PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE PERTENECERLES

Apenas había llegado al ascensor cuando escuché pasos detrás de mí.

—¡Victoria!

Era Ethan.

No me detuve.

—¡Espera!

Las puertas comenzaron a cerrarse, pero metió una mano entre ellas.

—Explícame lo del proveedor del Grupo Lu.

Sonreí.

Eso era lo primero que quería saber.

No por qué había renunciado.

No dónde había vivido aquel año.

No por qué había regresado sin equipaje.

La empresa.

—Mañana podrás leer el comunicado.

—¡Nuestra familia tiene inversiones vinculadas al Grupo Lu!

—Lo sé.

Su rostro cambió.

—¿Lo planeaste?

—No. Construí una empresa. Que ustedes dependan ahora de ella es simplemente una coincidencia muy conveniente.

Las puertas se cerraron.

Mi teléfono vibró antes de llegar al vestíbulo.

Papá.

Después mamá.

Ethan.

Adrian.

Finalmente apareció un mensaje de Stella:

“Yo nunca quise quitarte tu familia.”

Lo leí dos veces.

Respondí:

“Entonces quédatela.”

Y bloqueé el número.

A la mañana siguiente, a las nueve, nuestra adquisición se hizo pública.

A las nueve y siete Adrian estaba esperando en la recepción de mi nueva oficina.

No llevaba los gemelos que yo le había regalado.

Tampoco llevaba el anillo.

—¿Dónde está Stella? —pregunté.

—La ceremonia no ocurrió.

Seguí caminando.

—Eso ya no me corresponde.

Adrian me alcanzó.

—Nunca quise casarme con ella.

Me giré.

—Pero durante un año respondiste sus llamadas.

—La acompañaste cuando tenía miedo.

—Permitiste que usara mi vestido.

—Y ayer, cuando te pedí que le quitaras mi anillo, no lo hiciste.

No respondió.

—Ese es el problema, Adrian.

—Nunca elegías a Stella por completo.

—Pero tampoco me elegías a mí cuando hacerlo tenía un costo.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y ahora vas a destruir al Grupo Lu para vengarte?

—No.

Abrí la puerta de la sala de juntas.

—Eso sería demasiado personal.

Dentro había doce ejecutivos esperando.

Sobre la pantalla aparecía nuestro nuevo contrato de suministro.

—Si su empresa quiere seguir trabajando con nosotros, tendrá las mismas condiciones que cualquier otro cliente.

Adrian finalmente entendió.

Ya no tenía suficiente importancia en mi vida para convertirse en enemigo.

Aquello pareció dolerle más que cualquier venganza.

Esa tarde mi familia apareció.

Todos.

Mi padre fue el primero en hablar.

—Retira la renuncia.

—No.

—Las acciones de tu abuelo te pertenecen.

—Ya no.

Mi madre tenía los ojos hinchados.

—Victoria, estábamos intentando proteger a Stella.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué nos castigas?

La miré.

—No los estoy castigando.

—Simplemente dejé de pagar el precio de pertenecer a ustedes.

Silencio.

Ethan bajó la cabeza.

Fue él quien finalmente preguntó:

—¿Por qué no nos dijiste que estabas creando una empresa?

—Porque cuando intentaba demostrar que valía algo, ustedes siempre encontraban una razón para decirme que debía ceder.

Miré a mi madre.

—Así que dejé de pedir permiso.

Entonces apareció Stella.

No sé quién le había dicho dónde estábamos.

Entró llorando.

—Hermana, devolveré todo.

Sacó el anillo.

Lo dejó frente a mí.

—También el vestido.

—Y Adrian.

—No quiero nada.

Empujé suavemente el anillo hacia ella.

—Yo tampoco.

Su expresión se quebró.

—¿Entonces qué tengo que hacer para que vuelvas?

La pregunta me sorprendió.

Porque por primera vez Stella parecía comprender que aquello no era una competición.

—Nada.

—¿Me perdonas?

—Algún día quizá.

—¿Y volverás a casa?

Negué.

—Perdonar no significa regresar.

Mi madre comenzó a llorar.

Papá permaneció inmóvil.

Ethan cerró los ojos.

Y Stella observó el diamante que tanto había deseado.

De repente parecía una piedra sin valor.

Me levanté.

Tenía una reunión en diez minutos.

Una empresa que dirigir.

Una vida que continuar.

Cuando llegué a la puerta, Adrian seguía allí.

—Victoria.

Me volví.

—¿Alguna vez me quisiste de verdad?

Lo pensé.

—Sí.

Su expresión se suavizó.

Entonces terminé:

—Por eso tardé tanto en irme.

Salí.

Meses después, Stella abandonó la casa de los Xie por decisión propia.

Adrian nunca se casó con ella.

Mi familia intentó contactarme muchas veces.

Con el tiempo acepté algunas llamadas.

Después alguna cena.

Pero jamás regresé a vivir bajo su techo.

Porque había comprendido algo durante aquel año lejos:

Una familia puede pedirte que cedas una habitación.

Un vestido.

Una oportunidad.

Incluso un prometido.

Pero cuando siempre eres tú quien debe hacerse pequeña para que los demás estén cómodos, ya no te están pidiendo comprensión.

Te están enseñando cuál creen que es tu lugar.

Y yo finalmente había renunciado a ese lugar.

No para quedarme sin familia.

Sino para construir una vida donde nadie pudiera volver a decirme cuánto de mí debía entregar para merecer pertenecer.

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