PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVÍ

A la mañana siguiente, Daniel seguía frente al registro civil.

Lo supe porque mi madre abrió las redes sociales y encontró una fotografía publicada por uno de sus compañeros.

Daniel estaba sentado en los escalones, todavía con la camisa del día anterior.

El texto decía:

“Hay hombres que sí saben esperar.”

Casi me reí.

Durante años, yo había esperado por él.

Una noche bastaba para convertirlo en víctima.

Tres días después apareció en el restaurante.

—Clara, ya entendí. Estás enfadada por Nora.

—No estoy enfadada.

—Entonces casémonos mañana.

Seguí colocando platos sobre una mesa.

—No.

Daniel me sujetó suavemente del brazo.

—¿Después de siete años vas a terminar todo por una emergencia?

Lo miré.

—No fue una emergencia. Fue una elección.

Su rostro cambió.

—La madre de Nora estaba desaparecida.

—Y había otros policías.

Silencio.

—Pero tú fuiste.

Retiré mi brazo.

—Siempre vas tú.

Daniel quiso responder, pero su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Nora.

Los dos vimos el nombre.

—Contesta —dije.

—No importa.

Rechazó la llamada por primera vez.

En mi vida anterior habría considerado aquello una victoria.

Ahora solo pensé:

Demasiado tarde.

Durante las semanas siguientes, Daniel empezó a hacer todo lo que yo había esperado durante años.

Llegaba puntual.

Traía flores.

Dejó de responder inmediatamente a Nora.

Incluso pidió traslado a otra comisaría.

Pero yo conocía el final de aquella historia.

Así que acepté un puesto administrativo en otra ciudad y empecé a preparar mi mudanza.

La víspera de mi partida, Nora apareció.

No venía llorando.

Venía furiosa.

—¿Qué le hiciste a Daniel?

—Nada.

—Desde que cancelaste la boda ya no es el mismo.

La miré durante unos segundos.

—Quizá porque por primera vez descubrió que sus decisiones tienen consecuencias.

Nora apretó los labios.

Entonces dijo algo inesperado:

—Él nunca estuvo enamorado de mí.

Me quedé quieta.

—Lo sé —continuó—. Pero me gustaba saber que, si llamaba, siempre me elegiría.

Ahí estaba.

La verdad más sencilla.

Nora no necesitaba a Daniel.

Necesitaba ganar.

Y Daniel había pasado años permitiéndoselo.

Cuando salí de la ciudad, él me esperaba en la estación.

—Clara.

No intentó detenerme.

Solo preguntó:

—¿Existe alguna posibilidad?

Miré al hombre por quien había desperdiciado una vida entera la primera vez.

—En otra vida, sí.

Sus ojos se humedecieron.

No podía saber cuánto significaban aquellas palabras.

Subí al tren.

Esta vez no hubo matrimonio.

No hubo tres años esperando que cambiara.

No hubo divorcio.

Cuando las puertas se cerraron, Daniel permaneció solo en el andén.

Y comprendí finalmente por qué había regresado.

No para conseguir que él me eligiera.

Sino para tener, por fin, la oportunidad de no elegirlo yo.

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