Esa noche, Ethan llamó a mi puerta.
Tres golpes.
Cuando abrí, estaba solo.
—¿Qué análisis?
Sentí que el corazón se me encogía.
—No sé de qué hablas.
—El mensaje de tu médico.
—No es asunto tuyo.
Su mandíbula se tensó.
—¿Estás enferma?
Durante tres años había imaginado muchas conversaciones con Ethan.
Ninguna empezaba así.
—Sí.
—¿Qué tienes?
Lo miré fijamente.
—¿Realmente quieres saberlo?
No respondió.
Entonces dije únicamente lo necesario.
—Es grave, Ethan.
Toda la dureza de su rostro desapareció.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tiempo.
—¿Y estás viajando así?
—Precisamente por eso estoy aquí.
Sus ojos cambiaron.
Por fin comprendió.
—La promesa.
Asentí.
—Quería llegar al lago.
Ethan retrocedió como si necesitara espacio para respirar.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Solté una pequeña risa.
—Llevamos tres años separados.
—No hablo de ahora.
Su voz se quebró.
—Hablo de entonces.
Ahí estaba la verdadera pregunta.
¿Por qué desaparecí?
Me apoyé contra el marco.
—Porque tu padre vino a verme.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu familia ya había decidido tu futuro. La empresa, tu matrimonio, tus responsabilidades. Yo era la chica enferma que podía convertirse en una carga.
—Mi padre no tenía derecho…
—Lo sé.
—¿Te pagó?
Aquello me dolió.
—¿Eso creíste de mí?
Ethan cerró los ojos.
—Durante tres años intenté encontrar una explicación que doliera menos que pensar que simplemente dejaste de amarme.
Entré en la habitación y saqué de mi mochila una carpeta vieja.
Dentro todavía conservaba documentos médicos de aquella época.
Se los entregué.
—Mi enfermedad empezó a empeorar justo entonces. Tu padre lo descubrió.
Ethan leyó en silencio.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Me dijo que si realmente te amaba, debía dejarte construir una vida que no terminara girando alrededor de hospitales.
—¿Y tú decidiste por mí?
—Sí.
—Luna…
—Fue un error.
Por primera vez lo admití en voz alta.
—Pensé que desaparecer sería más fácil para ti que verme deteriorarme.
Ethan levantó los ojos.
Había rabia en ellos.
Pero también algo peor.
Dolor.
—Te odié.
—Lo sé.
—Aprendí a odiarte porque era la única manera de dejar de esperarte.
No supe qué responder.
Entonces escuchamos una voz.
—Ethan.
Amelia estaba al final del pasillo.
Nos había oído.
No parecía enfadada.
Parecía devastada.
Ethan se separó de mí inmediatamente.
—Amelia…
Ella levantó una mano.
—¿Ella es Luna?
Silencio.
Amelia me miró.
—¿La chica de la promesa?
Asentí.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Amelia empezó a llorar.
—Qué idiotas son los dos.
Ethan parpadeó.
—¿Qué?
—Tres años sufriendo porque ninguno fue capaz de decir la verdad.
Se limpió las lágrimas.
Después me miró.
—Y tú estás aquí enferma, intentando llegar sola a ese lago.
—Amelia…
—No.
Se volvió hacia Ethan.
—Tienes que llevarla.
Él negó.
—Nuestra sesión de fotos…
Amelia soltó una carcajada triste.
—¿De verdad crees que quiero hacer fotografías mientras finges que no acabas de descubrir esto?
Entonces se quitó el anillo.
Mi respiración se detuvo.
Pero ella sonrió.
—Tranquila. No es lo que piensas.
Miró a Ethan.
—Creo que ya es hora de que se lo expliques.
Él permaneció callado.
Amelia suspiró.
—Ethan no es mi esposo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Y tampoco es mi prometido.
Sentí que el suelo desaparecía.
Amelia levantó el anillo.
—Trabajo para una firma de publicidad. Él invirtió en una campaña turística y necesitábamos una pareja para unas fotografías promocionales. El modelo masculino canceló.
Miró a Ethan.
—Nuestro señor simpático aceptó sustituirlo porque aparentemente prefiere congelarse en Islandia antes que sonreír delante de una cámara.
—Entonces…
—Lo de “mi esposo” fue una broma —dijo ella—. Una bastante desafortunada, ahora que conozco la historia.
Miré a Ethan.
Él no apartó los ojos.
—Nunca me casé.
Mi corazón dio un golpe doloroso.
—¿Por qué?
Su respuesta llegó despacio.
—Porque cada vez que imaginaba hacerlo, recordaba una promesa junto a un lago en Islandia.
No quise llorar.
Pero lloré.
No porque aquello arreglara el pasado.
No lo hacía.
Tres años seguían siendo tres años.
Y mi enfermedad seguía existiendo.
A la mañana siguiente, la tormenta disminuyó.
El guía desaconsejó alejarnos del grupo, pero finalmente organizaron el traslado hasta un punto seguro próximo al lago.
Cuando llegamos, el cielo comenzaba a oscurecer.
Caminé despacio.
Ethan permaneció a mi lado, sin tocarme.
Como si entendiera que acompañarme no significaba recuperar automáticamente el lugar que había perdido.
Llegamos al borde del agua.
Saqué la carta.
Ethan la reconoció.
—¿Era para mí?
—Sí.
—¿Qué dice?
Miré el sobre durante unos segundos.
Después lo rompí.
Los pedazos quedaron en mi mano.
—Que lo sentía.
—¿Por qué la rompes?
—Porque ya no necesito despedirme de una versión de ti que existía solamente en mi cabeza.
Ethan respiró profundamente.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero mirar el cielo.
Nos sentamos.
Amelia permaneció lejos con el resto del grupo.
Pasaron veinte minutos.
Luego treinta.
Pensé que quizá aquella noche no veríamos nada.
Hasta que una línea verde apareció sobre las montañas.
Después otra.
El cielo comenzó a moverse.
Verde.
Azul.
Una luz inmensa extendiéndose sobre nosotros.
Me quedé sin palabras.
Ethan tampoco habló.
Solo después de un largo rato dijo:
—Llegaste.
Sonreí.
—Llegamos.
Entonces añadió:
—No voy a pedirte que volvamos.
Lo miré sorprendida.
—No sería justo. No después de tres años. Y mucho menos ahora, cuando podrías sentir que tienes que decir que sí porque queda poco tiempo.
Sus ojos estaban húmedos.
—Solo quiero preguntarte una cosa.
—¿Cuál?
—¿Puedo estar presente mientras tú quieras que esté?
No prometió salvarme.
No prometió milagros.
No convirtió mi enfermedad en una historia sobre él.
Simplemente me dejó elegir.

Y por primera vez desde que había recibido el diagnóstico, sentí que todavía tenía algo que decidir.
Extendí mi mano.
Ethan la tomó.
—Sí.
Nos quedamos mirando la aurora.
No sabía cuánto tiempo me quedaba.
Pero aquella noche comprendí que cumplir una última promesa no tenía por qué significar despedirse de la vida antes de tiempo.
A veces significaba exactamente lo contrario.
Significaba dejar de gastar los días restantes huyendo de la verdad.
Tres años atrás, Ethan y yo prometimos:
“Si algún día nos perdemos, nos encontraremos allí.”
Nos perdimos.
Muchísimo.
Pero bajo aquel cielo de Islandia, finalmente nos encontramos.
No como la pareja que habíamos sido.
No como dos personas obligadas a recuperar el pasado.
Sino como dos seres humanos que todavía tenían algo pendiente mucho más importante que una historia de amor:
Decirse la verdad mientras aún estaban a tiempo.