PARTE 2: LA INVERSIÓN CANCELADA

A las nueve de la mañana, Mauricio recibió dos documentos.

El primero era mi solicitud de divorcio.

El segundo llegó cinco minutos después.

NexoWare no recibiría los 120 millones de pesos.

Yo estaba sentada en la sala de juntas de Horizonte Capital cuando mi director financiero preguntó:

—¿Cancelamos definitivamente?

—Definitivamente.

No era venganza.

La inversión todavía no estaba firmada, y después de revisar personalmente la empresa descubrí algo que antes había ignorado por confiar en Mauricio.

Había maquillado deudas.

Inflado proyecciones.

Y utilizado parte del capital de inversionistas anteriores para pagar gastos personales de su familia.

Mi matrimonio no había destruido NexoWare.

Solo había dejado de protegerla.

A las 9:17 Mauricio llamó.

No contesté.

9:19.

Otra llamada.

Después apareció un mensaje:

“Valeria, tenemos que hablar. El fondo canceló sin explicación.”

Sonreí.

Todavía no lo entendía.

Hasta que esa tarde fue convocado a las oficinas de Horizonte Capital.

Mauricio llegó acompañado por Beatriz.

Ella llevaba el mismo bolso que meses atrás había presumido diciendo que su hijo se lo había comprado “con su propio esfuerzo”.

Cuando entraron en la sala de juntas, ambos se quedaron inmóviles.

Yo ocupaba la cabecera.

Mauricio me miró.

Luego vio mi nombre grabado frente al asiento.

VALERIA CRUZ
PRESIDENTA EJECUTIVA

—¿Qué haces aquí?

—Trabajo.

Beatriz soltó una risa nerviosa.

—¿Presidenta? ¿Tú?

Mi director jurídico colocó varios expedientes sobre la mesa.

—La señora Cruz es también la accionista controladora de Horizonte Capital.

Mauricio perdió el color.

Entonces comprendió.

Los inversionistas que llevaba seis meses intentando impresionar.

Las reuniones.

Los análisis.

Los 120 millones.

Todo terminaba conmigo.

—Valeria… —murmuró—. Podemos arreglar lo de anoche.

—No estamos aquí para hablar de nuestro matrimonio.

Abrí el expediente.

—Estamos aquí porque NexoWare presentó información financiera que no coincide con sus registros reales.

Su expresión cambió.

Beatriz dejó de sonreír.

—Además —continué—, varios gastos personales aparecen cargados como costos corporativos.

Pasé una página.

—Viajes.

—Joyas.

—Un automóvil.

Miré el bolso de Beatriz.

—Y algunas compras bastante fáciles de reconocer.

Mauricio golpeó la mesa.

—¡Estás haciendo esto porque discutimos!

—No.

Deslicé el informe hacia él.

—Estoy haciendo exactamente lo que habría hecho si jamás me hubiera casado contigo.

Aquello lo destruyó.

Porque no podía acusarme de quitarle algo suyo.

Los 120 millones nunca habían sido suyos.

Eran una oportunidad.

Y él mismo había demostrado que no la merecía.

Beatriz intentó intervenir.

—Valeria, somos familia.

La miré.

—Anoche me explicó perfectamente qué significa ser familia para usted.

Silencio.

Me puse de pie.

—La reunión terminó.

Mauricio me siguió hasta la puerta.

—¡Espera!

Me volví.

Su voz ya no tenía arrogancia.

—¿Todo este tiempo eras tú?

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Quería saber si me amarías sin dinero.

Hice una pausa.

—La respuesta terminó llegando en nuestra noche de bodas.

Sus ojos bajaron hacia mi labio.

Por primera vez pareció comprender realmente lo que había hecho.

Pero comprenderlo tarde no lo convertía en inocente.

—Valeria…

Abrí la puerta.

—Habla con mi abogada.

Y me marché.

Aquella noche dormí sola en mi departamento.

Sin cubetas.

Sin órdenes.

Sin miedo a quién abriría la puerta.

Mauricio había dicho que en una semana volvería rogando.

Una semana después, fue él quien seguía llamando.

Yo ya había dejado de contestar.

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