Adrian tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Tú eres Wren?
Guardé cuidadosamente las agujas.
—Lo era antes de casarme contigo.
La señora Harrington soltó una pequeña risa.
—No. Sigue siéndolo. Simplemente dejó de aceptar encargos.
Entonces reveló algo que terminó de borrar la seguridad del rostro de Adrian.
Durante cinco años, varios museos europeos habían intentado contratarme. Había rechazado cada propuesta porque Adrian decía que una esposa Blake no necesitaba trabajar.
Serena palideció.
—Pero Claire vivía de mi hermano.
La señora Harrington la miró con auténtica extrañeza.
—¿Vivir de él? Una restauración de la maestra Wren puede valer más que el salario anual de muchos ejecutivos.
Adrian me miró como si acabara de conocerme.
Aquella noche comenzó a llamar.
No respondí.
Dos semanas después acepté un contrato para dirigir la restauración de una colección privada en Florencia.
Vendí la villa.
Vendí también las propiedades que había recibido en los divorcios anteriores.
Después reuní los documentos de los ocho matrimonios y los guardé.
No por nostalgia.
Como recordatorio.
Tres meses después, exactamente como siempre, Adrian apareció frente a mi nuevo estudio.
Traía flores.
Y un anillo.
—Ya terminó lo de Ivy —dijo—. Podemos volver a casarnos.
Sonreí.
Era casi divertido comprobar que realmente había esperado que la historia se repitiera.
—No.
Su sonrisa desapareció.
—Claire, deja de jugar.
—No estoy jugando.
—Siempre volvemos.
—Porque antes todavía te amaba.
Eso finalmente lo silenció.
Saqué una carpeta.
Dentro estaba la confirmación de mi traslado a Europa y la venta definitiva de la villa.
Adrian la leyó.
—Prometiste no venderla.
—Mi exmarido me pidió que no la vendiera. No tenía obligación de obedecerlo.
Su rostro se endureció.
—¿Entonces todo esto era un plan?
Negué.
—No al principio. Al principio cada divorcio me rompía.
Lo miré directamente.
—Después comprendí que tú mismo estabas financiando mi libertad.
Por primera vez, Adrian pareció asustado.
—Claire…
Dejé el anillo sobre la mesa.
—Nueve veces me enseñaste que nuestro matrimonio podía terminar cada vez que otra mujer necesitara sentirse importante.
Empujé las flores hacia él.
—La diferencia es que esta vez finalmente te creí.
Me marché una semana después.
Adrian continuó llamando durante meses.
Nunca hubo décimo matrimonio.
Y cuando años después alguien me preguntó por qué había conservado los nueve certificados de divorcio, respondí:

—Porque fueron nueve puertas.
Sonreí.
—Solo necesité aprender que no tenía que volver a entrar.