Ethan tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Señora… presidenta?
Mi asistente, Victoria, ni siquiera lo miró.
Solo esperaba mi respuesta.
—Cancela la cooperación —dije—. Los diez mil millones quedan retirados.
El director financiero de Moore Group se levantó de golpe.
—¡Señora, espere! Ese proyecto representa casi la mitad de nuestra expansión de los próximos tres años.
—Lo sé.
Por eso dolería.
Ethan consiguió soltarse de los guardaespaldas.
—Clara, deja de actuar.
Lo miré.
Todavía no lo entendía.
Durante tres años había ocultado mi identidad porque quería saber si Ethan podía crecer sin vivir bajo mi apellido.
Cuando lo conocí era un vendedor sin contactos.
Tenía ambición.
Ideas.
Y aparentemente, mucha hambre de poder.
Yo había conseguido para Moore Group sus primeros grandes distribuidores.
Después facilité financiación mediante sociedades que Ethan nunca relacionó conmigo.
Finalmente, cuando propuso aquel proyecto de diez mil millones, fui yo quien convenció al consejo de mi grupo para respaldarlo.
Él pensó que había llegado hasta allí solo.
Yo nunca se lo discutí.
Quería que tuviera orgullo.
No imaginé que algún día ese orgullo se convertiría en desprecio hacia mí.
Ethan señaló a Victoria.
—¿Qué clase de broma es esta?
Ella abrió la tablet.
—Clara Bennett es la accionista de control de Bennett Capital y presidenta de su comité de inversiones.
Un murmullo atravesó el salón.
Olivia dejó de llorar.
—Eso es imposible.
Victoria continuó:
—Bennett Capital controla el vehículo que iba a aportar diez mil millones al proyecto conjunto.
Miró a Ethan.
—Sin la aprobación de la presidenta Bennett, el dinero no entra.
Ethan palideció.
—Clara…
Esta vez mi nombre sonó diferente.
Ya no como el de una esposa incómoda.
Como el de alguien a quien necesitaba.
Su teléfono comenzó a sonar.
Después otro.
Y otro.
Los ejecutivos de Moore Group también empezaron a recibir llamadas.
La noticia ya estaba circulando.
El proyecto quedaba suspendido.
Los bancos querían explicaciones.
Los socios querían saber qué había ocurrido.
Y algunos miembros del consejo querían saber por qué su flamante director comercial había provocado personalmente la salida del mayor inversor de la compañía.
Olivia se puso lentamente de pie.
—Ethan, dijiste que ese proyecto era tuyo.
Él no respondió.
—Dijiste que después de cerrarlo controlarías la empresa.
Silencio.
Ella miró hacia mí.
Entonces comprendió.
No había seducido al futuro dueño de un imperio.
Había apostado por un hombre que estaba usando el mío.
Me acerqué a Ethan.
—Querías el divorcio inmediatamente si tocaba a Olivia.
Señalé los documentos en el suelo.
—Te ahorré el trámite.
Él me agarró de la muñeca.
—Clara, estaba enfadado.
—Suéltame.
—Podemos hablar en casa.
—Ya no tenemos una casa.
Su mano se aflojó.
—¿Qué significa eso?
—La vivienda está a nombre de una sociedad mía.
Su rostro cambió.
—El coche que conduces también.
—Clara…
—Y las acciones que creías haber recibido como recompensa por tu desempeño fueron adquiridas mediante un plan financiado por mi fondo.
Hice una pausa.
—No voy a quitarte nada que legalmente sea tuyo.
—Pero tampoco seguiré regalándote lo mío.
Entonces Olivia gritó:
—¡Ethan, haz algo!
Él se volvió hacia ella.
Por primera vez no corrió a protegerla.
—Cállate.
Olivia quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¡Te dije que no hicieras ninguna escena esta noche!
Ella lo miró horrorizada.
—Tú dijiste que después de anunciar mi embarazo ella tendría que marcharse.
El salón volvió a quedar en silencio.
Ethan cerró los ojos.
Demasiado tarde.
Victoria había grabado toda la conversación.
Yo sonreí.
—Gracias, Olivia.
—Acabas de facilitar bastante mi divorcio.
Me marché.
Tres meses después, el proyecto de diez mil millones se adjudicó a otro socio.
Moore Group perdió su expansión más importante.
Ethan fue apartado de la dirección comercial después de que el consejo descubriera varias decisiones que había ocultado para favorecer a Olivia.
Nuestro divorcio terminó poco después.
La última vez que lo vi fue fuera del despacho de los abogados.
—Clara.
Me detuve.
Parecía agotado.
—Si hubiera sabido quién eras…
Lo miré.
Y esa frase confirmó que había tomado la decisión correcta.
—Ese era exactamente el problema, Ethan.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que necesitabas saber quién era para respetarme.
Entré en el ascensor.
Antes de que las puertas se cerraran añadí:
—Yo solo necesitaba saber quién eras tú.
Las puertas se cerraron entre nosotros.
Ethan creyó que aquella noche había elegido entre su amante y su esposa.
En realidad, yo estaba eligiendo entre seguir financiando al hombre que me había traicionado…

o recuperar todo lo que había construido.
Y aquella vez no necesité contar hasta diez.
Me bastó una palabra.
—Retírenlo.