PARTE 2: EL JUEGO ERA MÍO

Adrian miró la carta de Harvard como si acabara de aparecer una bomba entre nosotros.

—¿Desde cuándo tienes eso?

Saqué lentamente el sobre.

—Desde esta mañana.

Chloe apareció detrás de él.

Al verlo, su sonrisa desapareció.

—Eso no tiene sentido. Tus notas…

—Mis notas escolares son desastrosas —respondí—. Mi expediente completo no.

Durante meses había mantenido mis proyectos externos, concursos académicos y preparación para el examen nacional lejos de ellos.

Había fingido caer.

Nunca había dejado de avanzar.

Adrian me observaba de una manera distinta.

—Entonces sabías lo de la apuesta.

—No desde el principio.

Guardé la carta.

—Pero empezaste a hacer preguntas demasiado perfectas. Qué universidades quería. Qué estaría dispuesta a abandonar por ti. Si elegiría una relación antes que una carrera.

Chloe palideció.

—¿Y aun así seguiste con él?

Sonreí.

—Porque yo también quería comprobar algo.

Miré a Adrian.

—Quería saber cuánto tardaría el chico que se acercó a mí por una apuesta en olvidar que estaba apostando.

Su mandíbula se tensó.

—No olvidé nada.

—¿Seguro?

Saqué el teléfono.

Abrí nuestros mensajes.

Adrian diciéndome que tenía miedo de decepcionar a su padre.

Adrian llamándome a medianoche porque no podía dormir.

Adrian confesando que odiaba que Chloe decidiera siempre quién debía ser importante en su vida.

Y, finalmente, el mensaje que había enviado la noche anterior:

“Cuando todo esto termine, quiero seguir contigo aunque Chloe se enfade.”

Los amigos detrás de él dejaron de sonreír.

Chloe giró lentamente hacia Adrian.

—¿Escribiste eso?

Él no respondió.

—¡Adrian!

—Sí.

Una sola palabra.

Pero destruyó la expresión de Chloe.

Entonces comprendió quién había perdido realmente.

Su apuesta consistía en conseguir que Adrian destruyera mi futuro.

El mío consistía en descubrir si alguien como él podía terminar sintiendo algo verdadero después de comenzar con una mentira.

Había obtenido mi respuesta.

Solo que ya no la necesitaba.

—Maya —dijo Adrian—, podemos hablar.

—Ya hablamos durante meses.

—Al principio fue una apuesta, pero después cambió.

Asentí.

—Lo sé.

Eso pareció darle esperanza.

Di un paso hacia él.

—Ese es precisamente tu castigo.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que por primera vez quizá estabas sintiendo algo real.

Levanté la carta de Harvard.

—Y lo destruiste por algo que empezó como un juego.

Chloe soltó una risa amarga.

—No actúes como si hubieras ganado. Adrian jamás habría salido contigo si yo no lo hubiera desafiado.

La miré.

—Tienes razón.

Ella quedó desconcertada.

—Gracias, Chloe.

—¿Gracias?

—Me regalaste meses maravillosos, una historia divertida para recordar y la confirmación de que jamás debo reducir mis sueños para conservar a alguien.

Sonó la campana que anunciaba la ceremonia de graduación.

Me di la vuelta.

Adrian me agarró suavemente de la muñeca.

—Maya.

Me detuve.

—Ven conmigo al college comunitario.

Lo miré sorprendida.

Parecía desesperado.

—Podemos arreglarlo.

Solté su mano.

—Adrian, tú me pediste que destruyera mi futuro para demostrar que te quería.

Sus ojos se humedecieron.

—Y ahora me estás pidiendo lo mismo otra vez.

No tuvo respuesta.

Horas después anunciaron los resultados nacionales.

Mi nombre apareció entre las puntuaciones más altas del estado.

Los profesores que llevaban meses creyendo que había desperdiciado mi talento no entendían nada.

Chloe tampoco.

Adrian sí.

Desde el otro extremo del auditorio me observó subir al escenario.

Esta vez no sonreía.

Yo recibí mi diploma y miré hacia las primeras filas.

Durante meses todos habían creído estar viendo cómo una chica brillante destruía su vida por amor.

Pero jamás entendieron la diferencia entre perder…

y fingir que estás perdiendo mientras preparas tu siguiente movimiento.

Después de la ceremonia, Adrian me esperaba afuera.

—¿Alguna vez me quisiste de verdad?

Pensé unos segundos.

—Sí.

Aquello pareció dolerle todavía más.

—Entonces ¿por qué puedes marcharte tan fácilmente?

Sonreí.

—Porque quererte fue parte de mi adolescencia.

Miré la carta de Harvard entre mis manos.

—Pero elegirme a mí misma será parte de mi futuro.

Pasé junto a él.

No miré atrás.

Chloe había apostado que Adrian conseguiría arruinarme.

Adrian había apostado que yo lo seguiría a cualquier lugar.

Y yo había apostado algo mucho más sencillo:

que podía acercarme al fuego sin olvidar quién era.

El día de nuestra graduación cobramos las tres apuestas.

Chloe perdió a su mejor amigo.

Adrian perdió a la chica que creyó tener asegurada.

Y yo salí con exactamente aquello que había protegido desde el principio:

mi futuro.

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