PARTE 2: LOS 170.000 DÓLARES

Claire tardó menos de una hora en encontrar el primer hilo.

—Elena, las transferencias comenzaron hace ocho meses.

Me mostró los extractos.

Primero eran cantidades pequeñas.

2.000.

4.500.

7.000.

Después aumentaron.

Todas terminaban en cuentas que yo no reconocía.

—¿Puedes saber quién las recibió?

—Ya lo estoy investigando.

Aquella tarde presentamos la denuncia por la agresión a mi madre. El informe médico documentó sus lesiones y las fotografías dejaron poco espacio para la versión de Brandon.

Él me llamó diecisiete veces.

No contesté.

Al día siguiente, Claire apareció en el hotel con una carpeta.

—Encontramos el dinero.

Mi corazón se aceleró.

—¿Dónde?

Dejó tres documentos frente a mí.

—Una parte fue transferida a Lucas. Otra pagó deudas de Liam. Y casi noventa mil dólares terminaron en una cuenta abierta a nombre de la madre de Brandon.

Me quedé mirando las cifras.

Su familia.

Otra vez.

Pero entonces Claire sacó una última hoja.

—Esto es peor.

Era una solicitud de préstamo.

Garantía: nuestro apartamento.

Firma del cónyuge: Elena Carter.

Sentí frío.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

Mi firma había sido falsificada.

De repente comprendí los 10.500 dólares.

Brandon necesitaba una razón para echar a mamá de casa y convertirla en culpable antes de que yo empezara a revisar nuestras cuentas.

Pero cometió un error.

Mi madre había fotografiado el escritorio mientras limpiaba aquella tarde porque accidentalmente había roto un portarretratos y quería enseñarme el daño.

En la fotografía se veía claramente el cajón abierto.

Dentro no había dinero.

Había documentos bancarios.

Y encima de ellos aparecía el nombre de la madre de Brandon.

Claire sonrió.

—La hora de la fotografía es 4:13. Brandon afirma que dejó 10.500 dólares allí a las tres.

Guardé silencio.

—Entonces nunca existieron.

—Exacto. Necesitaba fabricar una acusación.

Esa noche Brandon finalmente dejó un mensaje de voz.

—Elena, podemos solucionar esto. Vuelve sola. Deja a tu madre fuera y hablaremos como marido y mujer.

Respondí por primera vez:

“Habla con mi abogada.”

Tres días después nos encontramos en el despacho de Claire.

Brandon llegó arrogante.

Su abogado, no.

En cuanto Claire colocó sobre la mesa los extractos, la firma falsificada, la fotografía y la denuncia de mi madre, el rostro de Brandon comenzó a cambiar.

—Podemos llegar a un acuerdo —murmuró su abogado.

Claire me miró.

Yo negué con la cabeza.

—Primero quiero saber dónde está cada dólar.

Brandon golpeó la mesa.

—¡Era dinero familiar!

—Entonces devuélvelo en familia.

Se quedó callado.

La investigación financiera terminó descubriendo que Brandon llevaba casi un año vaciando nuestras cuentas para cubrir las deudas de sus hermanos y proteger bienes bajo el nombre de su madre.

El apartamento también estaba en riesgo por aquel préstamo fraudulento.

El divorcio dejó de ser una discusión matrimonial.

Se convirtió en un problema legal mucho más serio.

Meses después, recuperé buena parte del dinero mediante acuerdos y reclamaciones sobre los bienes adquiridos con nuestras cuentas conjuntas.

Mi madre nunca volvió a aquella casa.

Yo tampoco.

Brandon había dicho que debía elegir entre ella y nuestro matrimonio.

Al final comprendí que nunca había existido elección alguna.

Una tarde, mientras ayudaba a mamá a colocar aquel pequeño jarrón azul —reparado cuidadosamente después de la noche de la agresión— en nuestro nuevo apartamento, ella me preguntó:

—¿Te arrepientes de haberte ido?

Miré el jarrón.

Después las llaves de mi nueva casa.

—Solo de no haber contado hasta cinco mucho antes.

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