PARTE 2: LA NOVIA QUE NUNCA LLEGÓ

A las once de la mañana siguiente, trescientas personas esperaban mi entrada.

Yo estaba en el aeropuerto.

Mi teléfono vibraba sin parar.

Lucas.

Su madre.

Mi madre.

El organizador.

No respondí hasta que apareció un mensaje de Lucas:

“¿Dónde estás? Todos están esperando.”

Contesté:

“Tu esposa también está allí. Pregúntale a ella.”

Después apagué el teléfono.

Más tarde supe exactamente qué ocurrió.

Lucas había llegado convencido de que aparecería en el último momento.

Fiona también asistió.

Vestía de blanco.

Según ella, era otra “broma”.

Pero cuando pasaron veinte minutos y yo no aparecí, los invitados comenzaron a murmurar.

La madre de Lucas exigió explicaciones.

—¿Dónde está Amelia?

Fiona intentó reír.

—Se enfadó por una tontería.

—¿Qué tontería?

Lucas trató de detenerla.

Demasiado tarde.

Fiona sacó orgullosamente el certificado rojo.

—Nos casamos ayer.

La madre de Lucas se quedó petrificada.

Mi padre se levantó de su asiento.

—¿Cómo dices?

El salón quedó en silencio.

Lucas intentó explicar que estaban borrachos, que había sido un juego y que pensaban divorciarse.

Mi padre solo hizo una pregunta:

—¿Entonces pretendías celebrar hoy una boda con mi hija mientras legalmente estabas casado con otra mujer?

Lucas no tuvo respuesta.

Mi familia abandonó el salón.

Después comenzaron a marcharse los invitados.

La boda que Lucas temía cancelar por “lo que diría la gente” terminó convertida exactamente en aquello que quería evitar.

Un escándalo.

Pero la consecuencia más inesperada llegó después.

Fiona creyó que Lucas finalmente la elegiría.

—Ya que estamos casados, podríamos intentarlo —le propuso.

Lucas solicitó el divorcio en cuanto legalmente pudo hacerlo.

Fue entonces cuando Fiona dejó de reír.

Porque para ella quizá nunca había sido una broma.

Para Lucas sí.

Y esa diferencia destruyó también su amistad.

Mientras tanto, yo estaba a miles de kilómetros.

Había aceptado el contrato que rechacé tres veces por nuestra relación.

El primer mes fue difícil.

El segundo, menos.

Al sexto, podía pasar días enteros sin pensar en Lucas.

Un año después dirigía mi propio equipo.

Entonces él apareció.

Esperaba frente al edificio de mi empresa con una pequeña caja.

Reconocí inmediatamente el anillo que habíamos elegido.

—Me divorcié de Fiona —dijo.

—Me alegro.

Pareció desconcertado por mi tranquilidad.

—Amelia, cometí el peor error de mi vida.

—Sí.

—Pero fueron seis años.

—Precisamente.

Sus ojos se enrojecieron.

—¿No significaron nada?

—Significaron muchísimo. Por eso aguanté cosas que no debería haber aguantado.

Lucas bajó la mirada.

—Podemos empezar otra vez.

Negué.

—Todavía no lo entiendes.

—Entonces explícamelo.

Miré el anillo.

—No te dejé porque Fiona consiguió que firmaras un certificado.

—¿Entonces por qué?

—Porque cuando descubrí que te habías casado con otra mujer un día antes de nuestra boda, tu primera reacción no fue pedirme perdón.

Recordé perfectamente sus palabras.

Llevas seis años esperándola. ¿No puedes esperar un mes más?

—Tu reacción fue pedirme que siguiera esperando.

Lucas quedó en silencio.

—Me habías acostumbrado tanto a ocupar el segundo lugar que creíste que incluso nuestra boda podía ponerse en pausa por Fiona.

Empujé suavemente la caja hacia él.

—Ya esperé suficiente.

Pasé a su lado.

—Amelia.

Me detuve.

—¿Hay otra persona?

Sonreí.

—No necesito que exista otra persona para no elegirte.

Y seguí caminando.

Aquella noche mi madre me llamó.

—¿Te arrepientes alguna vez?

Miré desde mi ventana las luces de la ciudad donde había construido una vida completamente nueva.

—De haberme ido, nunca.

Durante seis años pensé que cancelar una boda significaría perder todo lo que había construido con Lucas.

Solo después entendí la verdad.

La boda no se destruyó cuando encontré aquel certificado rojo.

Se había ido destruyendo cada vez que yo cedía y él aprendía que podía pedirme esperar un poco más.

Fiona solo hizo visible lo que yo llevaba años negándome a mirar.

Y quizá por eso aquel certificado terminó siendo el regalo de bodas más valioso que recibí.

No me dio un marido.

Me devolvió mi vida.

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