PARTE 2: LA MUJER QUE NUNCA EXISTIÓ

Me quedé mirándolo.

—¿Qué quieres decir con que nunca existió?

Marcus apartó lentamente la mano de la pared.

—Olivia asumió que tenía novia. Yo nunca la corregí.

Sentí que algo no encajaba.

—Entonces, cuando dijo que te habían dejado…

—Mentí.

—¿Por qué?

Su mandíbula se tensó.

—Porque estabas sentada delante de mí fingiendo tener novio.

Solté una risa incrédula.

—No tienes derecho a estar celoso.

—Lo sé.

Aquella respuesta me desarmó más que cualquier discusión.

Cuatro años antes, Marcus había sido quien terminó conmigo.

Sin explicaciones.

Sin despedida real.

Y ahora aparecía en mi apartamento confesando que una caja de preservativos lo había hecho perder la calma.

—Tú me dejaste —dije.

—Sí.

—Me dijiste que aquello no podía continuar.

—Sí.

—Entonces explícame qué haces aquí.

Marcus permaneció callado unos segundos.

Después sacó su teléfono.

Abrió una fotografía antigua.

Éramos nosotros.

Yo dormida sobre su hombro en un sofá.

Él miraba hacia la cámara con una expresión que nunca había visto.

—¿Quién tomó eso?

—Olivia.

—¿Ella sabía?

—Nos encontró dormidos una mañana.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Me pidió que terminara contigo.

Lo miré fijamente.

Marcus continuó:

—No porque te odiara. Porque acababa de entrar en una unidad donde podía desaparecer durante meses. Había recibido una asignación peligrosa y no sabía cuándo regresaría.

—Eso seguía siendo decisión mía.

—Lo sé ahora.

—No, Marcus. Lo sabías entonces.

Bajó los ojos.

Tenía razón.

—Pensé que sería más fácil si me odiabas.

—Funcionó.

Aquello le dolió.

Lo vi.

Y no sentí satisfacción.

Solo cansancio.

—Cuatro años —murmuré—. Pudiste explicarlo en cualquier momento.

—Cuando regresé, pensé que ya habías seguido adelante.

—¿Porque no fui corriendo detrás de ti?

No respondió.

Entonces mi teléfono vibró.

Olivia.

“¿Mi hermano sigue ahí?”

Levanté lentamente la mirada.

Marcus vio el mensaje.

—Ella sabe que estoy aquí.

—Claro que lo sabe.

Escribí:

“Ven.”

Veinte minutos después, Olivia entró en mi apartamento sonriendo.

La sonrisa desapareció al vernos sentados en extremos opuestos del sofá.

—¿Qué pasó?

Le mostré la fotografía.

Olivia palideció.

—Marcus…

—Cuéntaselo tú —dije.

Mi amiga cerró los ojos.

—Serena, yo tenía veinte años. Mi hermano acababa de recibir una misión terrible. Tú estabas completamente enamorada de él. Pensé que si algo le ocurría…

—Decidiste por mí.

—Sí.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Y fue una estupidez.

Marcus añadió:

—La decisión final fue mía. No la culpes a ella.

Lo miré.

—No necesito que me digas a quién culpar.

Silencio.

Entonces Olivia vio la caja sobre la mesa.

Frunció el ceño.

—Espera.

La señaló.

—¿Todavía estamos hablando de mis preservativos?

Marcus giró lentamente la cabeza.

—¿Tus qué?

Olivia se tapó la boca.

Demasiado tarde.

—Olivia.

—Bueno…

—¿Serena no tiene novio?

Mi amiga retrocedió hacia la puerta.

—Técnicamente nunca dije que lo hubiera visto.

—Dijiste literalmente que lo conocías.

—Conozco muchos hombres.

Marcus cerró los ojos.

Yo empecé a reír.

No pude evitarlo.

Cuatro años de sentimientos enterrados.

Una relación secreta.

Una ruptura absurda.

Una novia inexistente.

Un novio inexistente.

Y todo había explotado por una caja que ni siquiera era mía.

Olivia aprovechó mi risa para escapar.

—Los quiero muchísimo. Resuelvan sus traumas ustedes solos.

La puerta se cerró.

Marcus y yo volvimos a quedarnos solos.

Él miró la caja.

Después a mí.

—Entonces no hay novio.

—No.

Su expresión cambió apenas.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Te conozco.

—Ese es precisamente el problema. Creías conocerme lo suficiente para decidir mi vida sin preguntarme.

La sonrisa desapareció.

—Tienes razón.

Se levantó.

Pensé que intentaría convencerme.

No lo hizo.

Recogió sus llaves.

—No voy a pedirte que olvides cuatro años porque aparecí celoso en tu puerta.

Llegó hasta la entrada.

—Pero tampoco voy a volver a mentirte.

Abrió.

Entonces se detuvo.

—Sigo enamorado de ti.

Mi corazón dio un golpe.

Marcus no se volvió.

—Esta vez no voy a decidir por los dos.

Y se marchó.

Me quedé mirando la puerta cerrada.

Después miré aquella ridícula caja sobre la mesa.

Sonó mi teléfono.

Mensaje de Marcus:

“Por cierto, mañana te invito a cenar.”

Otro apareció inmediatamente.

“No como tu ex.”

Y un tercero:

“Como el hombre que piensa empezar de cero, si tú se lo permites.”

Sonreí.

No respondí enseguida.

Después de cuatro años, Marcus podía esperar unas horas.

Pero aquella noche comprendí algo.

La caja que Olivia había puesto en mis manos para salvar su propia relación casi destruyó su mentira.

Y terminó revelando una mucho más antigua:

Marcus nunca había dejado de quererme.

Solo había sido demasiado orgulloso para regresar.

Y esta vez, si quería entrar de nuevo en mi vida, tendría que hacerlo por la puerta.

Sin secretos.

Sin decisiones tomadas por mí.

Y, sobre todo…

sin novias imaginarias.

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