PARTE 2: EL HOMBRE QUE NADIE CONOCÍA

Algo mucho más peligroso para mi plan de ruptura:

Adrián llevaba tres años siendo fiel.

Y yo era la última en enterarme.

A la mañana siguiente recibí un mensaje de Su Su.

“¿Podemos hablar?”

Acepté porque, después del espectáculo de la cámara, rechazarla habría sido demasiado humillante.

Nos encontramos en una cafetería.

Su Su fue directamente al punto.

—Adrián y yo nunca fuimos pareja.

Casi escupí el café.

—¿Qué?

—Él estuvo enamorado de mí cuando éramos jóvenes. Yo nunca correspondí.

—Pero todos dicen…

—Todos dicen muchas cosas sobre Adrián.

Me miró fijamente.

—También dicen que cambia de mujer cada semana, ¿verdad?

No respondí.

Su Su sonrió.

—Pregúntales cuándo fue la última vez que alguien lo vio realmente con otra mujer desde que empezó contigo.

Aquella frase me acompañó todo el día.

Así que investigué.

No amantes.

No hoteles.

No transferencias sospechosas.

Busqué algo mucho más sencillo:

Los últimos tres años de Adrián.

Y encontré algo ridículo.

Las famosas chicas que aparecían constantemente a su alrededor eran modelos contratadas para eventos, amigas de sus socios, primas de amigos, influencers buscando fotografías.

Pero él siempre se marchaba solo.

O conmigo.

Llamé a uno de sus mejores amigos.

—Dime la verdad. ¿Adrián me ha engañado?

Hubo silencio.

Después una carcajada.

—¿Tú todavía no lo sabes?

—¿Saber qué?

—Ese idiota dejó de acostarse con otras mujeres después de conocerte.

Me quedé congelada.

—Imposible.

—Nadia, llevamos tres años burlándonos de él.

—Entonces ¿por qué nunca corrigió su reputación?

—Porque decía que mientras tú confiaras en él, le daba igual lo que pensara el resto.

Colgué.

Sentí ganas de estrangularlo.

Y quizá besarlo.

Principalmente estrangularlo.

Pero todavía quedaba una cuestión.

Ser fiel no convertía automáticamente a un hombre en alguien con quien construir una familia.

Yo quería estabilidad.

Así que aquella noche puse frente a Adrián una hoja.

Él la miró.

—¿Qué es esto?

—Examen para marido.

Levantó lentamente los ojos.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Primera pregunta:

“Si tu esposa y tus amigos te necesitan al mismo tiempo, ¿a quién eliges?”

Adrián escribió:

“A mi esposa. Mis amigos tienen piernas.”

Segunda:

“Si discutimos, ¿desaparecerías toda la noche?”

“No. Dormiría en el sofá. Es mi casa.”

Tercera:

“¿Quieres hijos?”

Su bolígrafo se detuvo.

Mi corazón también.

Finalmente escribió:

“Contigo, sí.”

Tragué saliva.

Última pregunta:

“¿Qué harías si un día mi madre enfermara gravemente y yo tuviera que dedicar meses a cuidarla?”

Adrián dejó el bolígrafo.

—Eso no es hipotético.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

Sacó el teléfono.

Abrió una conversación.

Era con mi madre.

Había mensajes desde hacía semanas.

Citas médicas.

Resultados.

Especialistas.

Medicamentos.

Todo.

—¿Cómo tienes esto?

—Tu madre me llamó antes de la operación.

Me quedé sin palabras.

Adrián continuó:

—Tú estabas asustada. Ella también. Me pidió que no te dijera nada porque sabía que intentarías encargarte de todo sola.

Pasó la pantalla.

Había una transferencia.

Una cantidad enorme.

—¿Pagaste esto?

—El tratamiento complementario.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Su respuesta llegó inmediatamente.

—Porque ayudar a tu madre no era una inversión para cobrarte después.

Ahí estaba.

La prueba que llevaba semanas buscando.

No estaba en su teléfono.

No estaba debajo de ninguna cama.

No estaba en la casa de Su Su.

Estaba en todas las cosas que Adrián había hecho sin anunciar.

Me senté lentamente.

—Entonces ¿por qué sigues comportándote como un idiota?

Adrián soltó una carcajada.

—Eso sí puedo intentar mejorarlo.

—Y el bar.

—Puedo ir menos.

—Las mujeres pegadas a ti.

—Fuera.

—Tu frase de “de todas, eres a quien más quiero”.

Adrián hizo una mueca.

—Esa frase me gusta.

—La odio.

—Entonces la cambio.

Se acercó.

—De todas, ya solo quedas tú.

Lo miré.

—Terrible.

—Estoy aprendiendo.

Dos semanas después, mi madre volvió a casa.

Adrián apareció con fruta, medicamentos y una carpeta donde había organizado cada revisión médica de los siguientes seis meses.

Mi madre la abrió.

Después me miró.

—¿Todavía quieres dejarlo?

—Mamá…

Ella sonrió.

—Te dije que para casarte eligieras al fiable.

Miré a Adrián.

El hombre con la peor reputación de la ciudad estaba en la cocina leyendo tres veces las instrucciones de un medicamento porque temía equivocarse con la dosis.

Suspiré.

Había cometido un error.

Confundí reputación con carácter.

Y espectáculo con verdad.

Esa noche Adrián dejó un pequeño estuche sobre mi mesa.

Dentro había un anillo.

—No voy a preguntarte hoy —dijo—. Primero quiero demostrarte que puedo darte esa vida distinta que buscas.

Cerró la caja.

—Cuando estés segura, me lo dices tú.

Por primera vez, no hizo bromas.

No intentó seducirme.

No me presionó.

Simplemente esperó.

Y fue precisamente entonces cuando comprendí la ironía.

Había pasado semanas buscando una razón para dejar al hombre menos fiable que conocía.

Y terminé descubriendo que, cuando la vida dejó de ser divertida…

él ya estaba allí.

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