PARTE 2: EL BEBÉ DE PRIMERA CLASE

—Puedo ayudarlo —dije—. Pero necesito privacidad.

El hombre me observó como si intentara decidir si yo era valiente o completamente loca.

—¿Cómo?

Respiré hondo.

—Todavía estoy amamantando a mi hija.

Sus ojos cambiaron.

Primero sorpresa.

Después comprensión.

Miró al bebé, que seguía llorando desesperadamente contra su pecho.

—¿Está diciendo que…?

—Sí.

La azafata intervino enseguida.

—Señor, podemos preparar un espacio privado.

El padre tardó varios segundos en responder.

Finalmente asintió.

—Hágalo.

El guardaespaldas cerró la cortina mientras la tripulación improvisaba privacidad alrededor del asiento.

—Me llamo Luca Moretti —dijo el hombre.

—Sophie.

—Mi hijo es Noah.

Lo tomé con cuidado.

En cuanto lo acerqué contra mí, el llanto comenzó a disminuir.

Primero fueron pequeños sollozos.

Después silencio.

Toda la cabina pareció exhalar al mismo tiempo.

Luca permaneció inmóvil.

Pero cuando Noah finalmente se relajó, vi cómo aquel hombre aparentemente intocable se cubría los ojos durante un segundo.

—Su madre murió hace tres semanas —murmuró.

Entonces entendí.

Noah no solamente tenía hambre.

Había perdido de golpe la voz, el olor y el calor que habían significado seguridad desde que nació.

Cuando terminé, Luca tomó a su hijo.

—¿Cuánto quiere?

Lo miré sorprendida.

—¿Perdón?

—Dinero.

—No quiero nada.

Aquello pareció desconcertarlo más que cualquier otra cosa.

Regresé con Maya.

Pensé que todo había terminado.

Me equivocaba.

Dos horas después, desperté y encontré al guardaespaldas junto a mi asiento.

—El señor Moretti quiere hablar con usted.

—Mi hija está dormida.

—Precisamente por ella.

Mi cuerpo se tensó.

Luca estaba de pie cerca de la cocina trasera.

—Su hija tiene un moretón en el brazo —dijo.

Sentí que se me helaba la sangre.

—No es asunto suyo.

—Probablemente no.

Me mostró su teléfono.

—Pero el hombre que acaba de llamar a la aerolínea preguntando si una mujer llamada Sophie Bennett viaja con una niña llamada Maya quizá sí lo sea.

Richard.

Me faltó aire.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque intentó conseguir información sobre su destino alegando que usted había secuestrado a su hija.

El suelo pareció inclinarse.

Luca continuó:

—Mi equipo verificó la denuncia. También encontró algo más.

Me mostró una fotografía de Richard entrando en el aeropuerto pocas horas después de nuestro despegue.

—Está intentando llegar a Roma.

Miré hacia Maya.

—Tengo documentos de custodia. Tengo fotografías. Informes médicos…

—Entonces no está huyendo —dijo Luca—. Está protegiendo a su hija.

Lo miré.

—¿Quién es usted realmente?

Por primera vez sonrió.

—Alguien con buenos abogados.

Cuando aterrizamos en Roma, esperaba encontrar a mi primo.

En cambio, había dos abogados, seguridad privada y una funcionaria esperando junto a la puerta.

Luca acomodó a Noah en sus brazos.

—No le estoy comprando nada, Sophie.

Señaló a Maya.

—Solo estoy devolviendo un favor.

Mi teléfono vibró.

Richard:

Te encontraré.

Luca alcanzó a ver la pantalla.

Su expresión se volvió fría.

—No —dijo.

Miró hacia los abogados que esperaban.

—Ahora tendrá que encontrarnos a todos.

Y por primera vez desde que había abandonado mi casa, comprendí que quizá ya no estaba huyendo.

Quizá finalmente había llegado a un lugar donde Richard tendría que enfrentarse a las consecuencias.

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