PARTE 2
“Transacción rechazada. Saldo actual: $0.00.”
Elena sintió que el teléfono pesaba más que su propio cuerpo.
Miró la pantalla una segunda vez.
No había error.
No era una falla de la aplicación.
Su cuenta principal estaba completamente vacía.
La misma cuenta donde llevaba años depositando su sueldo como arquitecta, los ahorros para la llegada de Luna y el dinero que su abuelo le había dejado antes de morir.
Respiró hondo.
Otra contracción le atravesó el vientre.
Más fuerte.
Más baja.
Tuvo que apoyarse en el borde de una mesa para no caer.
Julián dio un paso hacia ella.
—Elena…
Ella levantó la mano.
—No me toques.
Por primera vez en siete años, él obedeció.
Sofía seguía abrazando a Camila.
La niña lloraba en silencio, todavía asustada por lo ocurrido en la alberca.
Elena la miró apenas unos segundos.
La pequeña no tenía culpa de nada.
La culpa estaba frente a ella.
Vestido con una camisa blanca impecable.
Con el reloj que ella misma le regaló por su quinto aniversario.
—¿Qué hiciste con mi dinero? —preguntó.
Julián tragó saliva.
—No es el momento.
Ella soltó una risa vacía.
—¿No?
Le mostró la pantalla del celular.
—Porque para mi banco sí lo fue.
Alrededor, varios socios del club seguían observando.
La adolescente que grababa no había bajado el teléfono.
Julián la vio de reojo.
—Basta ya.
Intentó tomar a Elena del brazo.
Ella retrocedió.
—Contéstame.
Él bajó la voz.
—Luego hablamos en casa.
—¿Qué casa?
La pregunta lo descolocó.
—La nuestra.
—¿La que pagué conmigo durante cuatro años mientras tú “invertías” el dinero?
Su rostro cambió.
Ella acababa de entender algo.
Las supuestas inversiones.
Las transferencias.
Las cuentas nuevas.
Todo.
Sofía intervino con una sonrisa amarga.
—Ya no existe esa casa, Elena.
Julián giró bruscamente.
—¡Cállate!
Pero ya era tarde.
Elena sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Qué quiso decir?
Nadie respondió.
La adolescente dejó de grabar un instante.
Hasta el salvavidas levantó la vista.
El silencio era demasiado pesado.
Entonces Sofía habló.
—La vendió.
Elena sintió que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Hace tres semanas.
Miró a Julián.
Esperó que negara.
Que gritara.
Que dijera que Sofía mentía.
No hizo ninguna de las tres cosas.
Solo cerró los ojos.
Y ese gesto confirmó todo.
—No…
Su voz apenas salió.
—No podías venderla.
Julián respiró profundamente.
—Necesitaba liquidez.
—La casa está a nombre de los dos.
—Ya no.
Otra contracción la dobló.
Tuvo que sujetarse una silla.
Una señora del club corrió a sostenerla.
—Siéntese, por favor.
Elena apenas la escuchó.
Seguía mirando a Julián.
—¿Cómo lo hiciste?
Él permaneció callado.
Fue Sofía quien respondió.
—Con un poder notarial.
Elena negó con fuerza.
—Yo nunca firmé ningún poder.
Sofía soltó una carcajada seca.
—Claro que no.
Julián sintió que el mundo empezaba a derrumbarse.
—Sofía…
Ella ya no quería protegerlo.
—La firma la hizo otra persona.
El club entero quedó en silencio.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Elena.
Sofía respiró hondo.
—Estoy diciendo que él falsificó tu autorización.
Julián dio un paso hacia ella.
—¡Basta!
—¿Por qué?
Ella levantó la voz.
—¿Porque ahora sí te preocupa que todos sepan la verdad?
Camila comenzó a llorar otra vez.
—Mamá…
Sofía la abrazó.
Pero no dejó de mirar a Julián.
—Le prometiste que todo estaría resuelto antes de que naciera la otra bebé.
Elena sintió que las piernas dejaban de responderle.
La otra bebé.
Así llamaban a Luna.
Como si no fuera también hija de Julián.
Como si fuera un problema administrativo.
El celular volvió a vibrar.
Otro mensaje.
Esta vez del Registro Público.
“Su solicitud de consulta patrimonial ha sido procesada.”
Elena frunció el ceño.
Ella no había solicitado nada.
Abrió el correo.
Adjunto.
Cinco documentos.
El primero llevaba el nombre de su casa.
Estado del inmueble:
Propiedad transferida.
Fecha.
Tres semanas antes.
El mismo día en que Julián le dijo que viajaría a Monterrey por una reunión de inversionistas.
Sintió ganas de vomitar.
La señora que la sostenía llamó al personal médico del club.
—Está embarazada.
Necesita ayuda.
Dos paramédicos comenzaron a acercarse.
Julián intentó tocar a Elena.
Ella dio un paso atrás.
—No vuelvas a acercarte.
Él bajó la voz.
—Déjame explicarte.
—Explícame cómo vendiste mi casa.
Silencio.
—Explícame por qué vaciaste mi cuenta.
Silencio.
—Explícame desde cuándo tienes otra hija.
Silencio.
Cada silencio pesaba más que cualquier confesión.
Entonces la adolescente que seguía grabando habló desde el fondo.
—Señor…
Todos voltearon.
Ella levantó el celular.
—Creo que esto también debería verlo.
Julián perdió el color.
—Apaga eso.
—No.
La joven giró la pantalla.
—La cámara empezó a grabar antes de que la señora se lanzara al agua.
Elena miró el video.
Las imágenes mostraban claramente a la niña caminando sola hacia la orilla.
Después resbalando.
Después cayendo.
Y, durante casi diez segundos completos…
Julián observando.
Sin moverse.
Sin correr.
Sin gritar.
Nada.
Solo cuando Elena saltó a la alberca él dejó el vaso sobre la mesa.
El club entero quedó paralizado.
Un hombre murmuró:
—La dejó ahogarse.
Sofía llevó una mano a la boca.
—Julián…
Él negó desesperadamente.
—No fue así.
Pero el video seguía avanzando.
Y entonces apareció algo peor.
Justo antes de que Camila cayera al agua, se escuchó claramente la voz de Julián.
—Quédate aquí. No me hagas pasar vergüenzas.
La niña había intentado acercarse a él.
Él la apartó.
Y segundos después ocurrió el accidente.
Elena dejó de sentir frío.
Ahora solo había vacío.
Los paramédicos llegaron por fin.
Uno tomó su presión.
El otro preguntó:
—¿Cuántas semanas tiene?
—Treinta y dos.
El aparato emitió un pitido.
El paramédico cambió de expresión.
—Tenemos que trasladarla al hospital ahora mismo.
Julián quiso subir a la ambulancia.
Elena lo miró directamente.
—No.
Él tragó saliva.
—Soy el padre.
Ella sostuvo su mirada.
—Empiezo a dudar de que sepas lo que significa esa palabra.
Las puertas de la ambulancia comenzaron a cerrarse.
Sofía permanecía inmóvil junto a la alberca.
Camila seguía abrazada a ella.
La adolescente no dejó de grabar.

Antes de que la puerta terminara de cerrarse, el celular de Elena sonó una vez más.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo tenía una fotografía.
Un contrato.
En la última página aparecía la firma falsificada de Elena.
Y debajo, una frase escrita a mano.
“Este fue el primero. Existen otros seis.”
Elena sintió que el corazón se detenía.
No acababa de descubrir una infidelidad.
Ni siquiera un fraude.
Acababa de descubrir que alguien llevaba meses robándole su vida… documento por documento.
Y todavía no sabía cuánto quedaba realmente a su nombre.