PARTE 2: EL INFORME QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

La noticia llegó a la familia Santillán antes de que Mariana regresara a la mansión.

A las ocho de la mañana, los veintidós invitados de la noche anterior habían sido sustituidos por abogados y familiares.

Sobre la mesa estaba su prueba de embarazo.

—Explícalo —ordenó Beatriz Santillán, madre de Damián—. Mi hijo es estéril.

Mariana no respondió.

Ernesto Vidal dejó otra carpeta frente a Damián.

—La señora Torres ha mantenido contacto frecuente con un médico del Hospital San Gabriel.

Dentro había fotografías de Mariana entrando en consultas.

Convenientemente recortadas para que Lucía nunca apareciera.

—¿De quién es? —preguntó Damián.

Mariana sintió el golpe de aquella pregunta.

Entonces recordó el tubo de sangre.

La noche de Valle de Bravo.

Había conservado aquella muestra porque algo no cuadraba. Los análisis iniciales de Damián no coincidían con determinados antecedentes médicos que después encontró en su expediente.

—Antes de responder —dijo—, quiero repetir tus pruebas de fertilidad.

Beatriz golpeó la mesa.

—¡Seis especialistas confirmaron el diagnóstico!

—Precisamente.

Mariana sacó de su uniforme una hoja doblada.

Era el informe que había escrito aquella noche.

Tipo sanguíneo.

Signos vitales.

Medicamentos encontrados en su organismo.

Y una anotación:

Muestra biológica conservada.

Damián levantó lentamente la mirada.

—¿Conservaste mi sangre?

—Porque alguien te drogó aquella noche.

El silencio fue inmediato.

—Y después alguien me drogó a mí.

Ernesto palideció.

Mariana lo vio.

Damián también.


El laboratorio independiente tardó cuarenta y ocho horas.

Cuando llegaron los resultados, Damián los leyó tres veces.

No era estéril.

Nunca lo había sido.

Compararon después sus informes antiguos.

Todos procedían, directa o indirectamente, de clínicas administradas por una fundación controlada por su tío, Octavio Santillán.

La investigación encontró algo peor.

Las muestras habían sido sustituidas.

Durante doce años.

Octavio necesitaba que Damián muriera sin descendencia porque, según la estructura sucesoria familiar, una parte decisiva del patrimonio terminaría bajo su control.

Pero quedaba una pregunta.

—¿Por qué aquella noche? —preguntó Mariana.

La respuesta estaba en las cámaras de Valle de Bravo.

Ernesto había ordenado que la llevaran allí porque necesitaban una enfermera capaz de mantener vivo a Damián sin registrar oficialmente su estado.

Pero otro hombre había entrado después.

El del anillo negro.

Trabajaba para Octavio.

Había manipulado las bebidas.

Su intención era que Damián no despertara.

Mariana lo salvó.

Y durante aquellas horas confusas, antes de perder ambos completamente la consciencia, Mariana y Damián habían estado juntos. La investigación médica posterior confirmó que el embarazo era compatible con aquella noche, aunque ninguno conservaba recuerdos claros de lo sucedido.

Damián permaneció sentado mucho tiempo.

Después preguntó:

—¿El bebé es mío?

Mariana colocó el resultado de la prueba prenatal sobre la mesa.

—Sí.

Beatriz empezó a llorar.

Damián no.

Miró primero el documento.

Después a Mariana.

—Entonces nuestro contrato…

—Sigue siendo un contrato.

Aquello pareció sorprenderlo.

—No voy a convertirme en tu esposa real porque alguien manipuló nuestras vidas —continuó Mariana—. Y tampoco permitiré que esta familia convierta a mi hijo en una pieza de una herencia.

Damián asintió lentamente.

Por primera vez, el hombre acostumbrado a ordenar no intentó imponer nada.

—¿Qué quieres?

Mariana pensó en su madre.

En su padre.

En aquella inexplicable deuda de seis millones.

—Quiero toda la verdad.

Y la consiguió.

La deuda de su padre también llevaba hasta Octavio.

Su padre había descubierto años atrás las manipulaciones médicas relacionadas con Damián.

El supuesto accidente en la México-Toluca nunca había sido investigado correctamente.

Aquello abrió una investigación mucho mayor.

Octavio perdió su posición dentro del grupo familiar mientras las autoridades revisaban los documentos financieros, médicos y las circunstancias relacionadas con el pasado de ambas familias.

Ernesto aceptó colaborar y entregó registros que había conservado durante años.


Meses después, Mariana seguía trabajando como enfermera.

Damián había querido comprarle una clínica.

Ella se negó.

—Empieza comprando pañales —le dijo—. Muchos.

Fue la primera vez que lo vio reír de verdad.

No tuvieron un matrimonio perfecto de repente.

Tuvieron algo más difícil.

Una oportunidad para conocerse sin contratos, secretos ni diagnósticos falsificados.

Una tarde, Damián acompañó a Mariana a visitar a Carmen.

La mujer apenas reconocía ya a su propia hija.

Pero cuando vio el viejo broche de plata prendido en el uniforme de Mariana, sonrió.

—Tu padre te decía que guardaras siempre una prueba —murmuró.

Mariana se quedó inmóvil.

Finalmente entendió de quién había aprendido aquella costumbre.

Miró a Damián.

Después bajó la mano hacia su vientre.

Todos habían creído que aquel embarazo demostraría que ella era una traidora.

Al final demostró algo completamente distinto:

el hombre poderoso nunca había sido estéril.

La verdad era lo único que aquella familia llevaba doce años intentando impedir que naciera.

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