PARTE 2: EL DIVORCIO QUE SEBASTIÁN NUNCA QUISO

—Eso es imposible —dije.

La doctora cerró el expediente.

—El señor Ferrer solicitó hace semanas un estudio genético por una enfermedad hereditaria de su familia. Cuando vio tu nombre en admisión, pidió que te informáramos si el embarazo podía estar relacionado.

Sentí rabia.

—¿Qué enfermedad?

—Ninguna.

Parpadeé.

La doctora deslizó otro documento hacia mí.

—Eso es lo extraño. Los resultados demostraron que Sebastián no tiene la alteración genética que figura en su historial desde hace veinte años.

Entonces comprendí por qué él estaba en aquel hospital.

No me estaba siguiendo.

Estaba investigando su propia historia.

Al salir, Sebastián seguía esperando.

—Explícame —exigí.

Por primera vez, no intentó dominar la conversación.

—Mi madre me hizo creer desde adolescente que podía transmitir una enfermedad grave a mis hijos. Por eso nunca quise tenerlos.

Todo empezó a encajar.

Su distancia.

Su rechazo.

Aquellas noches en que bebía antes de acercarse a mí.

—¿Y el nombre que dijiste aquella noche?

Sebastián cerró los ojos.

—Lucía.

Sentí regresar aquella vieja humillación.

—Tu antiguo amor.

—Mi hermana.

Me quedé inmóvil.

Sebastián sacó una fotografía antigua.

Una adolescente estaba junto a él.

—Lucía murió cuando éramos jóvenes. Mi madre me convenció de que había heredado la misma enfermedad que ella. Durante años pensé que enamorarme, casarme contigo y darte hijos era condenarte.

—Entonces ¿por qué te casaste conmigo?

Su respuesta llegó casi en un susurro.

—Porque fui demasiado egoísta para dejarte ir.

Aquello no lo perdonaba.

Solo hacía la historia más triste.

—¿Y por qué pediste el divorcio?

Sebastián sacó otra carpeta.

Dos meses antes, su madre le había mostrado unos supuestos resultados médicos míos.

Decían que yo tenía problemas de fertilidad y que los tratamientos podían poner en peligro mi salud.

Ella le aseguró que yo jamás abandonaría el matrimonio mientras él siguiera conmigo.

Sebastián creyó que divorciarse era liberarme.

—Debiste preguntarme —dije.

—Sí.

No buscó excusas.

—Ese fue mi error.

Pero todavía faltaba algo.

La investigación de Sebastián había descubierto que los expedientes de Lucía, los suyos y los míos habían sido alterados por el mismo médico privado.

Un hombre contratado durante décadas por su madre.

¿La razón?

Control.

La señora Ferrer nunca quiso que Sebastián tuviera descendencia mientras estuviera casado conmigo, porque nuestro acuerdo matrimonial establecía que cualquier hijo nuestro recibiría inmediatamente una participación irrevocable del patrimonio familiar.

Y ella perdería el control de millones.

Cuando Sebastián la enfrentó aquella misma tarde, yo estuve presente.

Su madre me miró el vientre y palideció.

—Ese niño complicará todo.

Sebastián dejó sobre la mesa las pruebas originales.

—No. Lo que complica todo son veinte años de documentos falsificados.

Después llamó a su abogado.

Su madre fue apartada de la administración familiar mientras se investigaban las falsificaciones.

Yo no regresé a la mansión.

Tampoco cancelé el divorcio.

Sebastián parecía sorprendido.

—¿Después de saber la verdad todavía no quieres volver?

—Saber por qué me hiciste daño no borra el daño.

Aquella frase terminó la discusión.

Pero no nuestra historia.

Durante los siguientes meses, Sebastián apareció en cada revisión a la que yo le permití asistir.

Nunca entraba sin preguntar.

Nunca tocaba mi vientre sin permiso.

Y nunca volvió a pedirme que regresara.

El día que nació nuestra hija, la enfermera le preguntó:

—¿Relación con la madre?

Sebastián me miró antes de contestar.

—Su exmarido.

Luego observó a nuestra pequeña y añadió:

—Y, si Elena me permite demostrar que puedo serlo, su padre.

No volvimos a casarnos inmediatamente.

Él tuvo que aprender algo que ninguna fortuna podía comprar: confianza.

Un año después, durante el cumpleaños de nuestra hija, Sebastián me entregó una pequeña caja.

Pensé que contenía un anillo.

No.

Dentro estaba nuestro antiguo certificado de divorcio.

—No quiero que olvidemos esto —dijo—. Quiero recordar siempre lo que cuesta decidir por alguien sin escucharle.

Entonces entendí algo.

Aquel día en obstetricia Sebastián había preguntado de quién era mi bebé.

La respuesta era sencilla.

Biológicamente, era suyo.

Pero ser su padre era algo que todavía tenía que ganarse.

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