—Elena.
La voz llegó desde el otro lado de la puerta.
Reconocí inmediatamente a la enfermera diurna, Miranda.
Lorenzo también.
Su rostro cambió.
—¿Miranda?
Nadie respondió.
Él intentó abrir.
La puerta no cedió.
Entonces miró a la enfermera nocturna, todavía desplomada en la silla.
Ya no parecía simplemente dormida.
Lorenzo guardó el arma y comprobó su pulso.
—Está viva.
Miré la copa.
—Entonces quizá alguien quería que no pudiera despertarse.
Leo volvió a gemir contra mí.
—Primero su hijo —dije—. Después averiguamos lo demás.
Por primera vez, Lorenzo Rossi obedeció a alguien sin discutir.
Sacó el teléfono.
Sin señal.
Yo también comprobé el mío.
Nada.
—Bloqueador —murmuró.
Golpeó la puerta.
—¡Marco!
Nada.
Aquella mansión estaba protegida por más de veinte hombres.
Que ninguno respondiera significaba que aquello no era un ataque desde fuera.
Lorenzo me miró.
Había llegado a la misma conclusión.
Entonces Leo empezó a inquietarse.
Su padre dio un paso hacia nosotros.
—¿Qué necesita?
La pregunta me sorprendió.
Ya no hablaba el jefe criminal.
Hablaba un padre.
—Un hospital. Y alguien que revise exactamente qué le han estado dando.
Lorenzo miró la mesa donde estaban preparados varios biberones.
Tomó uno.
—¿Crees que hay algo aquí?
—No lo sé.
Se lo quité antes de que hiciera nada.
—Entonces no lo toque más.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Me estás dando órdenes?
—Estoy intentando que nadie destruya una posible prueba.
Eso lo hizo callar.
Entonces escuchamos pasos afuera.
Miranda habló otra vez.
—Señor Rossi, abra cuando escuche que retiramos el seguro.
Lorenzo se acercó lentamente.
—¿Por qué cerraste la puerta?
Silencio.
—Miranda.
—Porque necesito hablar con usted sin que Elena interfiera.
Sentí frío.
¿Por qué yo?
Lorenzo también lo entendió.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Mucho más de lo que cree.
La cerradura se abrió.
Lorenzo me señaló el baño interior.
—Quédate con Leo.
—No.
—Elena.
—Si alguien lleva semanas haciendo algo para que su hijo no pueda alimentarse, no pienso dejarlo solo.
Nos miramos.
Finalmente asintió.
La puerta se abrió.
Miranda estaba allí.
Pero no estaba sola.
Detrás de ella apareció Matteo Rossi.
El hermano menor de Lorenzo.
El mismo hombre que durante semanas había recibido médicos, aprobado proveedores y supervisado personalmente todo lo relacionado con Leo.
—¿Qué está pasando? —preguntó Lorenzo.
Matteo miró al bebé en mis brazos.
Y su expresión no mostró alivio.
Mostró miedo.
Eso fue suficiente.
Lorenzo lo vio.
—¿Por qué no estás feliz de que Leo haya comido?
Matteo palideció.
—Claro que estoy feliz.
—Entonces mírame y dilo.
No pudo.
Miranda retrocedió.
Lorenzo abrió la puerta por completo.
Dos guardias aparecieron finalmente al final del corredor.
—Nadie sale de esta planta —ordenó—. Y llamen al pediatra de Leo. Quiero análisis independientes de todo lo que ha consumido durante las últimas semanas.
Matteo reaccionó.
—Lorenzo, estás exagerando por lo que dijo una sirvienta.
—Una sirvienta consiguió en minutos lo que ustedes no lograron en semanas.
Silencio.
—Mi hijo comió.
Se acercó a su hermano.
—Y tú pareces aterrorizado por eso.
Horas después, un equipo médico independiente revisó a Leo y todo lo almacenado en la guardería.
No hubo una explicación instantánea.
Pero sí suficientes irregularidades para justificar una investigación.
Registros modificados.
Tomas anotadas a horas en que las cámaras mostraban otra cosa.
Biberones preparados sin el control habitual.
Y accesos a la guardería que nunca aparecían en los informes entregados a Lorenzo.
El patrón apuntaba siempre hacia las mismas dos personas.
Miranda.
Y Matteo.
Pero todavía faltaba saber por qué.
La respuesta llegó aquella tarde.
Uno de los abogados de Lorenzo apareció con documentos del fideicomiso familiar.
La fallecida esposa de Lorenzo había protegido la herencia de Leo de una manera muy concreta.
Si Lorenzo moría, gran parte del patrimonio quedaría reservado para su hijo.
Pero si Leo no sobrevivía siendo menor…
Matteo pasaba a controlar una enorme participación familiar.
Lorenzo leyó aquella página tres veces.
Después levantó los ojos hacia su hermano.
—¿Todo esto era por dinero?
Matteo negó desesperadamente.
—No puedes demostrar que yo hiciera nada.
—No necesito decidir eso aquí.
Lorenzo entregó los documentos a su abogado.
—Que lo investiguen las autoridades correspondientes.
Matteo perdió toda arrogancia.
Mientras se lo llevaban, me miró.
—¡Todo esto empezó por ella!
Lorenzo se interpuso entre nosotros.
—No.
Su voz fue baja.
—Terminó gracias a ella.
Aquella noche encontré a Lorenzo sentado junto a la cuna de Leo.
El bebé dormía tranquilo después de haber recibido atención médica.
Yo permanecí en la puerta.
—¿Necesita algo?
Lorenzo negó.
Después preguntó:
—¿Por qué arriesgaste tu vida por él?
Miré a Leo.
—Porque escuché llorar a un bebé y nadie fue.
Eso era suficiente.
No quería convertir mi dolor en una explicación.
Pero Lorenzo había investigado mi expediente.
—Sé lo de Lily —dijo suavemente.
Me quedé rígida.
—No vuelva a mencionar a mi hija.
Él bajó la mirada.
—Entendido.
Se hizo silencio.
Entonces añadió:
—También encontramos a tu ex.
Mi respiración cambió.
—¿Qué?
—La policía llevaba tiempo buscándolo por otros asuntos. Mi equipo localizó información útil y la entregó a quien correspondía.
Lo miré fijamente.
—No necesito que mate a nadie por mí.
Lorenzo sostuvo mi mirada.
—No lo hice.
Aquella respuesta fue importante.
Porque yo no necesitaba otro hombre peligroso decidiendo mi vida.
Necesitaba recuperar la mía.
A la mañana siguiente presenté mi renuncia.
Lorenzo observó el papel.
—Puedes quedarte. Con otro puesto. Mejor salario. Protección.
Negué.
—Leo no necesita una sustituta para su madre.
—Y yo no necesito convertir mi pérdida en una razón para vivir dentro de esta casa.
Lorenzo tardó unos segundos en responder.
Después firmó.
—Entonces dime qué necesitas.
Pensé en ello.
—Que nadie vuelva a perseguirme por las deudas de mi ex.
—Eso puedo conseguirlo legalmente.
—Y que Leo tenga gente competente alrededor.
Miró hacia la guardería.
—Eso también.
Caminé hasta la puerta.
Entonces escuché un pequeño sonido detrás de mí.
Leo estaba despierto.
Movía las manos desde los brazos de su padre.
Me acerqué.
Le permití agarrar uno de mis dedos.
—Vas a estar bien, pequeño.
Lorenzo me observó.
—Le salvaste la vida.
Negué.
—Solo escuché cuando todos los demás habían dejado de hacerlo.
Solté lentamente el dedo de Leo.
Y salí de la mansión Rossi por la puerta principal.
Tres semanas antes había enterrado a mi hija creyendo que con ella también había desaparecido la última parte fuerte de mí.
Estaba equivocada.
Salvar a Leo no me devolvió a Lily.
Nada podía hacerlo.

Pero aquella noche me recordó algo que el miedo, el dolor y mi ex habían intentado quitarme:
mi vida todavía me pertenecía.
Y esta vez no permitiría que nadie volviera a decidir qué hacer con ella.