PARTE 2: EL HOMBRE QUE PODÍA CONTROLARLO TODO

Dante me miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Qué dijiste?

Señalé a Leo.

—Fui enfermera de maternidad. Sigue rechazando el biberón y su llanto está debilitándose. Si usted está de acuerdo, puedo intentar alimentarlo.

Marco dio un paso hacia mí.

—Señor Salvatore, no sabemos quién es esta mujer.

—Claire Bennett —respondí—. Y mi hija está dormida detrás de esa cortina.

Dante bajó la mirada hacia Leo.

Toda su dureza desapareció durante un instante.

—Hazlo.

Una azafata nos llevó a una zona privada. Le pedí a Dante que permaneciera cerca, pero que me diera espacio.

Minutos después, el llanto cesó.

El silencio fue tan repentino que Dante entró alarmado.

Leo estaba tranquilo en mis brazos.

Por primera vez desde Nueva York, había dejado de llorar.

Dante se quedó inmóvil.

Aquel hombre que parecía capaz de intimidar a una cabina entera no dijo nada durante varios segundos.

Después preguntó:

—¿Cuánto quieres?

Lo miré.

—Nada.

—Todo el mundo quiere algo.

—Yo quería que su hijo dejara de sufrir.

Aquella respuesta pareció incomodarlo más que cualquier amenaza.

Cuando devolví a Leo, sus pequeños dedos se aferraron a mi camisa.

Dante intentó separarlos.

El bebé volvió a quejarse.

—Parece que ahora tenemos otro problema —murmuré.

Por primera vez, Dante Salvatore sonrió.

Pero entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—¡Mamá!

Maya había despertado.

Corrió hacia mí abrazando su conejo.

Dante observó cómo la levantaba.

—¿Viajas sola con ella?

—Sí.

—¿Su padre?

Mi cuerpo se tensó.

—Eso no es asunto suyo.

Dante comprendió inmediatamente que había cruzado una línea.

No insistió.

Sin embargo, cuando aterrizamos en Roma, descubrí que mi pasado había llegado antes que yo.

Encendí el teléfono.

Treinta y cuatro llamadas perdidas.

Todas de Richard.

Después apareció un mensaje:

“Sé que estás en Roma.”

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Dante lo vio.

—¿Problemas?

—Puedo solucionarlos.

Tomé la mano de Maya y avancé hacia inmigración.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Una fotografía.

Maya y yo entrando al aeropuerto JFK horas antes.

Debajo, Richard había escrito:

“Puedes correr todo lo que quieras. Sigues siendo mi esposa.”

Me detuve.

Dante leyó mi expresión, no la pantalla.

—¿Ese es el hombre del que huyes?

No respondí.

No necesitó más.

—Marco.

El guardaespaldas apareció inmediatamente.

—Averigua si alguien está esperando a Claire Bennett fuera del aeropuerto.

Lo miré alarmada.

—No necesito su protección.

Dante sostuvo a Leo contra su pecho.

—Y yo no necesitaba tu ayuda hace una hora.

Miró a su hijo dormido.

—Pero la acepté.

Veinte minutos después, Marco regresó.

Su expresión había cambiado.

—Señor Salvatore, hay un hombre preguntando al personal por una mujer llamada Claire Bennett y una niña de tres años.

Sentí que Maya apretaba mi mano.

Dante se volvió hacia mí.

—Ahora puedes salir sola y averiguar cuánto sabe.

Luego señaló discretamente otra salida.

—O puedes venir con nosotros hasta estar segura.

Miré a aquel desconocido peligroso cuyo hijo acababa de alimentarse gracias a mí.

Después miré a mi hija.

No sabía todavía si Dante Salvatore sería nuestra salvación o un problema mucho mayor.

Pero mientras avanzábamos hacia la salida privada, Dante recibió una llamada.

Escuchó durante diez segundos.

Su rostro se endureció.

—¿Estás seguro?

Colgó.

Luego me miró.

—Claire, Richard no vino a Roma solo para recuperarte.

Sentí un escalofrío.

—¿Entonces por qué?

Dante sostuvo mi mirada.

—Porque alguien le pagó para encontrarte.

Y aquella fue la primera vez que comprendí que mi matrimonio quizá nunca había sido lo que yo creía.

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