PARTE 2: EL EMBRIÓN QUE NADIE ESPERABA

Julia fue la primera en reaccionar.

—Eso es imposible.

Gabriel la miró.

—¿Qué significa que no es mío?

Por primera vez, ella no tuvo respuesta.

Yo sí.

—A la séptima semana detecté una incompatibilidad en los registros del tratamiento. No sabía quién había manipulado el procedimiento, así que repetí las pruebas de forma independiente.

Diana intentó acercarse.

—Nadia, estás en trabajo de parto. No estás pensando con claridad.

La mujer del traje gris abrió la carpeta.

—Doctora Shu, aléjese de la paciente.

Diana se detuvo.

—¿Quién es usted?

—Supervisión médica regional.

Su rostro perdió el color.

Uno de los agentes mostró una orden.

—Desde este momento no puede acceder a los sistemas, historiales ni laboratorios vinculados al caso.

Gabriel seguía mirando a Julia.

—Dime quién es el padre.

—Gabriel…

—¡Dímelo!

Julia comenzó a llorar.

—Yo creía que eras tú.

Aquella frase terminó de romperlo.

Porque Gabriel había destruido nuestro matrimonio para proteger al supuesto hijo que tendría con ella.

Solo que alguien también lo había engañado a él.

Mi abogado se acercó a la camilla.

—Nadia, ya tenemos suficiente. Ahora debes recibir atención médica.

Asentí.

Miré a la jefa de Enfermería.

—Quiero otro equipo.

—Por supuesto.

—Diana no entra.

—Entendido.

Gabriel avanzó.

—Yo voy contigo.

—No.

Se quedó inmóvil.

—Soy tu esposo.

—Por ahora.

Las puertas del quirófano se cerraron delante de él.

Horas después desperté en recuperación.

Mi bebé estaba estable.

Eso era lo único que me importaba.

Mi abogado esperaba fuera con nuevas noticias.

La revisión de los servidores había encontrado modificaciones en mis consentimientos médicos.

Accesos realizados con las credenciales de Diana.

Registros alterados.

Y comunicaciones entre ella, Gabriel y Julia anteriores a la transferencia.

Pero también encontraron algo que ninguno de ellos esperaba.

El embrión que creían perteneciente a Julia y Gabriel no coincidía con la documentación del laboratorio.

Había ocurrido una segunda sustitución.

Esta vez, sin que Gabriel lo supiera.

La investigación tendría que determinar cómo.

Cuando Gabriel volvió a verme dos días después, parecía no haber dormido.

—Julia desapareció.

No respondí.

—Su teléfono está apagado.

Seguí mirando los documentos que tenía delante.

—Nadia, necesito saber qué descubriste.

Finalmente levanté la vista.

—¿Ahora necesitas mi ayuda?

—También me engañaron.

—Sí.

Cerré la carpeta.

—La diferencia es que tú elegiste engañarme primero.

Puse delante de él tres documentos.

El primero era mi solicitud de divorcio.

El segundo revocaba cualquier autorización que tuviera sobre mis empresas y bienes.

El tercero era una copia de la denuncia relacionada con la manipulación de mi tratamiento médico.

Gabriel miró las hojas.

—¿Vas a destruirme?

—No.

—Entonces ¿qué es esto?

—Consecuencias.

Sus ojos se llenaron de desesperación.

—Lo hice por amor.

—No.

Negué lentamente.

—Lo hiciste porque pensabas que mi cuerpo te pertenecía lo suficiente como para decidir por mí.

No encontró respuesta.

Semanas después, la investigación reveló finalmente la verdad.

Julia había mantenido otra relación durante el periodo en que se obtuvieron las muestras utilizadas en el tratamiento.

Había ocultado esa posibilidad porque quería que Gabriel creyera que aquel hijo era suyo.

Diana había manipulado documentos para facilitar el procedimiento.

Y Gabriel había autorizado decisiones que jamás tuvo derecho a tomar por mí.

Los tres habían construido su plan convencidos de que yo descubriría la verdad demasiado tarde.

Pero cometieron un error.

Yo había comenzado a investigar en la séptima semana.

Meses antes de aquella confesión.

El hospital suspendió a Diana mientras avanzaba la investigación.

Gabriel perdió su puesto en mis negocios.

Y Julia desapareció de su vida tan rápido como había entrado.

La última vez que Gabriel vino a verme, yo sostenía al bebé junto a la ventana.

—¿Algún día me dejarás conocerlo? —preguntó.

Lo miré.

—Eso no lo decides tú.

Bajó la cabeza.

—Creí que estaba sacrificando nuestro matrimonio por mi hijo.

—Y terminaste sacrificándolo por una mentira.

Gabriel cerró los ojos.

Yo había pasado nueve meses creyendo que el mayor secreto estaba dentro de mi vientre.

Me equivocaba.

El verdadero secreto estaba alrededor de mí:

un esposo que creía poder decidir sobre mi cuerpo,

una hermana que confundió resentimiento con derecho,

y una mujer que creyó que podía convertir mi vida en el precio de su deseo.

Ellos prepararon aquella confesión frente al quirófano porque pensaban que ya era demasiado tarde para detenerlos.

No entendieron algo muy sencillo.

Yo no había esperado nueve meses para descubrir la verdad.

Había esperado nueve meses para que todos ellos la confesaran.

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