Sebastián bajó lentamente los brazos.
Mateo también notó la escena y dejó de sonreír.
—Leo, saluda a tu padre.
Mi hijo giró.
—Hola, papá.
Solo eso.
Sebastián parecía haber preferido un reproche.
Porque el enfado significaba que Leo todavía esperaba algo de él.
Aquella indiferencia significaba algo peor.
En el estacionamiento me alcanzó.
—¿Por qué Mateo pasa tanto tiempo con mi hijo?
—Porque tú no estás.
—Soy su padre.
—Entonces compórtate como uno.
Su mandíbula se tensó.
—¿Y tú? ¿También prefieres que esté él?
Lo miré cansada.
—Sebastián, durante años cené sola, fui sola a reuniones escolares y expliqué tus ausencias. Nunca preguntaste si me sentía sola.
Señalé su teléfono.
—Pero bastó verme una noche con Mateo para que recordaras que tenías esposa.
Esa vez no tuvo respuesta.
Durante las semanas siguientes cambió.
Llegaba temprano.
Recogía a Leo.
Cancelaba cenas.
Incluso dejó de acompañar a Diana.
Pero había algo desesperado en cada gesto.
Una noche encontré a Leo dormido sobre su pecho mientras Sebastián permanecía inmóvil en el sofá.
—No quiero despertarlo —susurró.
Después me miró.
—Creo que desperdicié muchos años.
—Sí.
No lo consolé.
Dos días después, Diana apareció en nuestra casa.
—Sebastián no responde mis llamadas —dijo—. Camila, no conviertas una amistad en algo sucio por celos.
Sebastián salió del despacho.
—Diana.
Ella sonrió inmediatamente.
—Sabía que estarías aquí.
Entonces intentó tomarlo del brazo.
Sebastián retrocedió.
—No vuelvas.
Diana quedó inmóvil.
—¿Por ella?
Él negó.
—Por mí. Porque tardé demasiado en entender que estaba tratando a otra mujer como prioridad mientras mi esposa y mi hijo aprendían a vivir sin mí.
Diana se marchó furiosa.
Yo tampoco celebré.
Aquella noche Sebastián encontró una carpeta sobre la mesa.
Documentos de separación.
Sus manos empezaron a temblar.
—¿Después de todo lo que estoy intentando?
—No son estas semanas las que estoy juzgando.
—Son los últimos ocho años.
Se sentó lentamente.
—¿Es por Mateo?
—No.
Lo miré directamente.
—Mateo nunca destruyó nuestro matrimonio. Solo ocupó algunos de los espacios que tú dejaste vacíos.
Sebastián bajó la cabeza.
Por primera vez no culpó a Diana.
Ni al trabajo.
Ni a mí.
Meses después nos separamos.
Sebastián siguió siendo padre de Leo y, sorprendentemente, empezó a ser uno presente.
Yo nunca le impedí reconstruir esa relación.

Pero tampoco confundí su arrepentimiento con una obligación de volver.
Porque algunas personas cambian cuando sienten que están perdiéndote.
Y quizá ese cambio sea verdadero.
Pero eso no significa que debas quedarte esperando para comprobarlo.