A la mañana siguiente, David recibió la noticia que llevaba meses esperando.
Yo había muerto.
Al menos, eso fue lo que Samuel permitió que creyera.
Mi abogado había activado una operación preparada con investigadores y autoridades desde que el laboratorio confirmó el envenenamiento. Mientras David pensaba que esperaba mi funeral, en realidad estaba acumulando pruebas contra sí mismo.
Dos días después apareció vestido de negro.
Jessica caminaba a su lado.
Incluso llevaba muestras de tela para aquellas cortinas nuevas.
—Después de esto llamaremos al decorador —le susurró.
David sonrió.
Entonces vio a Samuel junto al ataúd.
—Necesitamos hablar sobre la herencia —dijo inmediatamente.
Samuel abrió una carpeta.
—Por supuesto.
David esperaba escuchar su nombre.
En cambio, Samuel anunció que la casa pasaría a la fundación, las cuentas conjuntas estaban congeladas y David no recibiría nada de mi patrimonio real.
—¿Patrimonio real? —preguntó Jessica.
Samuel lo miró.
—Aproximadamente mil millones de dólares entre fideicomisos, participaciones y otros activos.
Jessica giró lentamente hacia David.
—Me dijiste que tenía unos pocos millones.
Él no respondió.
—Esto es absurdo —espetó—. Soy su esposo.
—También eres el principal sospechoso de haber intentado matarla.
El rostro de David se vació.
Dos detectives entraron.
Samuel colocó una tableta sobre la mesa.
La grabación mostraba a David manipulando mis comidas.
Después apareció el informe toxicológico.
Fechas.
Sustancias detectadas.
Resultados del laboratorio.
David retrocedió.
—¡Jessica lo hizo!
Ella lo miró horrorizada.
—¿Qué?
—¡Ella compraba algunas cosas! ¡Pregúntenle!
Jessica comenzó a llorar.
Y entonces soltó el secreto que él jamás imaginó que revelaría.
—¡Yo ni siquiera sabía que seguías casado legalmente con Rebecca!
Silencio.
Samuel levantó la cabeza.
—¿Rebecca?
Jessica sacó el teléfono.
Mensajes, fotografías y transferencias.
David llevaba años manteniendo otra relación además de la suya con Jessica.
Su plan no tenía una amante.
Tenía dos mujeres a las que había mentido.
Pero todavía faltaba lo mejor.
Desde detrás de una puerta lateral llegó el sonido de unos pasos.
David levantó la mirada.
Yo entré.
Viva.
Pálida.
Apoyada en un bastón y acompañada por una enfermera.
Jessica gritó.
David parecía incapaz de respirar.
—Tú…
Lo miré directamente.
Mi voz todavía era débil, pero funcionaba.
—Querías saber si podía escucharte mientras medían las ventanas.
Me detuve frente a él.
—Sí, David.
—Escuché todo.
Los detectives se acercaron.
David intentó hablar, pero ya no quedaban explicaciones capaces de salvarlo.
Meses después, recuperé lentamente mi salud.
La casa sí terminó perteneciendo a la fundación.
Yo jamás regresé a aquel dormitorio.
Compré otro hogar.
Ventanas enormes.
Muchísima luz.
Y ninguna cortina.

Porque David había pasado meses esperando mi muerte para comenzar su nueva vida.
Nunca imaginó que el funeral que había preparado para mí terminaría enterrando únicamente una cosa:
su futuro conmigo y con mi dinero.