Sebastián miró los cien disfraces.
Después me miró a mí.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Victoria, esto es absurdo.
Asentí.
—Entonces ya elegiste.
Subí las escaleras.
No estaba intentando conseguir que se disfrazara.
Quería saber cuánto estaba dispuesto a hacer por mí después de haber hecho algo ridículo sin dudarlo por Lina.
Saqué una maleta.
Diez minutos después, Sebastián apareció en la puerta.
—¿Adónde vas?
—A mi casa.
—Esta es tu casa.
—No esta noche.
Intentó tomar mi maleta.
No se la permití.
Entonces su teléfono sonó.
Lina.
Sebastián miró la pantalla.
Yo también.
—Contesta.
—No es necesario.
—Antes siempre lo era.
Por primera vez pareció comprender que aquello no trataba de un oso de felpa.
Rechazó la llamada.
Pero ya era tarde.
Me marché.
A la mañana siguiente, Lina publicó una fotografía llorando.
“Algunas personas convierten la gratitud en pecado.”
No mencionó nombres.
No hacía falta.
Horas después comenzaron los rumores de que yo, la esposa celosa, había obligado a Sebastián a romper relaciones con la mujer que había salvado a su abuela.
No respondí.
Sebastián sí.
Publicó personalmente el comunicado más breve que había emitido Grupo Zhao:
“Lina Li es beneficiaria de la gratitud de mi familia. Mi esposa es mi familia. No confundan ambas posiciones.”
Internet explotó.
Pero aquello tampoco bastó.
Tres días después regresé a la residencia Zhao porque la abuela había pedido verme.
Lina estaba allí.
Cuando entré, corrió hacia Sebastián.
—¡Sebastián! Explícale que yo nunca quise separarlos.
Extendió la mano hacia su manga.
Él retrocedió.
Lina quedó paralizada.
—Señorita Li —dijo Sebastián—, desde hoy otro miembro de la familia supervisará el tratamiento de mi abuela.
—¿Me estás echando?
—Estoy estableciendo límites que debí establecer antes.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por ella?
Sebastián negó.
—Por mí.
Después caminó hacia mí.
—Victoria, todavía te debo una respuesta.
No entendí hasta que los empleados abrieron las puertas.
Sebastián llevaba bajo el brazo una enorme cabeza de oso.
Casi me reí.
—¿Qué haces?
—Elegí.
Se puso el disfraz.
Delante de su abuela.
De Lina.
De todos los empleados.
Era probablemente el oso más serio que había visto en mi vida.
—Quedan noventa y nueve —dije.
Desde dentro del disfraz respondió:
—No abuses.
La abuela soltó una carcajada.
Incluso yo terminé riéndome.
Pero cuando estuvimos solos, Sebastián se quitó la cabeza del oso.
—No quiero que confundas esto con una disculpa suficiente.
Su expresión volvió a ponerse seria.
—Te hice sentir que proteger tus sentimientos era una molestia mientras protegía los de otra persona por costumbre.
Aquello sí importaba.
No el disfraz.
No Lina.
Que finalmente hubiera entendido.
—¿Y ahora?
Sebastián tomó mi mano.
—Ahora aprenderé la diferencia entre estar casado contigo y elegirte.
Miré los otros noventa y nueve disfraces.
—Empieza por el conejo.
Cerró los ojos.
—Victoria.

Sonreí.
Por primera vez desde aquella fotografía viral, ya no sentí ganas de marcharme.
Y Sebastián aprendió una lección que probablemente recordaría durante el resto de nuestro matrimonio:
nunca le digas “estás llevando esto demasiado lejos” a una mujer que acaba de comprar cien disfraces y todavía conserva noventa y nueve sin estrenar.