PARTE 2: CELOS SIN REMEDIO

A la mañana siguiente, el llavero había desaparecido.

Lo busqué sobre la cómoda.

Nada.

En mi bolso.

Nada.

Finalmente entré al comedor.

Alejandro desayunaba tranquilamente.

Y junto a su taza estaba mi llavero.

—Alejandro.

—Buenos días.

—¿Por qué tienes eso?

Lo miró como si acabara de descubrirlo.

—Se cayó.

—Dentro de mi bolso cerrado.

Silencio.

—Qué caída tan impresionante.

Intentó beber café.

Le quité la taza.

—¿Qué te pasa con Mateo?

—Nada.

—¿Otra vez?

—Es demasiado joven.

—Para estudiar ingeniería parece tener la edad adecuada.

—Para invitar a cenar a mi esposa, no.

Ahí estaba.

Mi esposa.

No “la nieta de tu abuelo”.

No “mi responsabilidad”.

Sonreí.

—¿Y Sofía?

Alejandro dejó de moverse.

—¿Qué tiene?

—Quizá debería conocerla.

—¿Para qué?

—Tú conociste a Mateo.

—No lo conozco.

—Anoche investigaste hasta la empresa donde hará prácticas.

Su silencio confirmó que tenía razón.

—Invita a Sofía a cenar —dije—. Los cuatro.

Alejandro casi se atragantó.

—¿Los cuatro?

—Sí.

Dos noches después, Sofía llegó.

Y toda mi teoría se derrumbó.

Porque Sofía no miraba a Alejandro como una amante.

Lo trataba casi como a un hermano mayor.

Además, venía acompañada.

—Clara, él es mi prometido.

Parpadeé.

Alejandro me observó.

—¿Sorprendida?

Muchísimo.

Durante la cena descubrí la verdad.

El padre de Sofía había salvado la vida de Alejandro años atrás y murió poco después.

Antes de morir, Alejandro prometió ayudar a su hija hasta que pudiera mantenerse sola.

Nada romántico.

Nada secreto.

Simplemente una deuda que jamás había explicado porque, según él, yo nunca había preguntado.

Cuando Sofía se marchó, crucé los brazos.

—Entonces interpreté todo mal.

—Sí.

—Podrías habérmelo explicado.

—Podrías haber preguntado.

—Podrías comunicarte como un ser humano normal.

Alejandro no tuvo respuesta para eso.

Me dirigí hacia las escaleras.

—Clara.

Me volví.

Él seguía junto a la mesa.

—Lo de Mateo no es igual.

Suspiré.

—Otra vez.

—No quiero que otro hombre te espere para cenar.

Esta vez no bromeaba.

—No quiero que te compre regalos.

Se acercó.

—Y definitivamente no quiero pasar una noche mirando el reloj mientras estás con él.

—¿Por qué?

Alejandro guardó silencio.

Esperé.

Esta vez no iba a ayudarlo.

Finalmente dijo:

—Porque estoy celoso.

Sonreí.

—Por fin.

Pareció ofendido.

—¿Lo sabías?

—Desde lo del metro ochenta y seis.

Se pasó una mano por el rostro.

—Olvida que dije eso.

—Jamás.

Continué subiendo.

—Buenas noches.

—Clara.

—¿Ahora qué?

—Mañana cenamos fuera.

—¿Tu abuelo te lo pidió?

Me lanzó una mirada fulminante.

—No.

—¿Responsabilidad matrimonial?

—Tampoco.

—Entonces, ¿por qué?

Alejandro tardó unos segundos.

—Porque quiero tener una cita con mi esposa.

Mi sonrisa desapareció.

Aquello sí consiguió ponerme nerviosa.

Después de tres meses casados, finalmente tuvimos nuestra primera cita.

Y Alejandro descubrió algo todavía peor que mis cenas con Mateo:

Mateo había conseguido las prácticas en una empresa del Grupo Han.

Su nuevo supervisor directo sería él.

Cuando Alejandro leyó el nombre en Recursos Humanos, me llamó inmediatamente.

—Clara.

—¿Sí?

—Tu estudiante trabaja para mí.

Tuve que taparme la boca para no reír.

—Qué coincidencia.

—No tiene gracia.

—Trátalo bien.

Silencio.

—Alejandro.

—Lo trataré profesionalmente.

—Eso significa bien.

—Sé lo que significa profesionalmente.

Dos semanas después, Mateo me escribió:

“Clara, tu marido es aterrador.”

Y debajo:

“Pero acaba de recomendarme para el mejor proyecto del departamento.”

Miré a Alejandro desde el otro extremo del sofá.

—¿Te está empezando a caer bien?

—No.

—Claro.

—Simplemente es competente.

Sonreí.

Alejandro cerró su libro.

—Y sigo siendo un centímetro más alto.

Esta vez no pude contener la carcajada.

Nuestro matrimonio no se había convertido mágicamente en una historia perfecta.

Alejandro todavía era terrible hablando de sentimientos.

Yo todavía tenía que obligarlo a decir lo que pensaba.

Pero dejamos de vivir como dos desconocidos.

Y meses después comprendí que Mateo nunca había sido realmente el problema.

Solo había sido el primer hombre que consiguió que Alejandro dejara de esconderse detrás de una promesa hecha a mi abuelo…

y admitiera que había empezado a querer ser mi esposo porque él lo deseaba.

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