareja.
Se rio amargamente.
—Entonces guardó silencio y dijo: “Así que usted es Adrian”.
Cerré los ojos.
Mi doctora conocía demasiado bien aquel nombre.
Durante meses había sido el destinatario de cartas que nunca envié.
Adrian se acercó.
—¿Cuánto tiempo?
No contesté.
—Luna, ¿cuánto tiempo llevas enferma?
—Catorce meses.
Emily se llevó una mano a la boca.
Adrian pareció recibir un golpe.
—¿Y viniste sola hasta aquí?
—Tenía algo pendiente.
—¿Nuestra promesa?
Lo miré.
Por fin lo había entendido.
—Quería llegar al lago.
Su mandíbula tembló.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Solté una pequeña risa.
—¿Qué debía decirte? ¿Que la mujer que abandonaste estaba enferma?
—Tú me abandonaste a mí.
Aquello me hizo levantar la mirada.
Adrian continuó:
—Desapareciste. Cambiaste de número. Me devolviste el anillo. Me dijiste que habías dejado de quererme.
—Porque era más fácil.
—¿Más fácil para quién?
No respondí.
Tres años atrás, poco antes de nuestra separación, mi madre había sufrido una crisis económica devastadora. Yo había descubierto además que Adrian estaba rechazando oportunidades profesionales para quedarse conmigo.
Creí que desaparecer de su vida sería liberarlo.
Fui cruel deliberadamente.
Y funcionó.
Adrian terminó odiándome.
Solo que ninguno de los dos sabía entonces que años después yo enfermaría.
—Pensé que estabas mejor sin mí —susurré.
Adrian cerró los ojos.
—No tenías derecho a decidir eso por mí.
Emily se levantó lentamente.
Nos miró a ambos.
—Creo que debería aclarar algo.
Adrian se volvió.
Ella levantó su mano y se quitó el anillo.
—Adrian y yo no estamos casados.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Emily sonrió con tristeza.
—Las fotografías de boda son para una campaña de la empresa de mi familia. Él aceptó acompañarme porque nuestros padres llevan meses intentando emparejarnos.
Miró a Adrian.
—Pero jamás aceptó casarse conmigo.
El anillo que yo había visto era parte de aquella sesión.
—¿Entonces por qué dijiste que era tu esposo?
Emily se encogió de hombros.
—Porque estaba cansada de que el grupo preguntara si éramos pareja.
Después miró a Adrian.
—Y porque pensé que quizá escucharme decirlo haría que finalmente reaccionara.
No había funcionado.
Porque Adrian estaba mirándome a mí.
—Tres años —dijo—. Cada primavera revisé vuelos a Islandia.
Sentí que dejaba de respirar.
—No.
—El primer año vine.
Sacó el teléfono.
Una fotografía.
El mismo lago.
La fecha correspondía exactamente al día de nuestra promesa.
Luego otra.
Segundo año.
Mismo lugar.
—El tercero pensé que era un idiota por seguir esperando.
Su voz se quebró.
—Así que decidí que esta sería la última vez.
Las lágrimas comenzaron a caerme antes de poder detenerlas.
Los dos habíamos llegado creyendo que veníamos a cerrar una historia.
Ninguno sabía que el otro todavía recordaba.
El clima empeoró aquella noche.
No llegamos al lago.
Tampoco importó.
Mi estado obligó a cambiar todos los planes.
A la mañana siguiente fui trasladada para recibir atención médica.
Adrian vino conmigo.
Emily también, hasta asegurarse de que no estaba sola.
Antes de marcharse me abrazó.
—No desperdicies el tiempo que tengas intentando decidir por otras personas lo que pueden soportar.
Después miró a Adrian.
—Y tú deja de fumar. Eres horrible haciéndolo.
Por primera vez sonreí de verdad.
Adrian tiró el paquete a una papelera.
Horas después estaba junto a mi cama.
—Tengo una carta para ti —dije.
—No la quiero.
—Ni siquiera sabes qué dice.
—Me da igual.
Sacó una silla.
—Puedes leérmela cuando estés suficientemente fuerte para discutir conmigo.
Lo miré.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues huyendo.
Aquello casi me hizo reír.
Entonces Adrian tomó mi mano.
No prometió milagros.
No dijo que todo saldría bien.
Simplemente permaneció allí mientras los médicos organizaban los siguientes pasos.
Y por primera vez desde mi diagnóstico dejé de pensar en Islandia como el lugar donde debía terminar una promesa.
Tal vez podía ser el lugar donde empezaba otra.
Tres días después el cielo finalmente se despejó.
No pude llegar al lago.
Adrian tampoco intentó llevarme.
Se quedó conmigo junto a una ventana mientras una tenue aurora aparecía sobre el horizonte.
—¿Recuerdas lo que prometimos? —preguntó.
—Que si nos perdíamos, nos encontraríamos aquí.
Negó lentamente.
—Nos equivocamos.
—¿En qué?
Apretó mi mano.
—Encontrarse no depende de un lugar.
Miré las luces verdes moviéndose sobre el cielo.
La carta seguía dentro de mi mochila.
Ya no sentía ninguna necesidad de dejarla junto a un lago vacío.
La saqué.
Adrian la observó.
—¿Esa era?
Asentí.
La rompí por la mitad.
No porque el pasado hubiera desaparecido.
Ni porque supiera cuánto tiempo tendría por delante.
Sino porque ya no quería que mis últimas decisiones fueran tomadas desde el silencio.
Adrian me había esperado tres años en Islandia.

Yo había viajado hasta allí convencida de que nuestra promesa había muerto.
Los dos estábamos equivocados.
A veces una promesa no se rompe cuando dos personas se separan.
Solo queda esperando.
Hasta que una de ellas deja de huir.