PARTE 2
Mariana sintió que las piernas apenas le respondían.
Cada respiración era una pelea contra el efecto del sedante.
Pero su mente seguía despierta.
Y entendió que solo tenía una oportunidad.
Renata seguía de espaldas, distraída con el celular.
Apenas levantaba la vista para responder los mensajes.
Mariana se dejó caer lentamente al suelo, fingiendo que había perdido por completo el conocimiento.
Escuchó cómo Renata resoplaba.
—Ni se mueve.
—Mejor —respondió doña Graciela desde el pasillo—. Así terminamos esto rápido.
Las dos bajaron un momento a abrir la puerta de servicio.
Fue el único descuido que necesitaba.
Con el poco control que aún tenía sobre las manos, Mariana tomó su teléfono, que había quedado debajo de la cama.
La pantalla estaba borrosa.
Marcó el primer número que encontró.
No habló.
Solo dejó la llamada abierta.
Era Verónica, la administradora general de las tres tiendas familiares, una mujer que había trabajado con sus padres durante más de veinte años y conocía perfectamente la casa.
Mientras tanto, Mariana activó discretamente la grabación de audio.
Guardó el teléfono bajo la colcha.
Las voces comenzaron a registrarse con claridad.
—Que nadie toque nada de la oficina —ordenó doña Graciela—. Mañana mismo Rodrigo firma los nuevos poderes.
—¿Y si Mariana se niega? —preguntó Renata.
La respuesta llegó acompañada por una risa.
—Después de esta noche, hará lo que sea por vergüenza.
Al otro lado de la llamada, Verónica escuchaba cada palabra.
No colgó.
Marcó inmediatamente al abogado de la familia y al servicio de emergencias.
En la habitación, Mariana reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
Había una puerta que comunicaba con el vestidor.
Entró arrastrándose.
Desde allí podía salir al pasillo secundario sin pasar por la escalera principal.
Cada movimiento le dolía.
Una mano protegía instintivamente su vientre.
—Aguanta un poquito más, mi niña —susurró para la bebé que esperaba—. Ya casi salimos.
Cuando llegó al final del pasillo, escuchó el motor de varios vehículos detenerse frente a la casa.
Doña Graciela sonrió.
—Ya llegaron.
Pero no eran quienes ella esperaba.
Un timbre sonó con insistencia.
Luego otro.
Y una voz firme anunció desde la entrada:
—¡Policía! ¡Abran la puerta!
El silencio dentro de la casa fue inmediato.
Renata dejó caer el teléfono.
—¿Qué hiciste?
Doña Graciela palideció.
—Nadie debía saber que estábamos aquí.
Los golpes contra la puerta se hicieron más fuertes.
—¡Policía! ¡Tenemos un reporte de posible delito y una persona en riesgo!
Mariana apoyó la espalda contra la pared.
Las fuerzas comenzaban a abandonarla.
Escuchó pasos acelerados.
Gritos.
Objetos cayendo.
Alguien intentó escapar por el patio trasero.
No llegó lejos.
Los agentes entraron pocos segundos después.
Encontraron a Mariana consciente, pero muy debilitada.
La primera paramédica se arrodilló junto a ella.
—¿Está embarazada?
Mariana asintió.
—Cuatro meses…

La colocaron en una camilla con extremo cuidado.
Antes de salir de la habitación, señaló el teléfono escondido bajo la colcha.
—La… grabación…
Uno de los agentes recuperó el dispositivo.
El audio seguía registrando todo.
Las voces.
Los planes.
Los nombres.
Las amenazas.
Mientras la ambulancia avanzaba hacia el hospital, Mariana sostuvo una mano sobre su vientre.
No sabía qué pasaría con su matrimonio.
Ni con su patrimonio.
Pero sí sabía una cosa.
La noche que habían preparado para destruirla había terminado convirtiéndose en el principio de la investigación que podía acabar con toda la conspiración.
Y todavía faltaba alguien por responder.
Rodrigo.
El hombre que esa noche debía estar “trabajando en Monterrey”… acababa de ser ubicado regresando a Guadalajara.