Adrian creyó que estaba haciendo un berrinche.
—La gala empieza en dos horas —dijo—. Deja de actuar como una niña.
—No estoy actuando.
—Eres mi prometida.
—Todavía.
Esa palabra lo hizo callar.
Valeria apareció detrás de él con un vestido rojo y una expresión demasiado satisfecha.
—Iris, si no quieres ir, yo puedo acompañarlo. No pasa nada.
La miré.
—Perfecto.
Adrian giró hacia mí.
—¿Perfecto?
—Sí. Os queda mejor.
En mi vida pasada, aquella frase me habría destrozado.
Esta vez sentí alivio.
Ellos fueron juntos.
Yo pasé la noche estudiando.
Tres semanas después presenté mi solicitud para terminar oficialmente la licenciatura.
Dos meses más tarde aprobé el examen de ingreso.
Y entonces hice algo que Adrian jamás creyó que fuera capaz de hacer.
Cancelé el compromiso.
No hubo escándalo.
No arrojé el anillo.
Simplemente lo dejé dentro de una caja junto con una nota:
“Te devuelvo el futuro que elegiste para mí. Yo ya elegí otro.”
Adrian llegó a mi casa esa misma noche.
—¿Quién te metió estas ideas en la cabeza?
—Nadie.
—¿Es por Valeria?
—No.
Eso pareció enfurecerlo todavía más.
—Entonces dime qué hice.
Lo miré durante varios segundos.
¿Cómo podía explicarle una vida entera que él todavía no había vivido?
—No necesito esperar a que me destruyas para saber que no quiero casarme contigo.
Su rostro cambió.
—Iris, llevamos años juntos.
—Y aun así, cada vez que tienes que elegir a quién mirar primero, no soy yo.
Adrian apretó la mandíbula.
—Valeria es mi camarada.
—Entonces quédate con tu camarada.
Cerré la puerta.
Los meses siguientes fueron difíciles.
No porque dudara.
Porque Adrian no aceptaba perder algo que siempre había dado por seguro.
Aparecía fuera de la universidad.
Me esperaba después de clases.
Mandaba mensajes.
Incluso pidió a nuestros conocidos que hablaran conmigo.
Pero cuanto más insistía, más claramente veía el patrón que antes confundí con amor.
No quería escuchar mi decisión.
Quería corregirla.
Valeria, mientras tanto, dejó de fingir dulzura.
Una tarde me encontró frente a la biblioteca.
—¿De verdad crees que Adrian va a perseguirte para siempre?
—Espero que no.
Mi respuesta la desconcertó.
—Entonces ¿por qué haces todo esto?
—Porque no estoy compitiendo contigo.
Sonreí.
—Puedes quedártelo.
Por primera vez, fue ella quien dejó de sonreír.
Dos años después aprobé el examen de posgrado.
Tres años después conseguí una plaza estable en la administración pública.
El día que recibí el nombramiento, mi madre lloró.
Yo también.
Porque en mi primera vida nunca había llegado hasta allí.
Había abandonado todo por Adrian.
Esta vez no.
Entonces ocurrió algo casi cómico.
Adrian y Valeria nunca llegaron a casarse.
Sin mí como tercera persona sobre la que proyectar celos, sacrificios y secretos, su relación dejó de parecer romántica.
Empezaron a discutir.
Adrian descubrió que Valeria no quería ser la mujer detrás de él.
Valeria descubrió que Adrian esperaba de ella exactamente lo que había esperado de mí.
Y la historia perfecta empezó a romperse sola.
Años después me encontré con Adrian en una ceremonia oficial.
Él ya tenía más rango.
Yo también tenía mi propia carrera.
Nos quedamos mirando unos segundos.
—Te fue bien —dijo.
—Sí.
—¿Alguna vez te arrepentiste?
Negué.
Adrian bajó la vista.
—Valeria y yo terminamos hace tiempo.
No pregunté por qué.
Entonces dijo:
—Si hubiera sabido que ibas a cambiar tanto…
Lo interrumpí.
—Yo no cambié.
Levanté ligeramente la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Solo dejé de convertirme en la persona que tú necesitabas para sentirte importante.
Adrian quedó en silencio.

Me despedí y seguí caminando.
En mi primera vida creí que la peor traición había sido encontrar a mi esposo saliendo de la habitación de mi mejor amiga.
Estaba equivocada.
La peor traición había ocurrido mucho antes.
Cada vez que abandoné un sueño porque ellos me dijeron que no era capaz.
Cada vez que acepté ser invisible para que Adrian pudiera brillar.
Cada vez que puse mi vida en segundo lugar esperando que algún día él me eligiera primero.
Por eso, cuando el destino me devolvió a mis veintidós años, no regresé para vengarme.
Regresé para hacer algo mucho más importante.
Esta vez, elegirme yo.