No regresé a la residencia.
Tampoco llamé a Alejandro.
Conduje directamente al despacho de Mauricio Salas, el abogado que había administrado la herencia de mi madre.
Cuando puse sobre su escritorio los documentos de la propiedad y le conté lo ocurrido, tardó menos de cinco minutos en encontrar algo que yo había olvidado.
—Camila, Alejandro no puede poner esta casa a nombre de su madre.
Lo miré.
—¿Por qué?
Mauricio giró la escritura hacia mí.
—Porque nunca fue copropietario.
Sentí que el corazón se me detenía.
Años atrás, cuando compré la residencia, mi madre había dejado instrucciones específicas para proteger cualquier inmueble adquirido con su herencia.
Yo recordaba haber firmado muchos documentos.
Pero Alejandro había estado conmigo aquel día.
Habíamos hablado de “nuestra casa”.
Yo había asumido que finalmente figuraba a nombre de ambos.
No era así.
La escritura mostraba una sola propietaria.
Camila Ortega.
Mauricio me observó.
—Tu madre sabía que eras demasiado confiada.
Casi me reí.
Hasta después de morir, mamá seguía protegiéndome.
Entonces recordé algo.
—Esta noche tenemos la cena de compromiso con toda su familia.
Mauricio levantó una ceja.
—Perfecto.
Diez minutos antes de comenzar la cena llegué a la residencia.
Esta vez Carmen abrió la puerta.
Sonrió satisfecha.
—Sabía que volverías.
No respondí.
Dentro había casi veinte familiares.
Champaña.
Flores.
Regalos.
La familia Garza celebraba como si ya hubiera conquistado algo.
Durante la cena, Carmen comenzó a repartir órdenes sobre nuestra vida después del matrimonio.
Primero habló del dormitorio principal.
Después de la decoración.
Luego anunció:
—Lucía se mudará aquí.
Lucía, la hermana de Alejandro, sonrió.
—Solo ocuparé el segundo piso.
Miré a Alejandro.
—¿Tu hermana vivirá con nosotros?
Él ni siquiera pareció incómodo.
—Es temporal.
—¿Cuánto tiempo?
Carmen respondió por él.
—El tiempo que necesite.
Después Alejandro dejó los cubiertos.
—También hay otra cosa.
Me miró con la seguridad de un hombre convencido de que yo ya no podía escapar.
—Después de casarnos, depositarás tu sueldo completo en una cuenta que administrará mi mamá.
La mesa quedó en silencio.
—¿Mi sueldo?
—Mamá sabe manejar mejor el dinero.
Carmen sonrió.
—Tú recibirás una cantidad mensual para tus gastos personales.
—¿Cuánto?
—Ya veremos según tu comportamiento.
Lucía soltó una risita.
Alejandro continuó:
—Y necesitaremos firmar los documentos de la casa cuanto antes.
Entonces lo comprendí.
No era una familia preparándose para recibirme.
Era una familia repartiendo mi vida antes de que yo entrara oficialmente en ella.
Saqué las llaves de la residencia.
Las coloqué sobre la mesa.
Carmen sonrió inmediatamente.
—Así me gusta.
Pero yo saqué el teléfono.
Escribí solamente:
“Ya puedes entrar.”
Alejandro frunció el ceño.
—¿A quién escribiste?
Sonó el timbre.
Diez minutos después, Mauricio Salas entró cargando un expediente.
Carmen se levantó indignada.
—¿Quién es usted?
Mauricio abrió la carpeta.
—El abogado de la propietaria de esta residencia.
Alejandro sonrió.
—Entonces viene por mí.
Mauricio lo miró.
—No, señor Garza.
Después señaló hacia mí.
—Vengo por la doctora Camila Ortega, única propietaria legal de este inmueble.
Nadie habló.
Lucía dejó lentamente su copa.
Carmen palideció.
—Eso es imposible.
Mauricio colocó una copia certificada de la escritura sobre la mesa.
—La propiedad fue adquirida con fondos provenientes de una herencia protegida. El señor Alejandro Garza jamás adquirió participación sobre ella.
Alejandro tomó el documento.
Lo leyó una vez.
Después otra.
—Camila… tú dijiste que estaba a nombre de los dos.
—Eso creía.
Miré a Carmen.
—Por suerte, mi madre pensaba mejor que yo.
Carmen golpeó la mesa.
—¡Pero mi hijo lleva años viviendo aquí!
Mauricio permaneció tranquilo.
—Vivir en una propiedad no convierte a una persona en propietaria.
Entonces sacó otro documento.
—Y existe un problema adicional.
La cerradura había sido modificada sin autorización de la propietaria.
También habían intentado excluirla físicamente de su propia residencia.
Alejandro me miró.
—Podemos solucionar esto.
—Ya lo solucioné.
Me quité el anillo.
Lo coloqué junto a las llaves.
—La boda está cancelada.
Su rostro cambió.
—Camila, no seas impulsiva.
—¿Impulsiva?
Miré alrededor.
—Tu madre quería mi sueldo.
—Tu hermana, mi casa.
—Y tú querías que yo firmara ambas cosas sonriendo.
Carmen señaló hacia mí.
—¡Alejandro, no permitas que esta mujer humille a nuestra familia!
Mauricio cerró lentamente la carpeta.
—Precisamente sobre eso falta una última cuestión.
Sacó varias hojas.
—La señora Ortega solicita que todos los ocupantes sin autorización abandonen la propiedad conforme al procedimiento correspondiente.
Lucía se levantó.
—¡Pero mis cosas están arriba!
—Entonces será conveniente que empiece a empacarlas.
Carmen perdió completamente la compostura.
—¡Después de todo lo que hicimos por ti!
La miré.
—Hoy cambiaron la cerradura de mi casa para dejarme afuera.
Tomé las llaves de la mesa.
—Considérenlo mi regalo de despedida: ahora saben exactamente cómo se siente.
Alejandro corrió detrás de mí cuando salí.
—Camila.
No me detuve.
—¡Camila, espera! Podemos casarnos sin que mi madre administre nada.
Seguí caminando.
—Lucía tampoco tiene que mudarse.
Abrí mi automóvil.
Entonces dijo lo único que confirmó que estaba tomando la decisión correcta.
—¡Puedo convencer a mi madre!
Me giré.
—Ese siempre fue tu problema, Alejandro.
Lo miré por última vez.
—Creías que necesitabas convencerla a ella.
—Cuando la única persona a la que debías respetar era a mí.
Subí al automóvil.

Una semana después debía haber vestido de blanco para convertirme en la señora Garza.
En cambio, aquella mañana cambié personalmente la cerradura de mi casa.
Y esta vez solo registré una huella.
La mía.