—No necesito que subas conmigo —dije.
Adrian cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
No intentó tocarme.
Simplemente caminó detrás de mí mientras yo continuaba.
Sesenta y uno.
Sesenta y dos.
Sesenta y tres.
Cuando mi pierna volvió a temblar, Adrian extendió la mano por reflejo.
Lo miré.
La retiró inmediatamente.
Al llegar arriba, encendí una vela por mi padre.
Adrian permaneció lejos.
Entonces apareció un hombre anciano con hábito oscuro.
—¿Maya Wells?
Me giré.
El sacerdote me observó durante varios segundos.
—Conocí a tu padre.
Sacó un sobre amarillento.
—Me pidió que te entregara esto si algún día regresabas sola.
Mis dedos comenzaron a temblar.
Dentro había una carta y una pequeña llave.
Adrian palideció al verla.
Lo noté.
—¿La reconoces?
No respondió.
El sacerdote sí.
—Abre una caja de seguridad que tu padre dejó a tu nombre.
Aquella misma tarde fui al banco acompañada por un abogado recomendado por el templo.
Dentro de la caja había documentos médicos, registros financieros y una memoria USB.
Mi padre había sospechado que alguien intentaría declararme incapaz después de su muerte.
Por eso había guardado pruebas.
Y allí apareció el nombre que no esperaba.
Victoria Wells.
La madre de Adrian.
Había pagado al médico que elaboró la primera evaluación utilizada para encerrarme.
Pero eso no fue lo peor.
Encontramos correos demostrando que yo nunca había cedido legalmente mis acciones familiares.
Durante tres años, mientras permanecía internada, alguien había administrado una fortuna que seguía siendo mía.
Miré a Adrian.
—¿Lo sabías?
Sus ojos se llenaron de vergüenza.
—Sabía que mi madre quería apartarte de la empresa. No sabía hasta dónde había llegado.
—Pero firmaste.
Adrian bajó la cabeza.
—Sí.
Esa única palabra terminó con cualquier explicación que pudiera ofrecerme.
No regresé con él.
Tampoco acepté su dinero.
Entregué las pruebas a mi abogado y comencé el proceso para recuperar mi identidad, mis bienes y revisar legalmente todo lo ocurrido durante aquellos tres años.
Meses después volví a Saint Anne.
Esta vez llevaba zapatos nuevos.
Mi pierna todavía temblaba.
Pero subí.
Uno.
Dos.
Tres.
En el escalón noventa y nueve me detuve.
Adrian no estaba allí.
Y por primera vez comprendí que eso era exactamente lo que necesitaba.
Había pasado demasiado tiempo esperando que alguien viniera a salvarme.
Ahora tenía una vida que reconstruir.

Encendí una vela.
—Papá —susurré—, todavía no vivo bien.
Sonreí ligeramente.
—Pero ya empecé.