PARTE 2: ESTA VEZ, ETHAN SERÍA MÍO

Alexander me miró durante varios segundos.

—¿Una última vez?

Asentí.

No podía explicarle que no estaba intentando salvar nuestro matrimonio.

Intentaba recuperar a nuestro hijo.

Aquella noche fue la última vez que dormimos bajo la misma manta.

A la mañana siguiente, Alexander se marchó a la base sin despedirse.

Yo no lo detuve.

Solo empecé a contar los días.

Dieciocho días después, dos líneas aparecieron en la prueba de embarazo.

Me senté en el suelo del baño y lloré hasta que me dolió el pecho.

—Ethan…

Todavía no sabía si sería él.

Pero mi corazón lo reconoció antes que mi razón.

Esa misma tarde guardé la prueba dentro de una caja y fui a presentar los últimos documentos del divorcio.

No le dije nada a Alexander.

En mi primera vida había cometido el error de creer que un hijo podía convertirlo en padre.

Esta vez Ethan no sería una herramienta para conseguir su amor.

Sería simplemente mi hijo.

Tres semanas después llegó la aprobación.

Empaqué ropa, documentos, los pocos ahorros que me quedaban y una fotografía de mi madre.

Chloe me observó bajar las maletas.

—¿Qué nueva actuación es esta?

Le entregué las llaves.

—Ninguna.

—¿Mi hermano sabe que te marchas?

—Pronto lo sabrá.

Ella soltó una carcajada.

—Volverás en una semana.

La miré.

—No, Chloe.

Me acaricié discretamente el vientre.

—Esta vez tengo algo mucho más importante que perseguir.

Tomé un tren hacia una pequeña ciudad costera donde una antigua amiga de mi madre me había conseguido trabajo como traductora.

Cuando Alexander regresó de las maniobras, encontró mi habitación vacía.

Sobre la mesa había dejado únicamente el certificado de divorcio.

Su ayudante apareció poco después.

—General, la solicitud fue aprobada esta mañana.

Alexander permaneció mirando el documento.

—¿Ella armó algún escándalo?

—No, señor.

El ayudante vaciló.

—Pero hay otra cosa.

Alexander levantó la mirada.

—La señora Hale pasó por el hospital militar antes de marcharse.

El silencio cambió.

—¿Por qué?

—No debería conocer información médica privada, señor.

Alexander se puso de pie.

—Entonces ¿por qué lo mencionas?

El ayudante tragó saliva.

—Porque la vi salir del área de obstetricia.

Por primera vez, Alexander perdió color.

—¿Está embarazada?

No recibió respuesta.

Tampoco la necesitaba.

Me llamó aquella noche.

No contesté.

Después llegaron mensajes.

“Isabella, tenemos que hablar.”

“¿Estás embarazada?”

“¿Es mío?”

Leí el último varias veces.

Entonces bloqueé su número.

Cinco meses después confirmé que esperaba un niño.

Lloré al salir de la consulta.

Y cuando nació, tuve que cubrirme la boca para no gritar.

La misma pequeña marca detrás de la oreja.

Los mismos ojos.

Mi Ethan había regresado.

Lo abracé durante horas.

—Esta vez mamá no va a perderte.

Los años siguientes fueron sencillos, pero felices.

Trabajé.

Ahorré.

Crié a Ethan lejos de los Hale.

Nunca le hablé mal de su padre.

Cuando preguntaba, simplemente respondía:

—Tu papá y yo elegimos caminos diferentes.

Pero Alexander no desapareció.

Mandaba regalos que yo devolvía.

Solicitó formalmente establecer contacto con Ethan, y todo se resolvió mediante abogados y acuerdos claros.

Esta vez yo no permitiría que nadie tratara a mi hijo como una obligación secundaria.

Lo extraño fue que Alexander comenzó a cambiar.

Primero fueron cartas.

Después llamadas en los horarios acordados.

Luego visitas en las que llegaba puntual y se marchaba cuando correspondía.

Nunca le prometí una segunda oportunidad.

Nunca confundí responsabilidad con amor.

Hasta que Ethan cumplió siete años.

La edad que tenía cuando murió en mi primera vida.

Durante semanas casi no pude dormir.

Y entonces llegó aquel día.

Ethan había preparado un dibujo.

—Quiero dárselo a papá.

Sentí que el mundo se detenía.

La misma frase.

La misma edad.

El mismo dibujo entre sus manos.

Vi la carretera.

El automóvil.

Mi hijo muriendo entre mis brazos.

—¡ETHAN, NO!

Corrí.

Pero alguien llegó antes.

Alexander.

Vio a Ethan acercarse demasiado a la calle y lo sujetó inmediatamente, alejándolo del tráfico.

Yo me quedé paralizada.

Alexander abrazó al niño contra su pecho.

Esta vez sí.

Voluntariamente.

Con miedo verdadero.

Ethan se rio.

—Papá, solo quería darte esto.

Alexander miró el dibujo.

Después besó la cabeza de nuestro hijo.

Yo empecé a llorar.

El destino había llegado al mismo punto.

Pero esta vez había terminado de otra manera.

Alexander me vio.

—Isabella…

Negué con la cabeza.

No necesitaba contarle la vida anterior.

Algunas historias pertenecían únicamente a quienes habían sobrevivido a ellas.

Miré a Ethan correr hacia mí.

Lo abracé.

Siete años atrás había regresado creyendo que necesitaba recuperar al hombre que había amado para poder recuperar a mi hijo.

Me equivocaba.

Nunca necesité recuperar a Alexander.

Solo necesitaba dejarlo ir a tiempo.

Y cuando Ethan levantó el rostro y me llamó “mamá”, comprendí que aquella segunda vida jamás había sido una oportunidad para reconstruir mi matrimonio.

Había sido una oportunidad para salvar a mi hijo.

Y también para salvarme a mí.

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