PARTE 2: TREINTA DÍAS FUERON DEMASIADOS

—El compromiso queda cancelado.

La sala de juntas quedó muda.

Samantha Shen fue la primera en reaccionar.

—Adrian, ¿qué acabas de decir?

—Que no habrá compromiso.

El padre de Samantha golpeó la mesa.

—¡Ambas familias llevan meses negociándolo!

Adrian cerró la carpeta.

—Negociaron una alianza empresarial. No mi matrimonio.

Aquella misma mañana me llamó a su despacho.

Yo entré con mi carpeta de entrega.

—¿Qué necesita, señor Gu?

—¿Ya hablaste con Julian?

Así que lo sabía.

—Sí.

—Recházalo.

Lo miré.

—No.

Sus ojos se endurecieron.

—Puedo triplicar tu salario.

—No renuncié por dinero.

—Entonces dime qué quieres.

Durante seis años había esperado escuchar aquella pregunta.

Ahora llegaba demasiado tarde.

—Una vida donde mi teléfono pueda apagarse sin sentir que estoy abandonando a alguien.

Dejé la carpeta frente a él.

—Y un trabajo donde no tenga que organizar la fiesta de compromiso del hombre del que llevo años enamorada.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Ya estaba dicho.

No sentí alivio.

Solo cansancio.

—¿Por eso inventaste al novio?

Mi silencio respondió.

Adrian se levantó.

—Daniel Zhou no existe.

—Existe. Solo que nunca fue mi novio.

Por primera vez vi algo parecido a rabia y alivio cruzar simultáneamente su rostro.

—¿Por qué mentiste?

—Porque decir “renuncio porque estoy enamorada de mi jefe” me parecía bastante humillante.

—¿Y aceptar a Julian no?

—Julian me ofrece una carrera.

Lo miré directamente.

—Tú me ofreciste seguir siendo indispensable para ti sin preguntarte jamás qué significabas tú para mí.

Adrian no respondió.

Salí.

Pensé que aquello terminaría ahí.

Me equivoqué.

Durante las siguientes semanas dejó de llamarme fuera del horario laboral.

Contrató dos asistentes para repartir mis funciones.

Me devolvió fines de semana que llevaba años creyendo que no me pertenecían.

Y, sobre todo, dejó de intentar impedir mi marcha.

Eso fue lo que más me sorprendió.

El último día vacié mi escritorio.

Marcus apareció con un enorme ramo.

—Para nuestra fugitiva favorita.

Julian llegó después.

—El contrato está listo.

Tomé la carpeta.

Entonces vi a Adrian al final del pasillo.

No se acercó hasta que todos se marcharon.

Me entregó una pequeña caja.

Dentro estaba la planta que había dejado en mi antiguo despacho seis años atrás.

Había cambiado la maceta.

—Pensé que la olvidarías.

—Nunca olvido tus cosas.

Aquella frase habría destruido mi corazón un mes antes.

Ahora solo sonreí.

—Adiós, señor Gu.

—Jiang Chi.

Me detuve.

—Cancelé el compromiso porque nunca quise casarme con Samantha.

—Eso ya no tiene relación conmigo.

—Lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió.

Adrian respiró lentamente.

—Por eso no voy a pedirte que te quedes.

Me miró.

—Vete con Julian. Acepta el puesto. Construye algo que sea tuyo.

—¿Y tú?

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Yo tengo que aprender a resolver mis propias crisis.

Me reí.

Y me fui.

Seis meses después regresé al edificio Gu para cerrar una negociación en representación de la empresa de Julian.

Esta vez no llevaba café.

No sostenía la agenda de Adrian.

No estaba detrás de él.

Estaba sentada enfrente.

Cuando terminó la reunión, Adrian me alcanzó en el ascensor.

—Jiang Chi.

—¿Sí?

—Ya no eres mi secretaria.

—Eso parece.

—Y yo ya no estoy comprometido.

Lo miré.

Finalmente entendí hacia dónde iba.

—¿Estás intentando invitarme a cenar?

—Sí.

—Qué ineficiente. Has tardado seis años.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Salí.

Adrian permaneció dentro.

—¿Eso significa que no?

Me giré.

—Significa que ahora tendrás que aprender a esperar mi respuesta.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Por primera vez, vi a Adrian Gu sonreír como un hombre que acababa de perder el control de una situación…

y estaba encantado con ello.

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